domingo, 26 de noviembre de 2017

John Williams, Stoner


Stoner es la mejor novela que he leído este año, tal vez en años. ¿Por qué? Por ningún motivo en particular, o por ninguno que yo conozca, lo que quizás sea la mejor señal de su grandeza. ¿No resultan sospechosas las novelas que nos gustan por un motivo concreto? Yo, cuando sé por qué me ha gustado un libro, me escamo. Me pregunto qué tiene ese aspecto del libro para gustarme, me pregunto si no será que encuentro en él algo que ya estaba en mí y que sale reforzado de la lectura. Nos ocurre todos los días: conocemos a alguien que nos da la razón, que nos llama guapos o que halaga nuestra vanidad de cualquier otra forma, y no podemos evitar quererlo. En realidad no lo queremos a él: nos queremos a nosotros mismos, y si la persona en cuestión nos resulta agradable es porque justifica o refuerza nuestro amor propio. Con los libros pasa lo mismo. Basta que encontremos en uno la más mínima validación de nuestra forma de ser para que se convierta en el acto en una obra maestra. La vanidad es astuta y siempre se abre camino. Pero, aunque es cierto que de nada sirve luchar contra ella (parece más sensato invertir nuestras energías en aprender a gestionarla), también lo es que reconforta encontrar de vez en cuando un placer que, al menos a simple vista, no esté dominado por ella. Leer un libro que no nos halaga, que no afirma ni desmiente nada de lo que amamos, bien podría ser uno de esos placeres.

Es difícil discernir de dónde proviene la fascinación que esta novela ejerce en tantos lectores. Stoner es el perfecto modelo del hombre anodino: un profesor universitario sin más intereses que sus clases, su familia y sus pequeños proyectos académicos. Sus desgracias nos harían bostezar si tuviéramos que escucharlas ante una taza de café, igual que hacemos bostezar nosotros a nuestros amigos cuando les contamos que un compañero de trabajo ha conseguido el ascenso al que aspirábamos o que nuestra mujer se ha apuntado a un grupo de teatro. Nada hay de novelesco en la vida de Stoner, y sin embargo la suya es una novela apasionante. Al leerla no tenemos la sensación de presenciar un drama individual, sino el gran drama del ser humano. De forma misteriosa, John Williams obra el milagro de la transmutación: eleva lo particular a lo universal, la miseria privada a dolor compartido. Muchos, antes y después que él, han tratado de hacerlo. Nadie lo ha hecho mejor.

Al éxito de la novela contribuye su prosa limpia, transparente. John Williams no solo no se enreda en florituras, también renuncia al exceso de información que, en mi opinión, lastra otro de sus libros más conocidos, Butcher's Crossing. En esta otra novela, ambientada en el salvaje oeste, al autor se lo ve preocupado por crear un escenario creíble, y en su esfuerzo por hacer que la atmósfera cobre vida añade un sinfín de explicaciones innecesarias. Nos informa sobre las partes exactas que componen un carromato o sobre el modo adecuado de conducir un carro de bueyes sin que estos sufran daños. Demasiada información. Escribir una novela es como contar una mentira: dar muchos detalles no hace la historia más creíble, al contrario, la hace sospechosa. Y aburrida. Ya dijo Voltaire que el secreto para ser aburrido es contarlo todo. Stoner está libre de ese pecado. Aquí no hay información de más ni de menos. De hecho, se diría que no hay información de ningún tipo: tan natural, tan espontáneo es el relato que uno se resiste a pensar que John Williams haya dosificado la información, haya planificado la estructura, haya rehecho las frases. Se resiste uno a pensar que este libro sea una obra de artesanía y no un trozo de vida pura y dura.


En pocos casos tiene tanto sentido decir, como acostumbramos a decir cuando nos quedamos sin ideas, que es inútil hablar de esta novela, que es mejor leerla. Sin embargo, yo hablo. Quiero hacerlo. A veces, cuando leo un libro y me gusta, me apresuro a escribir algo sobre él para no olvidarlo. He comprobado demasiadas veces que mi memoria es precaria: pasados unos días se difuminan los detalles de la trama, pasadas unas semanas apenas conservo una sensación difusa de agrado o desagrado. Sobre Stoner no escribí nada en su momento, hace seis meses, cuando lo leí. Supongo que no me apeteció, supongo que estaba ocupado o cansado, o quizá por entonces ya intuía que este libro no caería tan fácilmente en el olvido. En cualquier caso, hoy ha acudido a mi memoria, y me he dicho: «¿Aún no lo has olvidado? Pues apresúrate a escribir unas líneas, por si acaso». Y me he puesto a escribir y a recordar, y os juro que el recuerdo es tan vívido como si lo hubiera leído ayer. «No es extraño que lo recuerdes», dirán algunos, «seis meses es poco tiempo». Tal vez, aunque no se me vienen a la cabeza muchos libros de los que haya conservado un recuerdo tan nítido al cabo de seis meses. ¿Terminará también Stoner por caer en el olvido? ¿Puede uno olvidar un libro inolvidable? Sí, la memoria es cruel y nada está a salvo dentro de ella. Pero hay libros, muy pocos, que nos acompañan incluso más allá del olvido. A ese selecto grupo pertenece Stoner

Otros blogs que hablaron sobre Stoner:

domingo, 19 de noviembre de 2017

Shirley Jackson, Siempre hemos vivido en el castillo


Todos conocemos la escena: unos niños observan desde lejos, sin atreverse a acercarse, un siniestro caserón. En el pueblo se dice que quien entra en él no vive para contarlo. Está habitado por una bruja, una vieja solterona que quedó marcada por un crimen cometido siglos atrás, o quizá por un monstruo deforme nacido de la unión de una mujer y una bestia. Se cuentan muchas historias sobre esa casa y sus temibles habitantes, y aunque nadie cree en ellas, nadie las desoye, por si acaso. Todos conocemos la escena: cientos de cuentos góticos adoptan este punto de partida. Siempre hemos vivido en el castillo no es uno de ellos.

Aquí el caserón maldito no es un misterio que los protagonistas han de abordar desde fuera, cautelosamente, desdoblando una tras otra las distintas capas del enigma hasta resolverlo. No, en la novela de Shirley Jackson el caserón es la casa de los protagonistas, nuestra casa; tenemos acceso a todas sus habitaciones, o a casi todas. Podemos sentarnos a la mesa de la cocina y saborear los deliciosos platos de Constance, preparados con las hierbas que ella misma cultiva en el jardín. Podemos recorrer la parcela y acompañar a Merricat a su escondrijo. Podemos incluso bajar a la despensa y acariciar los vetustos botes de conservas. Estamos en nuestra casa y conocemos sus secretos: sabemos cuánto hay de mentira en lo que dice la gente del pueblo. Y cuánto hay de verdad. Y quizá por eso, porque lo sabemos, no dejamos de sentirnos un pelín inquietos en nuestra propia casa. Aquí han pasado cosas, cosas terribles. Cosas que es mejor callar.


Quien dice esto, quien ahora habla, soy yo, el lector: un híbrido, el punto de encuentro o de fusión entre la persona que sostiene el libro y la que narra la historia, Merricat. Ella nunca hablaría así. Merricat no se siente intranquila en casa, es feliz, muy feliz, o lo sería si la detestable gente del pueblo las dejaran en paz. Los malditos pueblerinos odian a las dos hermanas, las odian y las temen, y si bien Merricat y Constance son las chicas más dulces del mundo, tal vez no hagan mal los del pueblo en temerlas un poquitín. Después de todo, ambas tienen amplios conocimientos micológicos, podría decirse que son casi expertas en cuestión de setas venenosas. Que nadie piense mal: no es que las setas les interesen por motivos torcidos, lo que pasa es que en el bosquecillo que tienen por jardín crecen en abundancia, y necesitan conocerlas para no comerse una venenosa por equivocación. También crecen casualmente en el jardín ciertas plantas tóxicas: la cicuta, el estramonio, la belladona. ¿Qué ocurriría si Constance o Merricat, en lugar de ser las chicas más dulces del mundo, estuvieran un poco mal de la cabeza? Ocurriría que los niños que señalan el caserón desde lejos y se burlan de ellas tendrían motivos para preocuparse. Y también los padres de los niños, que no son menos crueles, y cualquier otra persona que se atreviera a ofenderlas. Pero por suerte ni Constance ni Merricat están mal de la cabeza. 


En Siempre hemos vivido en el castillo, lo que menos importa es la resolución del enigma. ¿Qué pasó realmente? ¿Quién lo hizo? Da igual. El placer algebraico que nos proporcionan las novelas de Agatha Christie es irrelevante aquí: de lo que se trata no es de resolver la ecuación, sino de sumergirse en un universo extraño y gozarlo sensualmente, tocarlo, olerlo, respirarlo, igual que se disfruta un aroma. Si nunca os habéis quedado arrobados durante horas ante un cuadro o un paisaje lúgubre, quizá no le saquéis todo el jugo a este libro. En cambio, lo disfrutaréis enormemente si sois de los que gustan de adentrarse sin prisa, con todo el tiempo del mundo por delante, en los lugares propicios a la ensoñación: jardines sombríos, polvorientos desvanes, la noche. Leer Siempre hemos vivido en el castillo a ratitos, ahora veinte minutos, mañana otros veinte, no tiene mucho sentido: hay que entrar en él como quien entra en un sueño o en una alucinación, y una vez dentro, hay que alargar la experiencia tanto como sea posible, de lo contrario se corre el riesgo de no volver a encontrar la puerta de entrada. Es lo que pasa con las alucinaciones y con los sueños, que una vez que despertamos es difícil retomarlos. Claro que, si alucinamos demasiado, puede darse el caso opuesto: que no encontremos la puerta de salida. Existe ese riesgo, no digo que no. Leer este libro es soñar un sueño parecido al que soñamos al tomar ciertas plantas alucinógenas, ciertas setas, por ejemplo. Y las setas son peligrosas. Según cómo te sienten, el viaje puede ser bueno o malo. Y si ocurre, dios no lo quiera, que te llevas por error a la boca la seta equivocada, el viaje puede ser el último.

Otros blogs que han escrito sobre el libro: 
Juvenil, fantástica o lo que se tercie
Devoradora de libros
Un libro al día

martes, 14 de noviembre de 2017

Kent Haruf, Nosotros en la noche


Hay una clase de historias que no me gusta: esas historias en que dos personas coinciden en una situación pintoresca, y el encuentro se repite y vuelve a repetirse y se hace recurrente, y lo que empieza siendo una reunión coyuntural acaba transformándose en un rito de encuentro muy íntimo durante el cual ambos abren sus corazones y se conocen entre sí y a sí mismos, etc. No sé a qué se deberá, pero siento una rara aversión hacia esta clase de historias. Nunca conecto con ellas. No sé si es que me parecen previsibles o prefabricadas o si me contaron una historia de esta clase de pequeñito, una noche que tenía un espantoso dolor de muelas, y desde entonces arrastro el trauma. Sea como sea, no me gustan, pero toda regla tiene su excepción, y Nosotros en lanoche es una excepción merecidísima.

La premisa es telenovelesca: Addie es anciana, es viuda, está sola. Louis también. Son vecinos. Un día, ella lo visita y le propone algo insólito: «Me pregunto si vendrías a dormir por la noche conmigo. Y a hablar». Tras una breve reflexión, él acepta. Y así comienza su historia. Un escritor menos lúcido que Kent Haruf habría transformado esta materia prima en un dramón lacrimógeno lleno de enfáticas enseñanzas vitales y plagado de frases del tipo: «descubrieron que la vejez no es el fin de nada, sino un nuevo comienzo», «aprendieron a conocerse a sí mismos mediante el conocimiento mutuo», «vencieron la incomprensión del mundo y gozaron de un ocaso luminoso». Afortunadamente, no hay nada de eso en Nosotros en la noche. Hay un mundo que no entiende y que se opone a la relación de Addie y Louis, sí, y hay dos personas que encuentran sosiego en la mutua compañía, pero la mirada desapasionada del narrador sitúa a la novela en las antípodas del telefilme. En todo momento resulta creíble y honesta. Los breves capítulos son fotogramas muy vívidos: si los leemos deprisa se transforman en una película convencional pero muy cercana, muy verdadera; si los leemos despacio se parecen más a un puñado de fotografías, esas fotografías que sacamos del cajón tras varias décadas de abandono y que nos sumen una plácida tristeza.

Nosotros en la noche no es, no nos engañemos, una novela original: todos nos la sabemos de memoria. Pese a lo insólito de la situación inicial, la historia de Addie y Louis carece de grandes giros argumentales, y en esencia es la misma que encontramos aquí, allá, a nuestro alrededor, en todas partes, así como en tantas otras películas y novelas. Y sin embargo es difícil leerla sin emocionarse. Kent Haruf no es el primero que hace buena literatura con la realidad cotidiana, pero su libro es conmovedor y transmite calidez y ternura, y muy torpes habríamos de ser para ponerle objeciones en lugar de disfrutarlo sin reparos.

Si lo encontráis en una librería, abridlo, leed las primeras páginas y dejad que os diga lo que tiene que deciros: «me pregunto si vendrías a dormir por la noche conmigo. Y a hablar». Y contestad que sí. Yo no me atrevería a afirmar, siendo como es tan vasta la literatura, que de entre todos los libros elegiría este para llevármelo a una isla desierta, pero sin duda es un gran libro con el que irse a dormir, y a hablar.

Otros blogs que han escrito sobre el libro:
Entre montones de libros
Estado crítico
Todoliteratura.es

martes, 7 de noviembre de 2017

Edward Hallett Carr, Los exiliados románticos


La vida de Alexander Herzen da para muchas novelas, para muchos ensayos, para un buen drama de época y para una mejor tragicomedia política. Muchos libros se han escrito sobre él y muchos más podrían escribirse. Dudo que alguno sea comparable a este. 

Herzen fue un perfecto ejemplar de esa rara especie que se propagó por Rusia en el siglo XIX: la de los aristócratas revolucionarios. Hijo y heredero de un gran terrateniente, podría haber disfrutado de su riqueza en paz, pero la brutalidad del régimen de Nicolás I lo sublevaba, y optó por la vía difícil. A los veintidós años fue detenido y confinado en una remota ciudad de provincias por participar en reuniones presuntamente subversivas. Tres años más tarde se le permitió regresar a Moscú y llegó incluso a desempeñar un cargo en el Ministerio del Interior, hasta que cometió una imprudencia: en una carta a su padre se tomó la libertad de cuestionar la labor de la policía de Petersburgo. Era un comentario inocente y circunstancial, pero a las autoridades que abrieron la carta y la leyeron les bastó para volver a desterrarlo a otra ciudad remota. El sentimiento de injusticia lo abrumó; cinco años más tarde, tras heredar la fortuna de su recién fallecido padre, abandonó Rusia en busca de una atmósfera menos opresiva.

Todo esto y muchas más cosas se nos cuentan en el primer capítulo del libro. Los dieciséis restantes no son menos intensos.

Herzen en familia. A la derecha,
su inseparable Ogarev
A partir de entonces su vida fue un interminable periplo europeo. Suiza, Italia, Inglaterra, Fracia, de nuevo Suiza, de nuevo Italia… Por algún motivo Herzen parecía incapaz de asentarse en ningún sitio, y apenas comenzaba a echar raíces decidía marcharse junto con toda su familia. Escribía sin descanso contra la asfixiante tiranía de Nicolás I, y allá adonde iba se convertía en el centro de la actividad revolucionaria local. Los revolucionarios siempre han tenido buen olfato; en cuanto Herzen llegaba a una ciudad, los activistas autóctonos captaban el embriagador aroma a dinero que desprendía, y no tardaban en arracimarse en torno a él.

Su vida política fue convulsa, y su vida sentimental lo fue aún más. Ni el más abigarrado folletín podría competir con el torrente de personajes que en ella intervienen. Amigos y amantes entran y salen de escena, reaparecen tras largos años de ausencia, se enredan en imposibles triángulos amorosos, se retan a muerte, conspiran, caen en la locura o en la melancolía alcohólica, enferman, se arruinan y mueren. Quien piense que Balzac o Dostoievski exageraban los tormentos de sus personajes, que lea la biografía de Herzen. Eran otros tiempos: los novelistas no eran los únicos que inflaban las pasiones, las personas de carne y hueso también lo hacían. El lector del siglo XXI, demasiado descreído o demasiado apático para dejarse arrastrar por las tramas desenfrenadas de los folletines decimonónicos, encontrará en Los exiliados románticos una excusa perfecta para revolcarse sin escrúpulos en el barrizal de las Grandes Pasiones. Lo que aquí se cuenta no es melodramática invención: es, fue la vida real.

Memorias de Herzen
El libro, con todo, adolece de una seria carencia, y es que Herzen no debe su fama a su apasionante vida privada, sino a su legado intelectual, y poco se habla de él en Los exiliados románticos. ¿Qué pensaba Aleksandr Herzen, cuáles eran sus ideas o su ideología, si es que la tenía? Sabemos que defendía la abolición de la servidumbre y que, al contrario que algunos de sus amigos más radicales, era un demócrata constitucionalista, pero poco más. Edward Hallett Carr pasa de puntillas sobre la faceta que hace de Herzen un hombre importante, y no solo interesante. Leyendo Los exiliados románticos, uno no puede evitar acordarse de la observación que en 1943 hacía Borges sobre los biógrafos contemporáneos, quienes estaban tan fascinados por los pormenores sentimentales de sus biografiados que olvidaban aludir a las obras que los hacían célebres. «En 1943», escribía Borges, «lo paradójico es una biografía de Miguel Ángel que tolere alguna mención de las obras de Miguel Ángel». Diez años antes, en 1933, fecha en que se publica Los exiliados románticos, esta curiosa práctica biográfica ya estaba vigente.

Bakunin
Aun así, sería injusto decir que el interés del libro es meramente folletinesco. El retrato que ofrece de algunos personajes históricos resulta esclarecedor, y la narración de sus intrigas ayuda a comprender el ambiente intelectual y político de la época, todo ello sin perder ni un solo instante el pulso narrativo. Las aventuras de Bakunin nos mantienen, como suele decirse, pegados al asiento (la crónica de su expedición con los revolucionarios polacos a bordo del Ward Jackson es impagable), y no menos intensas son las correrías del taimado Nechaev, oscuro sujeto, una de cuyas más célebres y abominables audacias sirvió de inspiración a Dostoievski para escribir Los demonios.

Los últimos capítulos del libro (la segunda mitad entera, en realidad) son una divertidísima y conmovedora galería de personajes extravagantes, muchos de los cuales figuran asimismo como secundarios de lujo en las biografías de otras celebridades de la época. El viperino príncipe Dolgorukov, culpable ante la posteridad de los enredos que llevaron a Pushkin a la muerte, la severísima Malwida von Meysenburg, amiga de Nietzsche y de Wagner, o el derrochador, y a la postre arruinado, príncipe Yuri Golitsiná. Poco importa que el lector haya tropezado o no con ellos en otros libros; difícilmente será insensible a las vicisitudes de estas pobres criaturas, excéntricas, lunáticas, derrotadas, condenadas a arañar las paredes de su época en busca de un asidero, una frágil ramita a la que aferrarse en su imparable caída.


Nacer, crecer, ilusionarse, desilusionarse, morir. Nuestro destino, en el siglo XXI, es el mismo que el suyo en el XIX, pero nos queda un consuelo: pensar que algún día un nuevo Edward Hallett Carr mirará hacia atrás y narrará nuestra historia. Pongámoselo fácil, amigos y amigas, démosle material para convertirla en un libro tan apasionante como Los exiliados románticos.