domingo, 26 de marzo de 2017

Otra revolución tecnológica

La cosa estaba calentita en los siglos XVI y XVII. El invento de un tal Gutenberg lo estaba poniendo todo patas arriba, y había quien no se lo tomaba muy bien. Hasta mediados del siglo XV todo había ido de maravilla. Los libros eran cosa de monjes, quienes los copiaban a mano. La Iglesia y su infinita sapiencia, con la generosa ayuda de la nobleza, los guiaba, y de esa forma el tráfico de la sabiduría quedaba reservado a los sabios. Pero de pronto apareció aquella máquina del demonio, la imprenta, y lo echó todo a perder. A medida que su uso se popularizaba, las letras se llenaban de advenedizos. Cualquiera se creía con derecho a poner en negro sobre blanco sus ocurrencias, y los libros impresos, impíos, blasfemos o simplemente tontos, escritos por ignorantes y leídos por ignorantes, se reproducían como chinches. La imprenta ponía fin a la era del conocimiento e inauguraba la de la estupidez. Filippo di Strata resumió elocuentemente el parecer de muchos. «El mundo ha funcionado bien durante seis mil años y no tiene por qué cambiar ahora. ¡La pluma es una virgen, la imprenta es una puta!».

La polémica adquiría en ocasiones un tono agrio, por no decir trágico (no es casualidad que a lo largo del siglo XVI se publicaran los primeros índices de libros prohibidos), aunque también había quien manifestaba sus reservas de forma más sosegada. Diego de Saavedra Fajardo, en 1625 (reproduzco el fragmento tal como lo cita Marc Fumaroli en la segunda nota a pie de página de la Introducción de su República de las letras), se lamenta así: «todos procuran sacar a la luz lo que estuviera mejor en la oscuridad, porque, como hay pocos que obren lo que merezca ser escrito, así hay pocos que escriben lo que merezca ser leído». Y en este afán por dar publicidad a lo que no merece ser hecho público, o sea, a uno mismo, «tiene mucha culpa la imprenta cuya forma clara y apacible convida a leer; no así cuando los libros manuscritos eran más difíciles y en menor número».

Hoy leemos estos viejos argumentos con otros ojos, con ojos más informados, porque sabemos todo lo bueno y lo malo que el invento de Gutenberg ha traído consigo. Sin embargo, ahora que la historia se repite experimentamos el mismo desconcierto y reproducimos con asombrosa exactitud el antiguo debate. Es comprensible: no sabemos adónde nos llevará la última (¿o ya es la penúltima?) revolución tecnológica, igual que ellos no sabían adónde les llevaba aquella. Pero, no sé, yo veo a muchos rasgándose las vestiduras, anunciando poco menos que el apocalipsis, y me pregunto: ¿qué es lo que temen? Internet, las redes sociales, la realidad virtual y todas esas cosas de las que ya nadie hablará dentro de unos años solo pueden llevarnos a un sitio: a lo nuevo y a lo mismo. Y digo bien, a un sitio, no a dos, porque lo nuevo y lo mismo son la misma cosa: lo mismo es lo nuevo dejado a secar. Desaparecerá la imprenta (o no), desaparecerán los libros y otros dioses pequeñitos ocuparán su lugar, y habrá quien piense que preferiría no vivir para no ver el mundo que se avecina, pero seguiremos vivos, y no solo veremos el nuevo mundo sino que lo amaremos, tanto como para rasgarnos las vestiduras cuando esos dioses pequeñitos, el dios doméstico que hoy es internet, se vea amenazado por un dios más fuerte, más astuto o más bestia. Y así una y otra vez, hasta que el hermoso pedrusco azul sobre el que vivimos pegue un buen petardazo y nos mande a las estrellas.

¿Quién dijo miedo? La puerta está abierta, que entre si quiere la enésima revolución tecnológica. 

Y hablando de revoluciones

Y hablando de revoluciones, parece que la tecnológica trae aparejada otra, otra revolución más: la industrial. Dicen por ahí que es la cuarta, otros hablan de la tercera. En cualquier caso, ya se han hecho oír las acostumbradas voces de alarma. Si un robot hace fácilmente el trabajo de diez personas, dicen, ¿qué será de esas diez personas, qué será de las miles o millones que se quedarán sin empleo? La seguridad social colapsará, los parados saturarán los bancos de los parques y la situación pronto se volverá insuperable. No, amigos, no nos alarmemos tanto. La historia está llena de situaciones insuperables que, de tan superadas que están, ya ni se recuerdan. Se me viene a la cabeza la gran crisis de empleo que azotó Roma en una de las épocas de mayor expansión imperial. Aquella gran potencia que tanto presumía de instituciones democráticas tenía la manía (cada cual tiene las suyas) de someter a los pueblos vecinos y no tan vecinos, y convertir a muchos de sus habitantes en esclavos. Y los esclavos, ya se sabe, trabajaban gratis, lo cual suponía un problema para los empleados de toda clase de negocios, que no podían competir con semejantes sueldos y terminaban de patitas en la calle. La cosa pintaba mal. Los esclavos llegaban a Roma a montones. En una ocasión llegaron cuarenta mil de una tacada, y en otra, cincuenta mil. Las muchedumbres de desempleados vagaban por las calles, ociosas, cada vez más envilecidas. La situación parecía insuperable, pero sabéis qué, se superó. Se tomaron las medidas inadecuadas, como siempre, y, como siempre, algunos se hicieron de oro y la mayoría simplemente salió del paso. Y la vida siguió siendo maravillosa, y el Imperio siguió creciendo (hasta que hizo «crac» varios siglos más tarde), y cada cual siguió rebañando todo lo que podía del plato propio y del ajeno. De eso hace más de dos mil años, y aquí seguimos, cometiendo las mismas maldades y sufriendo los mismos miedos. Siempre andamos preocupados por nuestro futuro, pero no hay de qué preocuparse. «Bicho malo nunca muere», decimos en mi tierra. Pues eso.

domingo, 19 de marzo de 2017

domingo, 12 de marzo de 2017

Aquí tampoco

Me gusta perderme en los barrios más aburridos de la ciudad, esas grandes urbanizaciones de chalets adosados, llenas de zonas ajardinadas, salpicadas de pistas de pádel y de tenis, el paraíso soñado de las parejas jóvenes con hijos. Paseo por sus calles silenciosas y me siento a salvo, no sé de qué ni de quién, pero a salvo. Las recorro trazando elipses, alejándome lentamente del centro de la ciudad, o lo que es lo mismo, hacia la periferia de estos barrios ya de por sí periféricos, y a medida que me adentro en las afueras (bonito oxímoron) me siento más en mi sitio, hasta que, llegado a cierto punto, me detengo y pienso: «me gustaría vivir aquí». ¿Qué es lo que me ha cautivado? No lo sé, quizá el sonido de un avión que cruza el cielo remarcando el silencio del lugar, quizá el aroma de alguna planta o la simple y pura sensación de tiempo detenido. En cualquier caso, apenas  he terminado de pronunciar interiormente la frase cuando al tomar una curva aparece ante mí una residencia de ancianos. No falla, siempre una residencia de ancianos allí donde más en mi sitio me siento. Como síntoma es bastante elocuente, pero no me aflijo, al contrario, lo celebro. «Me gustaría vivir aquí», repito, ahora en voz alta, en tono desafiante, como si un observador indiscreto se hubiera reído de mí y de mis predilecciones. Mi voz asusta a un pájaro que escapa ruidosamente entre los matorrales, y yo, tras un breve sobresalto, aspiro una gran bocanada de aire limpio y me reafirmo en lo que acabo de decir. «Me gustaría vivir aquí, con los viejos. Sentarme en mi butaca junto a la ventana y escuchar la ramas de los árboles mecidas por la brisa, aguardar durante horas a que un avión cruce el cielo para tener al fin algo que contar, secarme, secarme muy despacito, sin hacer ni padecer ruido, entre enfermeros dominicanos y pastillas para la tensión y viejos ejemplares del Reader's Digest». Pronuncio estas palabras en voz alta o en silencio, de pie en mitad de la acera, contemplando el sitio que mi corazón ha elegido como hogar, y es en ese preciso instante cuando capto algo por el rabillo del ojo. Allá arriba, en una ventana de la segunda planta, las cortinas se han movido. Una silueta se adivina en la penumbra. Las cortinas se abren del todo, la silueta se acerca al exterior y se muestra. Se trata de un anciano. Tiene los ojos vidriosos y la tez surcada de manchas. Lleva una camiseta de tirantes, y los brazos fláccidos, endebles, blanquísimos, lo sostienen a duras penas cuando se apoya en el alféizar. Por un segundo creo que va a hablarme, que va a decir mi nombre, pero no tardo en comprender que ni siquiera ha reparado en mí. Tras asomarse a la ventana y asegurarse de que no hay enfermeros a la vista, saca de algún sitio un cigarro y se lo lleva a la boca. Yo, desde la acera de enfrente, lo veo fumar aprisa, dando cortas y rápidas caladas y procurando que el humo no entre en la habitación. El miedo a ser sorprendido le impide disfrutar el cigarro, pero, pienso, la sensación de peligro debe de compensar con creces la pérdida de placer. Probablemente la clandestinidad de hoy le hace revivir la de antaño, la de aquellos cigarros no menos furtivos que fumaba en la adolescencia. Las rápidas y cortas caladas le traen de vuelta el pasado, las correrías de cuando era poco más que un niño, las monedas robadas del bolso de su madre, los primeros vasos de vino, los primeros veranos, los besos con sabor a tabaco. Vive, el anciano vuelve a vivirlo todo apoyado en el alféizar. Sin embargo, de pronto se detiene. Algo le ha hecho desviar la vista hacia el fondo de la calle, y me ha visto. Y del susto ha arrojado el cigarro, todavía a medio fumar, a la calle. Durante unos segundos me mira aterrorizado, temiendo que forme parte del equipo del geriátrico y que me chive a los enfermeros, pero enseguida comprende que no soy más que un transeúnte y el miedo de su mirada se transforma en odio. Le he estropeado el mejor momento del día. ¿Qué hago yo allí, en mitad de la nada, espiando a los viejos de la residencia? ¿No tengo nada mejor que hacer? Intento disculparme mediante gestos, pero él no está interesado en mis disculpas. Me lanza una mueca de asco y vuelve a entrar en la habitación, maldiciendo y cerrando la ventana tras de sí. Yo bajo la cabeza y comienzo a caminar. «Me gustaría vivir aquí…», dice una vocecilla socarrona dentro de mí. Qué idiota, como si no supiera de sobra que aquí tampoco. 

martes, 14 de febrero de 2017

Lettre prioritaire internationale

Suena el portero automático. El cartero. «¿Daniel Morales?», dice. «Tengo un paquete para usted». ¿Un paquete? ¿Qué paquete? No estoy esperando ningún paquete. Bajo las escaleras a toda prisa, nervioso, y cuando al fin lo tengo entre las manos comprendo de qué se trata. Un regalo. Una amiga me envía unos libros desde París. Los hojeo con emoción, los toco, los miro mucho, y mientras lo hago me acuerdo de la reina Cristina de Suecia, que también acostumbraba a recibir libros de ciudades lejanas, si bien sus métodos de aprovisionamiento eran muy distintos. Es cierto que gastó sumas importantísimas en comprar libros y manuscritos por toda Europa, pero también lo es que su colección no habría llegado a ser tan vasta de no ser por el poderío militar de su país. Cuando sus soldados entraban en un territorio, una de las cosas que nunca dejaban de hacer era saquear las mejores bibliotecas. Introducían los libros, que a veces se contaban por millares, en barriles y los enviaban a Suecia, donde aquella reina tan joven, tan feíta y tan ávida de conocimientos aguardaba el botín con impaciencia. Creo que puedo imaginar lo que sintió Cristina cuando su ejército, ya en las postrimerías de la Guerra de los Treinta Años, entró en Praga y se hizo con la legendaria colección imperial de Hradćany. Nada más conocer la noticia escribió a su primo Carlos Gustavo, por entonces comandante en jefe, pidiéndole encarecidamente que le enviara la biblioteca y los restantes tesoros que albergaba el palacio. Ignoro si la reina tenía el hábito de comerse las uñas, pero no me resulta difícil imaginarla mordisqueándoselas mientras el trofeo era transportado a través de media Europa. También creo que me hago una idea de lo que ocurrió en su nada agraciada cabecita cuando al fin llegó a Estocolmo la preciosa mercancía, entre la cual, además de muchos cuadros de maestros italianos, joyas, piezas de orfebrería, un león vivo y toda clase de objetos raros, había libros y códices de incalculable valor. Sí, sé exactamente cómo se sintió la reina Cristina. Hoy me han llegado por sorpresa unos libros de París. Mi botín no incluye Tizianos ni leones vivos, pero sí algún que otro tesoro escondido entre las páginas. Mi botín es otro; la emoción, la misma. (Gracias, Silvia).

domingo, 5 de febrero de 2017

Madres e hijas (1)

Muchos escritores caracterizan a los niños atribuyéndoles casi exclusivamente rasgos perversos. Lo hacen para que no parezcan tontos, o para que no parezcan personajes prefabricados. Por algún motivo creen que la bondad es tonta y la maldad inteligente, que el niño poseído por pensamientos hermosos es un cliché puritano, mientras que el poseído por el mal es un personaje vivo. No sé. Yo, cada vez que hablo con un niño, encuentro algunas razones para concordar con quienes piensan así, y muchas para no hacerlo. Esta mañana, sin ir más lejos, me crucé por la acera con una madre que caminaba de la mano con su hija, que no debía de tener más de ocho años. Solo alcancé a oír un breve fragmento de conversación, pero me reconcilió con la vida para el resto del día. La madre le estaba preguntando: ¿y qué más hay en tu cabeza? Y la niña: el colegio. ¿Y qué más? Un circo. ¿Y qué más, qué más hay en tu cabeza? Y la niña, tras un breve silencio: ¡el amor! Yo ya las había dejado atrás, pero al oírlo sentí una punzada en el pecho y me giré para mirar a la niña. La madre percibió mi gesto y se volvió hacia mí. Durante un segundo nos miramos con profundo agradecimiento, con una sonrisa temblorosa en los labios. Creo que los dos teníamos ganas de llorar o de cantar. La niña, ajena a la tormenta emocional que había desatado, se soltó de la mano de su madre y dio un saltito para no pisar una baldosa roja (todos sabemos que las baldosas rojas son agujeros abiertos sobre un lago de lava). Luego volvió a cogerle la mano y siguió pensando en sus cosas.

lunes, 3 de febrero de 2014

Philip Seymour Hoffman

Uno de los grandes. 
Descanse en paz.