domingo, 23 de julio de 2017

Memorias de un editor enamorado de la vida





Lo mejor que puede decirse de un crítico literario es que transmite amor a la lectura; lo mejor que puede decirse de un escritor es que transmite amor a la vida. Bennett Cerf fue ambas cosas. No puedo juzgar sus méritos como crítico porque no los conozco, pero puedo afirmar con rotundidad que fue un magnífico escritor. Quizá una de las razones de su éxito sea su descarado diletantismo, su forma despreocupada de abordar la escritura (la mayor parte de sus memorias ni siquiera provienen de textos escritos, sino de fragmentos de entrevistas orales). «Llamo clásicos a los que aún no hacían de la literatura un oficio», escribió Jules Renard. Es apresurado hablar de Bennett Cerf como de un clásico, pero su libro de memorias, Llamémosla Random House, tiene poco que envidiar a muchos de esos libros de los que todos hablamos admirativamente, aunque no los hayamos leído.

Bennett Cerf fue editor. Antes  de eso fue agente de bolsa, pero no dudó en mandar Wall Street a paseo en cuanto se le presentó la oportunidad de dedicarse a su verdadera vocación. Comenzó trabajando por cuenta ajena y terminó fundando una de las editoriales más importantes del siglo XX (y de lo que va de XXI), Random House. Estoy seguro de que fue un trabajador infatigable, pero también fue un perfecto exponente de esa máxima según la cual nadie llega muy lejos, por muy duro que trabaje, si no sabe compaginar el trabajo con el placer. Las frases más recurrentes del libro son las del tipo: «aquella noche celebrábamos una fiesta», «esa tarde acudimos a una fiesta en casa de». Fiestas, fiestas. Los locos años veinte, y luego, superado el pequeño bache del 29, más fiestas. ¿Y qué me dicen de sus compañeros de farra? Pillarse una borrachera con Faulkner, con Capote o con Eugene O’neill no debe de ser muy distinto a pillársela con cualquiera, pero, si sales ileso, al día siguiente tendrás un montón de jugosas anécdotas que contar. Bennett Cerf las tenía, y las contó de maravilla. Este libro es ante todo una divertidísima colección de anécdotas, muchas de las cuales tienen como protagonistas a algunos de los mejores escritores del siglo pasado. Como muestra he aquí un breve y desternillante episodio.

En una ocasión, él y su esposa tenían como invitado a Sinclair Lewis, que a la sazón era autor de Random House.  Aunque su época de mayor esplendor creativo quedaba ya muy atrás, era todo un premio Nobel y no podía ser considerado un escritor cualquiera. Pues bien, esto es lo que cuenta Bennett Cerf:

“Los tres estábamos terminando una cena tranquila en casa, y entonces llamó Bob Haas para decirnos que estaba con Bill Faulkner. Nos preguntó si nos gustaría unirnos a ellos. Estaba tan seguro de que Red (Sinclair Lewis) se mostraría encantado, que le dije que sí sin ni siquiera preguntar. Pero Red dijo:
-No, Bennet. Esta es mi noche. ¿No has sido editor el tiempo suficiente como para entender que no quiero compartirte con ningún otro autor?
            Así que tuve que llamar a Bob y excusar nuestra ausencia.
            Nos sentamos y hablamos durante un rato; luego Red, que tenía que levantarse al despuntar el alba, nos dio las buenas noches y subió a su habitación en el cuarto piso. Como era muy temprano, Phyllis y yo todavía estábamos sentados en la sala de estar, dos pisos más abajo, cuando de repente Red gritó por la escalera:
-¡¡Bennett!!
            Sentí miedo de que algo horrible le hubiera ocurrido, así que corrí hacia las escaleras y grité:
-¡Red, ¿qué sucede?!
-Nada, solo quería estar seguro de que no te habías escapado a ver a Faulkner.”

A algunos tal vez les resulte desagradable el tono festivo del libro, la alegría de vivir que exhibe sin disimulo este hombre que gozó de éxito, de fama y de dinero, pero yo encuentro refrescante cruzarme de vez en cuando con alguien que, en lugar de malgastar sus energías en quejas y lamentos, tal como hacemos casi todos, sea cual sea nuestra condición, celebra haber tenido suerte en la vida. Y, sobre todo, me despierta simpatía la impúdica y jovial honestidad que destila cada página del libro. «Me gustaba pararme y mirar los carteles, me gustaba la publicidad y verme a página completa, pues me gusta ser famoso». Así se habla, Bennett.

En un pasaje del libro, el editor, rememorando a un amigo desaparecido, nos dice que cuando él estaba en una sala todo el mundo parecía más brillante. Yo puedo decir que durante el tiempo que su libro ha permanecido en mi habitación mi vida ha sido más brillante. Y más divertida. Llamémosla Random House es uno de esos libros que nos recuerdan que la lectura es lo contrario del aburrimiento. Y a esa clase de libros no es fácil estarles suficientemente agradecidos.

Es probable que muchos editores aprendan leyéndolo algunas cosas importantes sobre el negocio y sobre el trato con los escritores; es probable que muchos escritores aprendan algunas cosas sobre el negocio y sobre el trato con los editores, pero, más que para aprender, este es un libro para disfrutar, para gozar de lo lindo y olvidarse por un rato de lo importantes que son los libros, de lo importante que es la lectura y de lo importantísima (qué hartazgo, por dios) que es la literatura. Leer las memorias de Bennett Cerf es lo más parecido a comprar un litro de helado y pasar el resto de la tarde dándole lametazos. ¿Estáis leyendo un Gran Libro y se os empieza a atragantar tanta grandeza? Haceos un favor: abandonadlo durante unos días y leed Llamémosla Random House. Ensuciaos el hocico. Daos ese capricho.

miércoles, 5 de julio de 2017

Habrá valido la pena


Me han dicho que he publicado una novela. He investigado en internet y parece que es cierto. Es la primera que publico, aunque, debo reconocerlo, no es la primera que escribo: hace unos años escribí otra, pero tuve que renunciar a ella pese a que era una obra maestra absoluta. La historia es de locos. Al poco de terminarla me regalaron un libro que, imperdonablemente, aún no había leído, Los Buddenbrook, y me bastó leer unas pocas líneas para comprender que algo raro ocurría: la novela de Thomas Mann era idéntica a la mía. Coincidía palabra por palabra. Y puesto que él la había escrito más de un siglo antes que yo, me pareció sensato hacer de tripas corazón y no reclamar la autoría. Thomas Mann se llevó con justicia el mérito y el premio Nobel, pero quiero que conste que yo también escribí Los Buddenbrook. Nunca hice público el asunto ni, naturalmente, mandé mi novela a ninguna editorial; nadie me habría tomado en serio, y yo mismo, de haber oído mi historia, me habría tomado por un torpe imitador de Pierre Menard. Me sobrepuse, cogí papel y boli y pronto hube acabado una novela corta absolutamente perfecta, pero por desgracia también estaba ya escrita. Era El bello verano, de Pavese. Volví a la carga y escribí Anna Karenina y El idiota, y los cuentos de Flannery O’connor y de Roal Dahl, y las cartas de Séneca a Lucilio y los Ensayos de Montaigne y Otras inquisiciones, de Borges. Es bonito pensar que uno ha escrito algunos de sus libros preferidos, pero haber escalado cimas tan altas a edad tan temprana también tiene sus desventajas: después de eso, todo lo demás sabe a poco. Tengo razones para creer que mi nuevo libro quizá no esté a la altura de los anteriores. La sombra de tantas obras maestras pesaba demasiado mientras lo escribía, y en un intento desesperado por escribir, al fin, algo que no hubiera escrito nadie antes, me embarqué en un proyecto totalmente distinto. Si he sabido o no llevarlo a buen término, eso lo juzgará el lector. En cualquier caso, si mi nueva novela, la primera que sale a la luz bajo mi nombre, deja insatisfechos a los lectores habituales de mis grandes obras maestras, no me preocuparé demasiado. Sé de lo que soy capaz. ¡Yo escribí Los Buddenbrook! De alguien que ha llegado tan alto puede esperarse todo.

(Y ahora en serio, quiero agradecer el esfuerzo y la generosidad de Juan Ballester y de todos los que de algún modo forman parte del Premio Vuela la Cometa: Laura, Antonia, Edu, Jep, Xavi, Elisa, Marcelo, Andy, Luciano, Alberto Gimeno. Y Silvia, que ha tenido que lidiar en primera persona con mis muchas manías).

domingo, 26 de marzo de 2017

Otra revolución tecnológica

La cosa estaba calentita en los siglos XVI y XVII. El invento de un tal Gutenberg lo estaba poniendo todo patas arriba, y había quien no se lo tomaba muy bien. Hasta mediados del siglo XV todo había ido de maravilla. Los libros eran cosa de monjes, quienes los copiaban a mano. La Iglesia y su infinita sapiencia, con la generosa ayuda de la nobleza, los guiaba, y de esa forma el tráfico de la sabiduría quedaba reservado a los sabios. Pero de pronto apareció aquella máquina del demonio, la imprenta, y lo echó todo a perder. A medida que su uso se popularizaba, las letras se llenaban de advenedizos. Cualquiera se creía con derecho a poner en negro sobre blanco sus ocurrencias, y los libros impresos, impíos, blasfemos o simplemente tontos, escritos por ignorantes y leídos por ignorantes, se reproducían como chinches. La imprenta ponía fin a la era del conocimiento e inauguraba la de la estupidez. Filippo di Strata resumió elocuentemente el parecer de muchos. «El mundo ha funcionado bien durante seis mil años y no tiene por qué cambiar ahora. ¡La pluma es una virgen, la imprenta es una puta!».

La polémica adquiría en ocasiones un tono agrio, por no decir trágico (no es casualidad que a lo largo del siglo XVI se publicaran los primeros índices de libros prohibidos), aunque también había quien manifestaba sus reservas de forma más sosegada. Diego de Saavedra Fajardo, en 1625 (reproduzco el fragmento tal como lo cita Marc Fumaroli en la segunda nota a pie de página de la Introducción de su República de las letras), se lamenta así: «todos procuran sacar a la luz lo que estuviera mejor en la oscuridad, porque, como hay pocos que obren lo que merezca ser escrito, así hay pocos que escriben lo que merezca ser leído». Y en este afán por dar publicidad a lo que no merece ser hecho público, o sea, a uno mismo, «tiene mucha culpa la imprenta cuya forma clara y apacible convida a leer; no así cuando los libros manuscritos eran más difíciles y en menor número».

Hoy leemos estos viejos argumentos con otros ojos, con ojos más informados, porque sabemos todo lo bueno y lo malo que el invento de Gutenberg ha traído consigo. Sin embargo, ahora que la historia se repite experimentamos el mismo desconcierto y reproducimos con asombrosa exactitud el antiguo debate. Es comprensible: no sabemos adónde nos llevará la última (¿o ya es la penúltima?) revolución tecnológica, igual que ellos no sabían adónde les llevaba aquella. Pero, no sé, yo veo a muchos rasgándose las vestiduras, anunciando poco menos que el apocalipsis, y me pregunto: ¿qué es lo que temen? Internet, las redes sociales, la realidad virtual y todas esas cosas de las que ya nadie hablará dentro de unos años solo pueden llevarnos a un sitio: a lo nuevo y a lo mismo. Y digo bien, a un sitio, no a dos, porque lo nuevo y lo mismo son la misma cosa: lo mismo es lo nuevo dejado a secar. Desaparecerá la imprenta (o no), desaparecerán los libros y otros dioses pequeñitos ocuparán su lugar, y habrá quien piense que preferiría no vivir para no ver el mundo que se avecina, pero seguiremos vivos, y no solo veremos el nuevo mundo sino que lo amaremos, tanto como para rasgarnos las vestiduras cuando esos dioses pequeñitos, el dios doméstico que hoy es internet, se vea amenazado por un dios más fuerte, más astuto o más bestia. Y así una y otra vez, hasta que el hermoso pedrusco azul sobre el que vivimos pegue un buen petardazo y nos mande a las estrellas.

¿Quién dijo miedo? La puerta está abierta, que entre si quiere la enésima revolución tecnológica. 

Y hablando de revoluciones

Y hablando de revoluciones, parece que la tecnológica trae aparejada otra, otra revolución más: la industrial. Dicen por ahí que es la cuarta, otros hablan de la tercera. En cualquier caso, ya se han hecho oír las acostumbradas voces de alarma. Si un robot hace fácilmente el trabajo de diez personas, dicen, ¿qué será de esas diez personas, qué será de las miles o millones que se quedarán sin empleo? La seguridad social colapsará, los parados saturarán los bancos de los parques y la situación pronto se volverá insuperable. No, amigos, no nos alarmemos tanto. La historia está llena de situaciones insuperables que, de tan superadas que están, ya ni se recuerdan. Se me viene a la cabeza la gran crisis de empleo que azotó Roma en una de las épocas de mayor expansión imperial. Aquella gran potencia que tanto presumía de instituciones democráticas tenía la manía (cada cual tiene las suyas) de someter a los pueblos vecinos y no tan vecinos, y convertir a muchos de sus habitantes en esclavos. Y los esclavos, ya se sabe, trabajaban gratis, lo cual suponía un problema para los empleados de toda clase de negocios, que no podían competir con semejantes sueldos y terminaban de patitas en la calle. La cosa pintaba mal. Los esclavos llegaban a Roma a montones. En una ocasión llegaron cuarenta mil de una tacada, y en otra, cincuenta mil. Las muchedumbres de desempleados vagaban por las calles, ociosas, cada vez más envilecidas. La situación parecía insuperable, pero sabéis qué, se superó. Se tomaron las medidas inadecuadas, como siempre, y, como siempre, algunos se hicieron de oro y la mayoría simplemente salió del paso. Y la vida siguió siendo maravillosa, y el Imperio siguió creciendo (hasta que hizo «crac» varios siglos más tarde), y cada cual siguió rebañando todo lo que podía del plato propio y del ajeno. De eso hace más de dos mil años, y aquí seguimos, cometiendo las mismas maldades y sufriendo los mismos miedos. Siempre andamos preocupados por nuestro futuro, pero no hay de qué preocuparse. «Bicho malo nunca muere», decimos en mi tierra. Pues eso.

domingo, 19 de marzo de 2017

domingo, 12 de marzo de 2017

Aquí tampoco

Me gusta perderme en los barrios más aburridos de la ciudad, esas grandes urbanizaciones de chalets adosados, llenas de zonas ajardinadas, salpicadas de pistas de pádel y de tenis, el paraíso soñado de las parejas jóvenes con hijos. Paseo por sus calles silenciosas y me siento a salvo, no sé de qué ni de quién, pero a salvo. Las recorro trazando elipses, alejándome lentamente del centro de la ciudad, o lo que es lo mismo, hacia la periferia de estos barrios ya de por sí periféricos, y a medida que me adentro en las afueras (bonito oxímoron) me siento más en mi sitio, hasta que, llegado a cierto punto, me detengo y pienso: «me gustaría vivir aquí». ¿Qué es lo que me ha cautivado? No lo sé, quizá el sonido de un avión que cruza el cielo remarcando el silencio del lugar, quizá el aroma de alguna planta o la simple y pura sensación de tiempo detenido. En cualquier caso, apenas  he terminado de pronunciar interiormente la frase cuando al tomar una curva aparece ante mí una residencia de ancianos. No falla, siempre una residencia de ancianos allí donde más en mi sitio me siento. Como síntoma es bastante elocuente, pero no me aflijo, al contrario, lo celebro. «Me gustaría vivir aquí», repito, ahora en voz alta, en tono desafiante, como si un observador indiscreto se hubiera reído de mí y de mis predilecciones. Mi voz asusta a un pájaro que escapa ruidosamente entre los matorrales, y yo, tras un breve sobresalto, aspiro una gran bocanada de aire limpio y me reafirmo en lo que acabo de decir. «Me gustaría vivir aquí, con los viejos. Sentarme en mi butaca junto a la ventana y escuchar la ramas de los árboles mecidas por la brisa, aguardar durante horas a que un avión cruce el cielo para tener al fin algo que contar, secarme, secarme muy despacito, sin hacer ni padecer ruido, entre enfermeros dominicanos y pastillas para la tensión y viejos ejemplares del Reader's Digest». Pronuncio estas palabras en voz alta o en silencio, de pie en mitad de la acera, contemplando el sitio que mi corazón ha elegido como hogar, y es en ese preciso instante cuando capto algo por el rabillo del ojo. Allá arriba, en una ventana de la segunda planta, las cortinas se han movido. Una silueta se adivina en la penumbra. Las cortinas se abren del todo, la silueta se acerca al exterior y se muestra. Se trata de un anciano. Tiene los ojos vidriosos y la tez surcada de manchas. Lleva una camiseta de tirantes, y los brazos fláccidos, endebles, blanquísimos, lo sostienen a duras penas cuando se apoya en el alféizar. Por un segundo creo que va a hablarme, que va a decir mi nombre, pero no tardo en comprender que ni siquiera ha reparado en mí. Tras asomarse a la ventana y asegurarse de que no hay enfermeros a la vista, saca de algún sitio un cigarro y se lo lleva a la boca. Yo, desde la acera de enfrente, lo veo fumar aprisa, dando cortas y rápidas caladas y procurando que el humo no entre en la habitación. El miedo a ser sorprendido le impide disfrutar el cigarro, pero, pienso, la sensación de peligro debe de compensar con creces la pérdida de placer. Probablemente la clandestinidad de hoy le hace revivir la de antaño, la de aquellos cigarros no menos furtivos que fumaba en la adolescencia. Las rápidas y cortas caladas le traen de vuelta el pasado, las correrías de cuando era poco más que un niño, las monedas robadas del bolso de su madre, los primeros vasos de vino, los primeros veranos, los besos con sabor a tabaco. Vive, el anciano vuelve a vivirlo todo apoyado en el alféizar. Sin embargo, de pronto se detiene. Algo le ha hecho desviar la vista hacia el fondo de la calle, y me ha visto. Y del susto ha arrojado el cigarro, todavía a medio fumar, a la calle. Durante unos segundos me mira aterrorizado, temiendo que forme parte del equipo del geriátrico y que me chive a los enfermeros, pero enseguida comprende que no soy más que un transeúnte y el miedo de su mirada se transforma en odio. Le he estropeado el mejor momento del día. ¿Qué hago yo allí, en mitad de la nada, espiando a los viejos de la residencia? ¿No tengo nada mejor que hacer? Intento disculparme mediante gestos, pero él no está interesado en mis disculpas. Me lanza una mueca de asco y vuelve a entrar en la habitación, maldiciendo y cerrando la ventana tras de sí. Yo bajo la cabeza y comienzo a caminar. «Me gustaría vivir aquí…», dice una vocecilla socarrona dentro de mí. Qué idiota, como si no supiera de sobra que aquí tampoco. 

martes, 14 de febrero de 2017

Lettre prioritaire internationale

Suena el portero automático. El cartero. «¿Daniel Morales?», dice. «Tengo un paquete para usted». ¿Un paquete? ¿Qué paquete? No estoy esperando ningún paquete. Bajo las escaleras a toda prisa, nervioso, y cuando al fin lo tengo entre las manos comprendo de qué se trata. Un regalo. Una amiga me envía unos libros desde París. Los hojeo con emoción, los toco, los miro mucho, y mientras lo hago me acuerdo de la reina Cristina de Suecia, que también acostumbraba a recibir libros de ciudades lejanas, si bien sus métodos de aprovisionamiento eran muy distintos. Es cierto que gastó sumas importantísimas en comprar libros y manuscritos por toda Europa, pero también lo es que su colección no habría llegado a ser tan vasta de no ser por el poderío militar de su país. Cuando sus soldados entraban en un territorio, una de las cosas que nunca dejaban de hacer era saquear las mejores bibliotecas. Introducían los libros, que a veces se contaban por millares, en barriles y los enviaban a Suecia, donde aquella reina tan joven, tan feíta y tan ávida de conocimientos aguardaba el botín con impaciencia. Creo que puedo imaginar lo que sintió Cristina cuando su ejército, ya en las postrimerías de la Guerra de los Treinta Años, entró en Praga y se hizo con la legendaria colección imperial de Hradćany. Nada más conocer la noticia escribió a su primo Carlos Gustavo, por entonces comandante en jefe, pidiéndole encarecidamente que le enviara la biblioteca y los restantes tesoros que albergaba el palacio. Ignoro si la reina tenía el hábito de comerse las uñas, pero no me resulta difícil imaginarla mordisqueándoselas mientras el trofeo era transportado a través de media Europa. También creo que me hago una idea de lo que ocurrió en su nada agraciada cabecita cuando al fin llegó a Estocolmo la preciosa mercancía, entre la cual, además de muchos cuadros de maestros italianos, joyas, piezas de orfebrería, un león vivo y toda clase de objetos raros, había libros y códices de incalculable valor. Sí, sé exactamente cómo se sintió la reina Cristina. Hoy me han llegado por sorpresa unos libros de París. Mi botín no incluye Tizianos ni leones vivos, pero sí algún que otro tesoro escondido entre las páginas. Mi botín es otro; la emoción, la misma. (Gracias, Silvia).