viernes, 19 de octubre de 2012

El mono (leyendo a Kafka a las ocho de la mañana, con una lata de cerveza en la mano)


Nadie pretende negarlo. Los hechos son incontestables y nadie los niega. A K. le encargaron amaestrar a un mono; dos semanas más tarde se volvió loco y tuvo que ser ingresado en el manicomio. Se lo encargaron a G., y le ocurrió lo mismo. Y lo mismo les ocurrió a J., a M. y a otros veinte amaestradores. Esos son los hechos y yo no los niego. Ahora bien, debemos ser cautelosos a la hora de extraer conclusiones. En principio, sería fácil inferir que la causa de su locura está relacionada con el mono. Pero nada nos asegura que no hubieran acabado volviéndose locos igualmente, aun no habiéndolo conocido jamás. Es un hecho probado, y ustedes no lo negarán, que muchos de los presos del manicomio (la mayoría, me atrevería a decir) nunca han tenido trato con el mono, y por tanto no puede decirse de ningún modo que el mono sea culpable de su locura. Sin embargo, y les ruego que ahora presten atención, si antes de ingresar en el manicomio, o antes de enloquecer, alguna de estas personas hubiera sido contratada para amaestrar al mono, hoy ustedes lo señalarían como causante de la locura de esos desdichados, cuando es claro que su locura no guarda ninguna relación con él, puesto que acabó desarrollándose sin su intervención. Por otro lado, esto no prueba que el mono no tenga nada que ver con la locura de K., de G., de J., de M. y de los otros veinte amaestradores. No lo prueba y yo no lo niego, ¿lo oyen? ¡No lo niego! Pero, en rigor, la locura de los amaestradores tampoco prueba que el trato frecuente con el mono cause locura. No es mi intención, señores y señoras del jurado, tomar partido a favor del acusado. Si he de serles sincero, también yo lo aborrezco. Nada me gustaría más que ver cómo le arrancan uno a uno todos los dientes, cómo le cortan la lengua y le borran esa estúpida sonrisa de los labios. Pero debo recordarles que el mono se encuentra aquí hoy voluntariamente. Comparece ante nosotros por propia voluntad, para ser juzgado según las leyes y costumbres de nuestro pueblo. No me parece justo, pues, tratarlo ignominiosamente y negarle la presunción de inocencia, que nuestras leyes y costumbres amparan. Esto es todo lo que quería decir. Ahora, con su permiso, le cedo la palabra al mono.