jueves, 19 de julio de 2012

¿Por qué no te callas?

Hay gente que sabe callar y hay gente que sabe callarse. Los primeros suelen ser sabios o santos; los segundos pueden ser perfectamente estúpidos, pero es una bendición tenerlos como amigos.

miércoles, 11 de julio de 2012

El adversario


A veces, al leer un libro, tenemos la impresión de que sólo nosotros podemos comprenderlo. Observamos nuestras propias peripecias protagonizadas por otro, por un personaje más o menos ficticio, y casi compadecemos al escritor que ha narrado nuestra historia por azar, quizá hábilmente, quizá con auténtica maestría, pero, en cualquier caso, ignorando su verdadero sentido. Para que ocurra algo así debe tratarse de un personaje único, cuyas aventuras coincidan con las nuestras sin matices. Lo contrario, identificarse en líneas generales con un personaje arquetípico, es algo tan corriente como el agua corriente y lo experimentamos por igual, y a diario, los consumidores de literatura, de cine, de televisión, de música. Es a lo que nos referimos cuando decimos reconocernos en un personaje. La experiencia que estoy intentando describir, en cambio, es menos intelectual o moral que física: más que sentirse reconocido en alguien, consiste en darse de bruces contra alguien, alguien tan duro y compacto como pueda serlo un cuerpo humano y que no sólo se nos parece, no sólo es idéntico a nosotros, sino que es, en todos los sentidos, nosotros. Seguramente os haya pasado alguna vez; a mí me pasó hace tres meses, al leer un libro que desde entonces no ha hecho más que crecer en mi memoria, en mi alma o donde quiera que vayan a parar los libros que uno lee. Los demás suelo olvidarlos al cabo de unos días; de éste aún conservo un recuerdo nítido, dolorosísimo. Se trata de El adversario, de Emmanuel Carrère. No sé si es un buen libro (no sé hasta qué punto puede parecérselo a quien lo lea desde fuera, al lector que no sea al mismo tiempo protagonista), y por eso no me atrevería a recomendarlo. Sí sé que para mí ha sido una herida desgarradora y que tardaré en restañarla. El adversario soy yo (y yo).

lunes, 9 de julio de 2012

Rezar


Leo en un párrafo de Los hermanos Karamazov que las iglesias viejas y pobres son las mejores para rezar, y de repente caigo en la cuenta de que Dostoievski rezaba. Sí, sin duda rezaba, pero me resulta difícil imaginarlo. Me resulta fácil imaginar el momento en que empieza a rezar, pero, al pensarla, la escena se convierte en algo totalmente distinto: en lugar de ver al buen Fiódor pidiéndole perdón a Dios con la cabeza gacha o rogándole humildemente algún favorcillo, lo imagino gritándole. De vez en cuando se exalta y le enseña el puño al crucifijo que preside el altar de la iglesia vieja y pobre; al darse cuenta de lo que está haciendo baja el puño y corre a besuquearlo, se reprende a sí mismo y se tira de los pelos en señal de castigo. Se arranca cuatro mechones bien gordos y eso lo tranquiliza, pero enseguida vuelve a excitarse y la emprende de nuevo con el crucifijo, que, confuso y un poco avergonzado, se pregunta por qué los hombres que más Lo aman están todos tan locos. ¿No sería preferible, piensa, ganarse la devoción de los profesores universitarios, que nunca alzan la voz ni profieren amenazas, o de los presentadores del telediario, que poseen el don de la empatía cósmica y a los que sólo es posible imaginar rezando sosegadamente, las manos cruzadas a la altura del pecho, la expresión condolida y afable? ¿No es ésa la clase de amor que Él merece, un amor digno, honorable, y no el amor furioso de un loco babeante como Dostoievski? Eso se pregunta el crucifijo mientras el  buen Fiódor le enseña el puño. Yo también me lo pregunto. 

martes, 3 de julio de 2012

lunes, 2 de julio de 2012

El sustento

Las analogías, las metáforas, los tropos en general son algo así como el sustento del pensamiento, la tierra donde arraiga y el suelo firme donde se para a descansar. Son también su mejor abono (de ahí que a veces desprendan ese tufillo a estiércol), su sal con tequila, su canita al aire. Sin embargo, no son en sí pensamiento. El más grande hacedor de metáforas no deja de ser un niño que ha aprendido a jugar con la comida sin estropearla, pero que sigue sin comprender absolutamente nada. 

domingo, 1 de julio de 2012

La grandeza

Los grandes artistas, los grandes políticos, militares, deportistas o filósofos pueden quedarse calvos, pero los grandes hombres envejecen sin perder un solo pelo de la cabeza. 

Otra vuelta de tuerca


De acuerdo, cierro el blog. Y ahora me pregunto: ¿qué va a ser de todos esos apuntes que borroneo a diario en la libreta de turno, qué va a ser de esa calderilla literaria que es mi pan duro de cada día? Porque eso es lo que son esos apuntes, calderilla, y ya se sabe lo que pasa con la calderilla: por vergüenza, por no abrumar a la hermosa cajera del supermercado con un montón de moneditas, dejamos que se acumulen en los bolsillos, dejamos que se pierdan entre los cojines del sofá o bajo la cama, y al cabo de unos meses aparecen convertidas en verrugas verdes, foco de enfermedades y delicia de cucarachas. ¿No venía precisamente de ahí la idea de escribir un blog, de la necesidad de dar salida a toda esa morralla? Sí. Entonces, ¿qué ha pasado? No sé, supongo que la cosa se me fue de las manos. En algún momento empecé a imponerme normas estúpidas. Por ejemplo: no debía, como hacen casi todos los blogueros, escribir por escribir, no debía publicar ningún texto que no fuera más o menos redondo, no debía publicar meros fragmentos de fragmentos de ideas, ni aforismos, ni reseñas, ni nada que pudiera interesarle únicamente a los letraheridos. Debía ceñirme estrictamente a ese tono desenfadado que ha colonizado internet, no debía escribir demasiado mal, ni demasiado bien, y, en fin, lo de siempre: debía escribir de manera que el lector se formara de mí una opinión mejor de la que merezco. Naturalmente, era imposible cumplir todas esas condiciones y seguir escribiendo espontáneamente, entre otras cosas porque todas esas naderías, los fragmentos inarticulados y las divagaciones literarias, son lo que realmente me apasiona, el pan duro que roo a diario y que ha reducido mis dientes a esquirlas diminutas, pero afiladas. Todo eso soy yo, y abandonarlo en favor de algo más elaborado o más democrático es hacerme violencia a mí mismo. Así las cosas, no es de extrañar que el blog acabara convirtiéndose en una carga, que terminara dejándolo de lado y que incluso lo expoliara (retiré sin compasión las entradas a las que podía sacarle algún provecho, y supongo que seguiré haciéndolo). El problema es que las libretas siguen ahí, creciendo día a día y pudriéndose (pudriéndome) lentamente. Casi nada de lo que hay en ellas podía publicarse en el blog tal como lo venía concibiendo. Mi error fue cambiar mi modo de escribir para adaptarlo a la idea que me había formado del blog, en vez de hacer lo contrario. Por suerte, aún estoy a tiempo de enmendarme. A partir de ahora, aquí cabe todo, absolutamente todo. Y para demostrarlo, ahí va una profundísima reflexión sobre la alopecia.