martes, 27 de septiembre de 2011

Joubert, Pensamientos

Cioran asegura que en una ocasión se negó a conocer a un hombre sólo porque supo que era insensible a Dostoievski y a la música. Cuando leí la anécdota, hace años, pensé que se trataba de uno de los estúpidos desplantes de Cioran, o, en caso de ser falsa, de una de sus estúpidas fanfarronerías. Hoy creo entender que fue un acto de prudencia. Para él, Dostoievski o la música no eran meros pasatiempos, ni siquiera placeres más o menos refinados, sino expresiones o facetas de su propio carácter. Nadie que fuera incapaz de confraternizar con ellos podría hacerlo con él; a la larga, intentar ganarse su amistad le acarrearía únicamente desengaños. Pues bien, desde ahora, yo me niego a conocer a todo el que sea insensible a Joubert.

sábado, 24 de septiembre de 2011

Lo que tienen que decirme


Han vuelto. No sé quiénes son, no sé qué son, pero han vuelto. Poco a poco irán ganando terreno, en silencio, como la carcoma, y acabarán apoderándose de toda la casa. Lo sé, ya ha ocurrido otras veces. Esperan a que deshaga las maletas, esperan a que ordene los armarios  y coloque los libros,  esperan a que me instale en esta fiesta aburrida que es mi vida cotidiana, y entonces vuelven. Vosotros no entendéis, no, vosotros no entendéis, pero yo sé.  Es, por ejemplo, la ventana, no, las puertas, no, el flexo, el flexo acurrucado al fondo de la cama, mirándome, ¿me mira?, no, es simplemente el flexo, ¿entendéis?, esperando, paciente, inmóvil, hora tras hora, noche tras noche,  mientras el resto de la casa permanece a oscuras, o ese espejo enorme que hay al fondo del pasillo, él si me mira, él sí me mira, yo sí te miro, maldito, un día acabaré por romperlo, o los platos, los platos sucios que aparecen de pronto donde menos te lo esperas, en un cajón, en el suelo, en la mesita de noche, con restos secos de espaguetis o de arroz, a veces con una mosca flotando en la sopa, por no hablar de los libros, ¿quién los cambia de sitio en cuanto me doy la vuelta, quién los saca de sus estantes y los amontona en el escritorio, en la bañera, en el fregadero? Son ellos. Han vuelto. En mitad de la noche me despiertan susurrándome al oído, ahora, dicen, ahora, y yo salto de la cama y corro por la casa a oscuras en busca de la libreta que ellos han escondido, ahora, ahora, y yo tropiezo con los muebles y maldigo y sigo buscando, ahora, ahora, y yo sudo, gimo, escupo,  ahora, escucha, y ése es el momento en el que a veces se apiadan de mí y encuentro la libreta, justo a tiempo de escribir lo que tienen que decirme.

jueves, 15 de septiembre de 2011

Vida nueva, escena 7, toma 839

De un tiempo a esta parte, raro es el año que no cambio de vida al menos una vez. Antes, esos cambios respondían a una búsqueda de novedad; últimamente, creo que responden a una búsqueda de perfección, si es que puede llamársela así. No cambio de vida para hacer algo nuevo, sino para tratar de hacer bien lo que ya he hecho mal cientos de veces. Es como si estuviera rodando una película y no acabara de gustarme cómo queda una escena, una escena muy estúpida, y a pesar de las protestas del resto del reparto me negara a darla por buena y no hiciera más que repetirla, repetirla, repetirla, mientras a mi alrededor la gente se aburre y decide seguir avanzando sin mí. No sé si será así de aquí en adelante o si algún día me rendiré y pasaré página; sé que la cosa no tiene visos de cambiar a corto plazo. El último intento de reescribir (de corregir) ese terco capítulo data de hace sólo unas semanas, y supongo que aún me llevará varios meses darlo por errado. Por algún motivo, debo de haber pensado que una nueva mudanza me hará bien, que en esta vieja casita de la zona norte Málaga encontraré lo que no he encontrado en la zona sur, lo que no encontré en Santiago, en Salamanca, en París ni en Granada. Sí, debo de haberlo pensado, y, aunque parezca increíble, lo sigo pensando. Nunca acabará de sorprenderme la ingenuidad del hombre, la facilidad con que olvidamos el golpe que acabamos de darnos y nos dirigimos de nuevo, sonrientes y esperanzados, hacia la misma piedra; nunca acabará de sorprenderme y nunca acabaré de agradecerla. No es para menos. El paso de la brutalidad simiesca a la estupidez humana debió de ser uno de los saltos más duros de la evolución. A la naturaleza, sin duda, le costó lo suyo dar con una fórmula tan productiva, y una vez que la halló la repartió generosamente entre todas las personas, sin escatimar lo más mínimo. ¿Qué sería de nosotros si no pudiéramos creer, contra todas las evidencias, que esta vez sí, que ahora sí, que aquí sí? ¿Y qué sería, dios mío, de las agencias inmobiliarias? Aquí y ahora: parece un mantra, parece el eslogan de una marca de cerveza, pero es sólo un pretexto para aplazar la muerte. Aquí y ahora, muchachos: vida nueva.