miércoles, 24 de abril de 2013

El mapa y el territorio

Abro la libreta, paso las páginas y encuentro la dichosa nota. Se trata de una pequeña cursilada que escribí hace meses en un jardincito, después de pasarme la tarde sentado en un banco, leyendo, de espaldas al sol. Dice así: «el mejor atardecer de Málaga no está en la playa ni en la montaña, sino aquí, aquí delante, entre mis manos. Los atardeceres en el cielo se parecen demasiado unos a otros; por el contrario, es una experiencia siempre nueva observar los cambios del cielo reflejados en un libro, avanzar en la lectura mientras el sol desaparece a nuestra espalda y la luz se hace más tenue en las páginas blancas.» Es una cursilada, ya lo avisé, pero puedo asegurar que en el lugar en que está escrita, en esa libreta negra llena de ñoñerías, no desentona en absoluto. Ahí está en su elemento y se siente a salvo, igual que un cura en una iglesia; sácala de ahí y sobrevendrá el desastre.

El desastre. Es algo que conozco bien. Paso la mayor parte del tiempo solo, haciendo nada, sin más compañía que la de mis libretitas y mis pajas mentales, y cuando quedo con un amigo y charlamos y llega el momento de intercambiar anécdotas, descubro que no tengo anécdotas que ofrecer. En principio capeo el temporal refugiándome en temas circunstanciales, públicos, fácilmente compartibles, vi esta película y me gustó, qué te pareció aquella serie, etc. Pero a medida que nos emborrachamos (y tarde o temprano siempre nos emborrachamos) los dos vamos sintiendo la necesidad de hablar de nosotros mismos, y ahí empiezan los problemas. Para la mayoría de la gente, hablar de sí mismos es hablar de las cosas que les ocurren, pero si a uno no le ocurren cosas, ¿de qué habla? De lo que se le ocurre. Lo cual es un grave error, principalmente si eres de ésos a los que sólo se les ocurren cosas mientras escriben, de ésos que sólo saben pensar por escrito. Decir en voz alta lo que uno ha escrito para ser leído en silencio es como regar un zapato para que crezca, como soltarle un discurso a un semáforo para que cambie de color. Lo sé, lo he probado. Ya me ha pasado varias veces que, después de una tarde de lectura, me he encontrado con alguien y le he soltado aquello de la luz del sol cambiando en las páginas de un libro… Siempre he recibido la misma respuesta: un sonidito apenas audible («ah», o bien sencillamente: «a»), acompañado de una mirada compasiva. Y no me quejo. ¿Qué otra cosa iban a responder? ¿Qué coño puede responderse a eso? Nada. De hecho, tengo que considerarme afortunado: las pocas personas a las que se lo he dicho eran buenos amigos y gente dada a la introspección. Si llego a decírselo a cualquier otro, probablemente me habría ganado una buena colleja, o como mínimo una bofetada con el dorso de la mano, por tonto.

Con el lenguaje escrito y el hablado pasa lo mismo que con los payos y los gitanos: los dos comparten un mismo territorio (una misma gramática, una misma ciudad), pero tienen modos distintos de aprovechar sus recursos. Cuando alguien que no lee o que lee poco intenta escribir, suele trasladar al lenguaje escrito las normas y los tics del lenguaje hablado, creyendo que de ese modo le otorga naturalidad al texto; ignora que el lenguaje escrito tiene otra forma de ser natural. Escribir así suele tener resultados fatales, como cuando un gitano entra en un barrio de payos. En el extremo opuesto, cuando alguien que vive entre libros habla con personas de carne y hueso, suele trasladar al lenguaje hablado las normas y los tics del lenguaje escrito, creyendo que así es como se habla correctamente. El resultado es todavía peor, como cuando un payo entra en un barrio de gitanos. Y la cosa no mejora al invertir el proceso: si un mal lector intenta escribir literariamente, lo normal es que le salga una mierda pretenciosa cargada de palabras altisonantes, y si un lector contumaz y solitario intenta hablar como todo el mundo, lo normal es que diga un montón de chorradas en una jerga grotesca, quizá la jerga que hablaban los quinceañeros varias décadas atrás, cuando él mismo se encontraba en tan tierna edad. 

Todo esto me trae a la memoria a Lord Chesterfield, que, en una de las magníficas Cartas a su hijo, insta a su retoño a estudiar idiomas concienzudamente, aduciendo que «en una negociación entre dos hombres de igual talento, el que comprende mejor la lengua en que se desarrolla acabará siempre por llevarse la parte del león.» Es cierto. Y, añado yo, no hay lengua que no sea negociación, una larga negociación sin tregua. En el mundo del lenguaje no hay países neutrales, todo es mapa o territorio, todo es campo de batalla. Hablar es ganar o perder.