miércoles, 25 de mayo de 2011

Grace Paley, Cuentos completos

Leer a Grace Paley es una experiencia terrible. Cada dos páginas nos asalta la impresión de que ahí delante, frente a nosotros, hay una mujer a la que la vida ha maltratado, una mujer acostumbrada a sufrir, una mujer dura que, llegada al límite de sus fuerzas, la emprende a patadas con la escoba y con el plumero, arroja a los niños por la ventana y se desploma en el sofá. La vemos encender la tele y agarrar una botella de whisky, la vemos hurgar en el botiquín en busca de los somníferos, y, mientras bebe un trago tras otro y se traga una pastilla tras otra, la oímos contar chistes crueles sobre sí misma. Lo peor de todo es que son chistes buenísimos y no podemos evitar reírnos.

Llegar tarde

Supongo que en Irlanda conocerá poca gente aquella historia tan linda (y probablemente apócrifa) de Fray Luis de León, ésa que tanto les gusta contar a los buenos profesores de instituto y a los malos profesores de universidad. Y aquí pocos conocemos la de Eamon de Valera, el primer presidente de la república de Irlanda. Es curioso, porque son la misma historia. Fray Luis, ya sabéis, daba clases en la universidad cuando lo arrestaron los chupacirios de la santísima inquisición. Estuvo entre rejas durante cinco años. Una vez que lo soltaron y volvió a dar clases, lo primero que les dijo a sus alumnos fue: Como decíamos ayer… Por su parte, Eamon de Valera fue arrestado mientras daba un discurso incendiario en favor de la independencia de Irlanda. Al salir de prisión, un año más tarde, sus feligreses lo acosaron para que volviera a hablar, y él, que seguramente llevaba varios meses preparando la respuesta, dijo: Como iba diciendo antes de ser tan bruscamente interrumpido… Hasta ahora, siempre había dado por supuesto que tanto el uno como el otro no pretendían otra cosa que asegurarse un puesto de honor en el anecdotario patrio, pero ya no estoy tan seguro. Es decir, sigo pensando que pretendían eso, aunque puede que no sólo eso. ¿Por qué he cambiado de opinión? Fácil: porque me he dado cuenta de que dar explicaciones es un coñazo (y recibirlas, aún más). Me imagino a Fray Luis y al otro ante la multitud, tratando de encontrar el mejor modo de explicar lo que habían estado haciendo todo aquel tiempo, por qué no se habían dejado ver de vez en cuando para tranquilizar a los parroquianos, por qué estaban tan pálidos y ojerosos, por qué se habían quedado en los huesos. Imagino su lucha interior, sus ganas de agradar y su miedo a resultar aburridos (y a ir de nuevo a la cárcel, claro), y, sobre todo, imagino la mueca de asco que debieron de hacer cuando decidieron mandarlo todo a la mierda. A tomar por culo, yo no le debo a nadie ninguna explicación. Voy a hacerme el tonto. Voy a hacer como si en vez de haber pasado una temporada en la cárcel hubiera ido un momentito al baño, a ver si cuela… Como iba diciendo…


Salvando las distancias, a mí me venía pasando algo parecido con el blog: antes de retomarlo quería explicar las razones de la larga ausencia; quería justificarme y pedir perdón y dar las gracias y hola amigos, os debo una disculpa, veréis, lo que ha pasado... Y como no acababa de encontrar el modo de hacerlo, o, más bien, no tenía ningunas ganas de hacerlo, lo iba postergando y postergando y ya se sabe que postergar algo es el modo más fácil de dejarlo de lado. Además, no recuerdo dónde leí que las únicas personas libres son las que saben llegar tarde a una cita y no dar explicaciones. Pues eso. Se acabó. Baste decir que he vuelto a Málaga y que el mundo es una mierda. Y una vez resumidos los últimos meses de mi interesantísima vida, voy a escribir de nuevo sobre lo que me vaya apeteciendo cuando me vaya apeteciendo. Por ejemplo, sobre Grace Paley.