domingo, 24 de marzo de 2013

Viaje al fin de la noche


Un sábado cualquiera (hoy) de nueve de la mañana al fin de la noche: café, cereales, últimas páginas del Viaje al fin de la noche, primeras de Tala. Empieza a llover, un poco de Gracq, sigue lloviendo, cerveza. Es desesperante, dice Céline, lo defendidos que van los hombres, unos de otros. Sigue lloviendo, ginebra con tónica, Rocky Erickson. La ley, dice Céline, es el gran parque de atracciones del dolorRocky Erickson, ginebra con tónica, ginebra con tónica. Las ideas, dice Céline, nunca dan miedo. Deja de llover, ginebra con tónica. No se sube en la vida, dice Céline, se baja. Perfecto. ¡Abajo, entonces! ¡Siempre abajo! (Ginebra con tónica) ¡Y que no nos falten fuerzas para seguir bajando! ¿Hacia dónde? ¡Hacia el fondo! ¡Hacia el puto asqueroso fondo! Emily Wells, se acaba la tónica, ginebra con hielo. Buenas noches, tristeza.

domingo, 3 de marzo de 2013

Juan José Millás, Articuentos completos

Hay escritores que necesitan viajar a países exóticos para airear la imaginación. A otros les basta con viajar mentalmente al planeta Marte, a la galaxia Andrómeda, al pasado, al futuro o, a falta de otros recursos, al abismo (casi siempre aburrido) de su propias obsesiones. A Millás lo imagino viajando por el interior de su casa. Lo veo con toda claridad, como si lo tuviera ante los ojos, recorriendo en pijama las habitaciones, bolígrafo en mano, o quizás con una pequeña grabadora en el bolsillo de la bata, escudriñando los objetos en busca de alguno que le haga una seña, que le inspire el artículo que tiene que entregar en la redacción antes del viernes. De pronto se detiene frente a un enchufe. Lo mira fijamente. Al cabo de unos segundos, dice: «si tienes algo que decir, dilo ahora. No puedo perder toda la mañana contigo. ¿No dices nada? Pues peor para ti», y se marcha a la cocina, a ver si el microondas o el fregadero tienen ganas de cháchara. A veces los objetos no están a la altura de su pluma, le cuentan historias insulsas que apenas consiguen arrancarnos una sonrisa condescendiente. Otras veces nos arrancan carcajadas tan aparatosas que el libro se nos cae de las manos. En cualquier caso, nunca se agotan. La casa de Millás me recuerda a la mansión de la familia Winchester. Según se cuenta, Sarah, la viuda del conocido fabricante de rifles, heredó la maldición que había acabado con la vida de su marido y de su querida hija. Los espíritus de todos aquellos que habían muerto por las balas de los rifles Winchester clamaban venganza, y Sarah sería la siguiente en morir a menos que les construyera una casa. Sin embargo, por algún motivo, la maldición prescribía que la casa debía permanecer inacabada: en cuanto el último ladrillo fuera colocado en su sitio, los fantasmas matarían a la pobre viuda. De modo que la señora Winchester se entregó durante cuarenta años a un auténtico frenesí urbanístico, añadió puertas y ventanas en los rincones más inverosímiles, levantó escaleras que no conducían a ningún sitio, multiplicó las habitaciones y los pasillos para que los fantasmas no pudieran cumplir su venganza. Por desgracia, la artimaña, que le permitió eludir la maldición mientras vivía, a la postre fue inútil: en la actualidad, el espíritu de la propia señora Winchester está atrapado en la casa, y es de suponer que los demás fantasmas la persiguen incansablemente a lo largo de sus innumerables habitaciones. Pues bien, el libraco que acaba de publicar Seix Barral (Articuentos completos, 960 páginas) demuestra que la casa de Millás, al igual que la famosa mansión, no se acaba nunca, se expande sin cesar (no necesariamente hacia afuera, ni hacia adentro, ni hacia arriba ni hacia abajo, sino hacia otra parte), como si los muebles y los electrodomésticos se aparearan entre sí y engendraran una inagotable descendencia. Y al igual que la desdichada Sarah, el fantasma de Millás parece condenado a vagar hasta el fin de los tiempos, en pijama, por el interior de su casa, una casa que merece, junto a de los Winchester, un puesto de honor en el catálogo de las más encantadas del mundo.