jueves, 29 de marzo de 2012

Somebody That I Used to Know

Acabo de encontrar esta canción en el magnífico blog de Ben Clark. Quien la escuche entera y diga que en ningún momento se le ha puesto la piel de gallina MIENTE.


miércoles, 7 de marzo de 2012

Primo Levi, El oficio ajeno

Observo con recelo y con profundo alivio que poco a poco mis inquietudes van perdiendo consistencia, se encogen y se arrugan, hasta el punto de que en los últimos tiempos han quedado reducidas a inquietudes literarias, lo cual habla muy mal de la calidad de mis inquietudes y muy bien de mi salud espiritual. Podemos estar seguros de que los dioses nos aman cuando empezamos a tomarnos en serio los problemas de la escritura (forma y contenido, expresión y significado): no lo haríamos si tuviéramos verdaderos problemas. Dicho esto, he de aclarar que siempre me han parecido perfectamente idiotas (y me lo siguen pareciendo) los esfuerzos de los escritores y de los teóricos de la literatura por imponer una forma de escritura particular. Hay que rehuir los vulgarismos, dicen unos; hay que rehuir los cultismos, dicen otros. Al lector hay que ofrecerle las frases limpias, dicen unos, como el pescado, sin escamas ni espinas, de modo que pueda metérselas en la boca con toda tranquilidad, sabiendo que lo entenderá todo a la primera y que no se llevará sorpresas desagradables; el lenguaje hay que abrirlo al sinsentido, dicen otros, o a los sentidos más inesperados, llevarlo al límite, retorcerlo, exprimirlo como un bayeta y sacarle todo el jugo, aunque el jugo resulte ser poco más que agua sucia. Hay que escribir difícil, fácil, claro, oscuro, mucho, poco. Hay que escribir con el corazón, con la cabeza, con las entrañas, con las manos, con los pies, con un ojo, con el otro, con los pelos, con sangre. En cualquier caso, vienen a decir todos los que se enfangan en estas ridículas peleas de niños, hay que escribir como yo, o como a mí me gustaría escribir si tuviera algún talento.

No hace falta ser muy perspicaz para darse cuenta de que quien así habla es idiota o idiota, o ambas cosas. Y no creo que yo sea una excepción. Soy un idiota feliz, en los últimos dos meses he gastado tres libretas en las que he escrito únicamente sobre estos asuntos. Sin embargo, por más que escribo tengo siempre la impresión, al releer mis notas, de que ninguna llega a nada que se parezca a una conclusión, y de que la conclusión a la que llegan es partidista, interesada. ¿Cómo, no había dicho que no llegan a ninguna conclusión? Sí. ¿Entonces? No sé, es raro. ¿Nunca os ha pasado que alguien a quien no habéis visto jamás, y que quizás no existe, os parece feo? ¿O que le cogéis cariño o asco a un recuerdo muy vívido, aunque no sois capaces de precisar a qué época se remonta, ni a qué objeto se refiere, ni si se corresponde con algo que realmente habéis vivido? Pues es algo parecido. Un filósofo francés tal vez aprovecharía este párrafo para introducir una irritante y hermosa divagación sobre la ausencia y la presencia, sobre la ausencia de la presencia o la presencia de la ausencia, pero yo no soy filósofo ni soy francés, así que más me vale estarme calladito. En cualquier caso, tengo que reconocer que a veces sí creo haber encontrado las palabras exactas, la solución al importantísimo problema que los dioses me permiten tomarme en serio: cómo escribir. Ocurre siempre mientras leo un libro, y, cosa curiosa, las palabras, la palabras exactas, las palabras que resuelven el enigma, coinciden casualmente con las que encuentro en el libro, aunque no por eso dejo de tener la certeza (creo que Proust hablaba de esto en algún sitio) de que el descubrimiento me pertenece a mí por entero. Qué bien, me digo en esos momentos, Noséquién está de acuerdo conmigo, piensa lo mismo que yo. Alguien podría observar que en realidad soy yo el que, después de haberlo leído, pienso igual que él, y no cabe duda de que es así, pero no por ello me abandona la sensación de haber perpetrado una hazaña. Es verdad que yo no he conseguido escribir, es decir, pensar esas palabras, pero si las reconozco como mías de un modo tan vivo es porque, sin duda, estaban dentro de mí y habría acabado dando con ellas. El razonamiento puede parecer rebuscado, ¿pero quién no es rebuscado a la hora de salvar el propio ego? Además, por más rebuscada que sea, encuentro envidiable esta capacidad de autoengaño y no la cambiaría por la más refinada lucidez. Para sentirme un genio no necesito escribir ninguna genialidad, me basta con leerla y creer que podría haberla escrito yo. Y eso es exactamente lo que me ha pasado hace diez minutos, mientras leía «Sobre el escribir oscuro», un ensayo de Primo Levi incluido en el libro El oficio ajeno, publicado por El Aleph. El ensayo empieza diciendo, como debe ser, que cada cual es libre de escribir como quiera, que «jamás se debería imponer límite o regla alguna a la escritura creativa», y sólo tarda un párrafo en contradecirse (como debe ser), al afirmar que «no se debería escribir de modo oscuro.» Después Primo Levi se limita a exponer al dedillo mis pensamientos, con los que parece estar totalmente de acuerdo. Ya hace un rato que sobrepasé el límite (140 caracteres) a partir del cual nadie te presta atención en internet, así que aprovecho el tirón y os dejo algunas muestras de mis ideas en boca del gran escritor italiano.

«Mi lector “perfecto” no es un erudito, pero tampoco un ignorante; no lee por obligación, ni para pasar el rato, ni para quedar bien en sociedad, sino porque siente curiosidad por muchas cosas, quiere elegir entre ellas y no quiere delegar en nadie esta elección. Conoce los límites de su competencia y preparación, y orienta su elección de forma consecuente; en este caso, ha elegido voluntariosamente mis libros, y le dolería no entender línea por línea lo que he escrito, o mejor, le he escrito: y es que yo escribo para él, no para los críticos, ni para los poderosos de la Tierra, ni para mí mismo. Si no me entendiera, él se sentiría injustamente humillado y yo sería culpable por incumplimiento de contrato.»

«Por otra parte, hablar al prójimo en una lengua que no puede entender quizá sea el vicio de algunos revolucionarios, pero no es en absoluto un instrumento revolucionario: es, muy al contrario, un viejo artificio represivo, conocido por todas las iglesias, una mala costumbre típica de nuestra clase política, fundamento de todos los imperios coloniales. Es una manera sutil de imponer el propio rango: cuando, en Los novios, el padre Cristóforo dice “Omnia munda mundis”, a fra Fazio, que no sabe latín, “al oír esas palabras grávidas de un sentido misterioso, y proferidas tan resolutamente,… le pareció que debían de contener la solución de todas sus dudas. Se resignó y dijo: «¡Basta! Usted sabe más que yo»”.»

«No hay duda de que, mientras vivamos, sin importar la fortuna que nos haya tocado o que hayamos escogido, tanto más útiles (y gratos) seremos a los demás y a nosotros mismos, y tanto más tiempo seremos recordados, cuanto mejor sea la calidad de nuestra comunicación. Quien no sabe comunicar, o comunica mal, con un código que nadie o pocos comparten, es infeliz, y esparce infelicidad a su alrededor. Si comunica mal deliberadamente, es una persona malvada, o al menos una persona grosera, pues fuerza a los demás a la fatiga, a la angustia o al aburrimiento.»