jueves, 27 de mayo de 2010

Grñ

Hay días en que uno sale a la calle y cualquier cosa, la bobada más boba, le impresiona tanto que le escuece todo el cuerpo, como si antes de salir de casa le hubieran raspado la piel con una lima. Si tenemos la desgracia de ver a un viejete que pisa un charco y se le empapan los zapatos, el pecho nos cruje, hace grñ, y se pone muy tieso y muy duro, como la ropa cuando la lavamos sin suavizante. Si un perro, al cruzarse con nosotros, levanta la mirada y nos mira, grñ. Si una muchacha, al cruzarse con nosotros, pasa de largo y no nos mira, grññrgñ. Me pongo de lo más ñoño, lo sé, pero es que hoy no ha parado de llover, justo ahora que parecía que empezaba el buen tiempo. Mierda. Lo noté en cuanto me desperté. La piel me ardía, como si hubiera estado tomando el sol más de la cuenta. Más te vale quedarte en casa, más te vale quedarte en casa. Pero no hice caso y bajé a la calle. Lo primero que vi fue a una madre y a su hija paradas en un paso de cebra. La madre debía de tener más de cincuenta años; la hija, menos de veinte. Eran muy guapas. Tenían los mismos rasgos faciales, el mismo color de pelo y hasta el mismo peinado. En resumen, eran idénticas, salvo que una era joven y la otra vieja. Me dio tanta pena que no he conseguido sonreír en todo el día. Joder, sí, más me habría valido quedarme en casa: para irritar una piel sensible no hace falta arañarla. Con una caricia basta.

martes, 25 de mayo de 2010

Mi vagabundo

Debajo de mi casa, en el pasadizo conduce a la Place Raoul Follereau, vive un vagabundo. Es, con diferencia, el vagabundo más simpático que he conocido. De hecho, creo que es una de las personas más simpáticas que he conocido. Uno siempre se siente un poco culpable al decir estas cosas, porque el mito del buen salvaje hoy está desfasado. Pero qué coño, este vagabundo es un tío que irradia simpatía. Me recuerda a Pablo Guirval, pero la historia de Pablo Guirval es muy triste, así que mejor lo dejamos.

La conversación más larga que he tenido con mi vagabundo (voy a tomarme la libertad de llamarle así) fue una vez que intenté estrecharle la mano y me explicó que mejor no, que se la había ensuciado con no sé qué. El pobre se quedó muy cortado, y yo también. Aparte de eso, no pasamos del Ça va? Ça va. A veces me dice: Comment ça va, mon cher? Y ese día me pongo muy contento. No es gran cosa, lo sé, pero deberíais conocerle. Siempre sonríe con tanta sinceridad que dan ganas de llamarle Pelusín, sacar la varita mágica y convertirle en osito de peluche.

Mi vagabundo no es exactamente un mendigo: no pide. Nunca pide nada. Apareció un buen día en el pasadizo con una cama, una maleta y dos o tres libros, y ahí se quedó. Y como era muy simpático, la gente empezó a llevarle cosas espontáneamente. Los libros no tardaron en desaparecer; fueron reemplazados por una pequeña y hermosa radio que mi vagabundo escucha a todas horas. Y un día, de pronto, la cama también desapareció: alguien le había regalado una flamante tienda de campaña del Decathlon. Está visto que tarde o temprano todos acabamos sentando la cabeza.

Mi vagabundo no bebe, a no ser que algún otro vagabundo pase por allí y le ofrezca compartir la botella. Su mal es otro, pero no sé cuál. Tampoco sé por qué no se lo pregunto. La verdad es que me preocupa. De un mes para acá se ha quedado en los huesos, y tiene la mirada cada vez más perdida. Se está consumiendo. El otro día empezaron a hinchársele los párpados. Yo creo que está solo, que lo que le pasa es que está muy solo. Y que lo sabe.

Mi vagabundo es un tío muy triste que alegra a todo el mundo. Yo le quiero mucho. Nunca le he invitado a subir a mi casa.

lunes, 24 de mayo de 2010

Los vigilantes de la playa

Ahora que me sobra el tiempo, ahora que no tengo amigos ni dinero para hacerlos, ahora, justo ahora, cuando más necesito a las musas, me asaltan continuamente los recuerdos más pueriles, sólo ésos, los pueriles, los que ni traídos por los pelos dan para un mal cuento. Recuerdo, por ejemplo, mi fascinación juvenil por Los vigilantes de la playa y me pregunto si lo que me cautivaba eran los cuerpos de ellas, como entonces creía, o los de ellos. A ellas deseaba sobarlas, chuparlas de arriba abajo, o, cuando menos, tenerlas en la tele el tiempo suficiente para acabar de masturbarme. A ellos, en cambio, los deseaba de un modo mucho más absorbente: quería ser como ellos, tener sus abdominales, sus pectorales,  aquel flequillito tan exquisitamente despeinado, y a ser posible la pelusilla que bajaba del ombligo al bañador, como indicando el camino. En ellas (rubias, tetonas, rubias) pensaba durante un par de minutos cuando entraba en la ducha; en ellos pensaba durante una hora cuando salía de la ducha y veía mi torso escuchimizado en el espejo del baño. De ellas hablaba con los amigotes en la puerta del colegio; de ellos sigo hablando con ese enemigo invisible, implacable, cruel, que me vigila mientras hago flexiones en mi cuarto.

jueves, 20 de mayo de 2010

Puta vieja

Jueves por la mañana, estoy muy contento. No sé por qué: anoche no follé. Aun así me siento radiante. Puede que sea porque hoy, después de dos semanas, ha salido el sol. Voy al supermercado. Cojo una cesta de la compra y doy un par de vueltas, yogures, plátanos, filetes de ternera (aquí son carísimos, pero de vez en cuando el cuerpo te pide un poco de sangre roja, muy roja). Ya con la cesta llena, me planto en la caja. Hay tres mujeres delante de mí. En los altavoces suena una canción de Elvis Presley. Mis piernas se menean al son de la música. Joder, qué contento estoy. Tengo ganas de saltar y cantar. Cuando ya sólo queda una mujer en la cola, caigo en la cuenta de que no he cogido el tomate triturado. Siempre hay que coger tomate triturado. Soy el último de la cola y no hay nadie a la vista que pueda quitarme el sitio, sólo una viejecilla con un carrito de la compra que ronda por allí distraídamente, apretándose las gafas a la nariz para mirar las etiquetas. Tiene pinta de ser de ésas a las que les gusta pararse a leer la letra pequeña, bote de 75 centilitros a 2,25; el litro le sale a 3 euros. Así que si me doy prisa puedo ir y volver sin que me quite el sitio. Fuc fac, ya he ido y he vuelto. He tardado exactamente 5,3 segundos, porque el pasillo del tomate triturado está al lado de las cajas (y también porque estoy muy contento y cuando estoy muy contento puedo correr a la velocidad de la luz). Pero la vieja estaba al loro y en cuanto me ha visto largarme ha aprovechado para ocupar mi sitio. Me mira de soslayo varias veces. Sabe que se ese sitio me pertenece, sabe que podría haber dejado la cesta en el suelo, guardándome el sitio, y que habría sido totalmente justo, porque en esto de las cestas rige una norma parecida a la de los coches en doble fila: puedes dejarla estacionada sin que nadie te la retire durante x tiempo, y 5,3 segundos entra sin duda en ese intervalo. Pero la muy ladina no dice nada, ni hace ningún gesto para dejarme pasar. He sido muy torpe. Y ella ha sabido aprovecharlo. Puta vieja. De repente, toda la alegría se ha evaporado. Con lo contento que estaba. Ahora sólo tengo ganas de estrangular a la vieja, de dislocarle los huesos y meterla a presión en el carrito de la compra. La observo pasar las cosas por la caja, pagar y marcharse. Después me toca a mí. Hago lo mismo. Cuando salgo del supermercado, la veo caminando despacio por la acera, arrastrando pesadamente el carrito, encorvada, quejumbrosa, vieja. Acelero y paso por su lado dando saltitos, jugueteando con las bolsas de plástico, que en mis manos jóvenes parecen tan livianas como pompas de jabón. Sé que yo también seré viejo algún día, pero ella no vivirá para verlo. ¡Te jodes! ¡Eres vieja y yo no! ¡Te jodes! La vida vuelve a ser maravillosa.

martes, 18 de mayo de 2010

¡Corred, amigos!


A las siete de la mañana aparecen los primeros. Media hora más tarde le llega el turno a la segunda hornada. A las ocho, a las ocho y media, a las nueve; en grupos de quince o veinte (pero en unidades separadas, como las magdalenas) van llenando las márgenes del canal Saint-Martin. Después, cuando el sol empieza a picar, se evaporan, como el rocío. Son los corredores mañaneros.

Sus mallitas de licra, sus medidores de pulsaciones, sus calcetines blancos ofenden nuestro gusto por lo decadente. Podría pensarse que, en compensación, sus rostros sudorosos y sus dientes apretados halagan nuestro culto al cuerpo, pero no. Nada de eso. Los corredores mañaneros son cualquier cosa menos bonitos. Es paradójico, pero así es. Suelen estar rellenitos, les tiemblan las carnes a cada paso, son feos. Si queremos encontrar cuerpos esculturales tenemos que ir al gimnasio. Allí es donde están los guapos. Los corredores mañaneros son a la belleza lo que los burócratas al poder: eternos aspirantes.

Nos seduce mucho más el héroe desaliñado, pasota, que se sienta en el parque a beber cerveza y a ponerle zancadillas a los corredores, el chico malo al que le entran agujetas sólo de hablar de deporte, pero que tiene, a pesar de todo, unos abdominales más duros que un chaleco antibalas. No es de extrañar, visto lo visto, que hoy nadie quiera ir a correr por las mañanas, ni que tarde o temprano todos acabemos yendo.

La bici es otra cosa. Uno puede ir en bici y no ser un ciclista. Montar en bicicleta (siempre que la bici sea roñosa, le falte al menos un freno y tenga algún que otro desconchón) es perfectamente compatible con llevar barba de tres días y un pañuelo palestino, con votar a los verdes y escuchar al Sabina, con escribir poesía y fumar porros. Montar en bici puede herir nuestra próstata, pero no nuestro amor propio. Así que ya saben, si ustedes lo que quieren es perder unos kilitos sin perder su mala reputación, no lo duden, acérquense al rastro y háganse con la peor bici que encuentren.

Yo, por mi parte, tengo que confesar que cada vez me siento más cerca de esos pobres diablos que van a correr cada mañana. Los observo desde lejos, tras una larga noche de insomnio, y hay algo en ellos que me fascina. Son personas tristes, y la tristeza es hermosa (la alegría, en cambio, está buena). Tengo la impresión de que se comunican en silencio, mediante un código de gestos muy primario pero muy tierno. Van a correr como quien asiste a las reuniones de alcohólicos anónimos. Comparan sus progresos y los aprueban con un levísimo movimiento de cabeza, a veces con una simple inclinación de los párpados. Se dan ánimos e intercambian miradas llenas de comprensión. Creo que, si las miradas realmente hablaran, las suyas hablarían más o menos así: soy como tú, soy como tú, corre. Sé que puedo y que tú puedes. No te rindas, no estás solo, no me abandones. Si tú caes bajaré a por ti; si yo caigo, vente conmigo al infierno.

sábado, 15 de mayo de 2010

Mutar

Estamos acostumbrados a tratarnos a nosotros mismos como un campo de cultivo, y se nos olvida que también podemos ser un campo de experimentación. Hoy quiero ser eso: un laboratorio y no una maceta. No quiero florecer sino mutar. No quiero producir sino hallar. No quiero morir, pero estoy dispuesto a asumir el riesgo.

Hablemos de sexo

Hablemos de sexo. Sexo sexo sexo. «¿Quiere usted un poco de sexo?» «Sí, gracias.» «Perdone, caballero, ¿no tendrá por casualidad un poco de sexo?» «Naturalmente, lo tengo aquí mismo. Sólo dígame cuánto quiere y no se hable más.»

Sexo. El sexo puede ser algo maravilloso, no hace falta ser un depravado para darse cuenta. Tampoco hace falta ser un reprimido para darse cuenta de que se ha convertido en un valor de cambio bastante sospechoso: tú me das sexo y yo te doy una conciencia tranquila. La conciencia de haber hecho los deberes.

Imagino a un padre de un futuro cercano (¿futuro? El mundo va tan rápido y yo voy tan despacio que bien pudiera ser que ese futuro quedara atrás hace tiempo) diciéndole a su hijo adolescente: «¿Has estudiado ya para el examen de matemáticas? Bien. ¿Y has ido a recoger la chaqueta de la tintorería? Perfecto. ¿Y has follado? ¿No? ¿Que no has follado todavía? ¡Pero si son casi las diez! Esto no puede ser, hijo, no puede ser. ¿Así me pagas todos mis sacrificios? Hay que follar, te lo digo por tu bien. ¿Qué va a ser de ti el día de mañana si no follas?» Eso, ¿qué va a ser de él? No hace falta que conteste, todos conocemos la respuesta: un fracasado. El que no folla es un fracasado. Y si se le ocurre hablar mal del sexo, es, además, un reprimido. Exactamente igual que el que no tiene un BMW. En cuanto empieza a hablar sobre las excelencias del transporte bípedo, tiene que escuchar la cantinela de siempre: la envidia es muy mala…

¡Sexo! Sí señor, el sexo está muy bien, pero últimamente la fiebre del sexo está llegando a un punto insoportable. De hecho, aún no está disponible, pero pronto saldrá a la venta en los estancos un nuevo modelo de curriculum vitae. A los consabidos apartados de experiencia laboral y nivel de formación, se añadirá un anexo en el que deberemos detallar la variedad, cantidad y calidad de nuestras experiencias sexuales. Además, según me han confiado fuentes totalmente fiables, el ministro de economía está estudiando la posibilidad de hacer que la práctica coital (siempre que sea demostrable) desgrave impuestos (ni que decir tiene que la postura del misionero queda excluida, «por anticuada, retrógrada y, en general, poco moderna»).

En fin, no estoy diciendo nada nuevo. Por otro lado, tengo que reconocer que de todas las sensaciones que conozco, ninguna es comparable a la follar a pelo. Hacer el amor también es una gozada, pero follar a pelo es algo insuperable. Ahora bien, una cosa no quita la otra. ¿Sexo? Sí, gracias, pero me siguen dando risa (y envidia, claro) los que se pasan el día olisqueando faldas para engrosar su ridiculum vitae.

Y dicho esto, ¡a follar!

miércoles, 12 de mayo de 2010

El Gran Depredador

Dicen por ahí que el hombre es el Gran Depredador, el único animal que mata sin ser matado, el único que no agacha la cabeza ante nadie. No sé yo. Es verdad que hasta las bestias más bestias han mordido el polvo en más de una ocasión: los elefantes, por ejemplo, son acosados a veces por manadas de leones, y éstos, a su vez, tienen que salir por patas cuando a un grupo de hienas se les mete en la cabeza arrebatarles el almuerzo. Lo que no está tan claro es que el hombre sea una excepción. Miren, si no, lo que acaba de ocurrir. Es domingo. Domingo por la tarde. Cada vez hay menos luz. Se encienden las farolas. De pronto, como si hubiera sonado el toque de queda, las calles se vacían. La gente se retira a sus casas en estampida y deja tras de sí un murmullo, que rueda en el asfalto como esas pelusas gigantes que atraviesan el desierto: que viene el Lunes, que viene el Lunes… Igual que los conejos cuando ven un águila en el cielo, las pobres personitas le han visto las orejas al Gran Depredador, y han corrido a refugiarse en sus madrigueras.
Por suerte, en la lucha por la supervivencia no siempre gana el Gran Depredador. A veces no es tan fiero como lo pintan, a veces no es más que un farolero, a veces basta con plantarle cara. Señores, por favor, no huyamos. Luchemos. No dejemos que se nos coma el tiempo. Entiéndanme, no se trata de perdurar a toda costa. Al universo no le importa si vivimos o no, si la humanidad echa raíces en la tierra o se consume como una cerilla. A mí, la verdad, tampoco me importa. Si hemos de extinguirnos, extingámonos: que las gambas se rebelen y conquisten el planeta, que baje del cielo una piara de dioses o de extraterrestres y reduzca las ciudades a cenizas, que nos dé un lengüetazo un agujero negro. Pero, por el amor de dios, me niego a que me devore un simple lunes: sería humillante que acabara con nosotros un puñado de relojes y calendarios de plástico.

Ambrose Bierce, El diccionario del diablo

Aquí, en París, no es raro encontrar en los baños de las casas, junto al váter, una pequeña estantería repleta de libros. Sí, dejan libros en el baño, igual que los exploradores dejan víveres en los puestos de socorro, como si necesitaran saber que en cualquier lugar, en cualquier momento tendrán a mano un buen fajo de libros por si las cosas se ponen feas.
A ver, veamos. Es verdad que los franceses, en general, leen más que nosotros, pero también es verdad que son unos exhibicionistas. Sin ir más lejos, ahí está esa muchachita leyendo mientras camina por la calle. No sé si se han fijado, pero no lee cualquier cosa. Lee a Foucault, o a Deleuze, o a Derrida. ¿Quién puede leer a Derrida mientras esquiva a los peatones, a los coches y a las mierdas de los perros? Nadie. En realidad, nadie, incluido el propio Derrida, puede leer a Derrida, así a secas. Al que diga, sin ponerse colorado, que ha leído un libro suyo y que ha entendido más de dos palabas, habría que colgarlo de los pies y dejarlo boca abajo durante tres días: a los mentirosos tendría que ponérseles la cara roja de vergüenza, y si no tienen vergüenza, pues habrá que buscar otro modo. En fin, que los parisinos no leen mientras caminan. Sólo hacen como que leen. ¿Por qué? Aún no estoy del todo seguro, pero, de momento, la explicación que más me gusta es esta: son capaces de detectar a un paleto provinciano a medio kilómetro de distancia. Si, además, como es el caso, el paleto es extranjero, el radio del radar se extiende a un kilómetro. En cuanto las antenitas les vibran debajo de la capucha, se apresuran a sacar un libro del bolso y hacen como que leen hasta que el paleto provinciano se pierde de vista. Saben que, cuando lleguemos a nuestra triste ciudad de provincias, le diremos a todo el mundo: «los franceses son las hostia, leen a todas horas, fíjate si leen, que no paran de leer ni cuando van andando por la calle.» Y así es como se mantiene vivo el mito del parisino ilustrado.
Con lo de los libros del baño debe de pasar algo parecido. Sin embargo, hay que reconocer que este caso es distinto. Puede que los libros estén ahí para adornar, pero también es verdad que se puede leer en el váter. No se puede leer a Derrida, pero se puede leer. ¿Qué se puede leer? Eso depende, digamos, del aparato digestivo de cada cual. Si ustedes son de los que se toman su tiempo, de los que necesitan incubar el huevo antes de ponerlo, quizá les venga bien dejar en la estantería del baño un novelón de los de antes, de los gordos, algo de Tolstoi, de Dostoievski o de Proust. Si ustedes, en cambio, son de facturación rápida, es decir, si les gusta llegar, soltar el equipaje y salir pitando, les vendría bien un buen breviario. Ahora que caigo, puede que la afición de los franceses por los libros de máximas esté relacionada con la costumbre de dejar libros junto al váter. Quizás, cuando Chamfort, Vauvenargues o el gran La Rochefoucauld escribieron sus aforismos, no pensaban sino en amenizar las veladas fecales de alguna señorita. Sea como fuere, y aunque los libros de estos señores son imponderables, mi libro preferido para cagar, ese que ocupa el puesto de privilegio en mi estantería del váter, no es de un francés sino de un estadounidense. Se trata del conocidísimo Diccionario del Diablo, de Ambrose Bierce. Un libro irregular, a veces casi ramplón, pero que en sus mejores momentos (y no son pocos) rebasa en malicia al mismísimo Diccionario filosófico de Voltaire. Si ustedes son, como yo, de facturación rápida, o si, simplemente, les aburren los grandes novelones, les animo a comprarse el Diccionario y una estantería para el váter. Naturalmente, si el bolsillo no les da para tanto, pueden prescindir de la estantería y dejar el libro en el suelo, junto a la escobilla, aunque debo advertirles que una buena estantería le dará un toque sofisticado a su cuarto de baño, especialmente cuando tengan la oportunidad de decirle a sus invitados: «¿Ves esa estantería? Me la traje de París. Allí es el no va más. Ya sabes cómo son los parisinos, siempre están a la última. Y no me negarás que queda la mar de coqueta… A ver si uno de estos días me llego al quiosco y compro algunos libros, de esos que tienen los bordes dorados. Me han dicho que son los mejores…»
Para animarles a leerlo, o, según el caso, para desanimarles, les dejo algunas perlas del Diccionario del Diablo.
Fanático, adj. Dícese del que obstinada y ardorosamente sostiene una opinión que no es la nuestra.
Audacia, s. Una de las cualidades más evidentes del hombre que no corre peligro.
Ferrocarril, s. El principal entre los medios mecánicos que nos permiten alejarnos de donde estamos hacia donde no estaremos mejor. El optimista lo prefiere por su rapidez.
Espalda, s. Parte del cuerpo de un amigo que uno tiene el privilegio de contemplar en la adversidad.
Condolerse, v.r. Demostrar que el luto es un mal menor que la simpatía.
Aborígenes, s. Seres de escaso mérito que entorpecen el suelo de un país recién descubierto. Pronto dejan de entorpecer; entonces, fertilizan.
Moda, s. Déspota a quien los sabios ridiculizan y obedecen.
Amistad, s. Barco lo bastante grande como para llevar a dos con buen tiempo, pero a uno solo en caso de tormenta.

martes, 11 de mayo de 2010

Rue Saint-Denis

Rue Saint-Denis, calle de putas y sexshops. Aunque estamos a dos pasos del centro turístico de París, aquí no hay turistas. Aunque las calles de los alrededores están atestadas de cafeterías, de brasseries, de todo tipo de negocios chic, aquí no hay más negocio que la prostitución. Son las diez de la mañana de un miércoles cualquiera. Hay hombres quietos en la acera, de pie, solos. ¿Venden algo? ¿Compran algo? ¿Qué hacen ahí quietos y callados? Es inimaginable que sean chulos o camellos; en realidad, resulta difícil creer que alguna vez hayan hecho algo, cualquier cosa, salvo estar ahí de pie mirando a ningún sitio. Hay uno apoyado en una farola. Gordo, calvo, no sé si moro o mulato. Una mujer camina delante de mí. Cuando llega a su altura, él le dice algo y ella pasa de largo sin siquiera mirarle. Ahora soy yo quien pasa junto a él. Me dice: Monsieur… Aminoro el paso y lo miro. Sigo caminando despacio, girando el cuello para no apartar mi mirada de la suya, esperando que diga algo más. Pero no dice nada. Sólo me mira y me mira sin decir nada, sin despegar la espalda de la farola, hasta que desaparezco. Es extraño, hay muchos como él. Y es tan temprano. ¿Acaban de levantarse o llevan, como yo, toda la noche despiertos? Quizá no duermen. Quizá no comen. Sólo están ahí de pie durante días, semanas, meses, hasta que caen muertos o se los lleva el camión de la basura. Son las diez de la mañana pero podrían ser las tres de la noche, aquí no sirve de nada contar las horas. En la rue Saint-Denis no hay más tiempo que el que venden las putas: diez minutos, por ser tú un cuarto de hora. Se parece a caminar por un sueño. No por una pesadilla: por un sueño. Porque no es miedo lo que uno siente. O sí. Es miedo, pero no la clase de miedo que sentiríamos al toparnos con un oso a la vuelta de la esquina, sino el miedo que sentimos al  ir al baño por la noche y encontramos el suelo lleno de cucarachas. Cucarachas inofensivas, repugnantes, apestosas. Apestosas no, las cucarachas no huelen. Estos hombres sí. Huelen a sudor, a saliva, a semen encostrado, a bragueta entreabierta, a manos, a manos sucias. No es un miedo sublime, de ésos que preceden o suceden a una gran revelación; a duras penas llega a ser un miedo literario, y sin embargo, paseando entre este montón de mierda, entre esta mancha de viciosos, de guarros sonámbulos, a uno le da la sensación de que en cualquier momento caerásobre la rue Saint-Denis una bomba silenciosa que arrasará la tierra y lo dejará todo reducido a soledad, una soledad parecida a la que deben de sentir estos hombres.

Las niñas buenas

Las niñas buenas van al supermercado los viernes por la tarde, cuando salen de la facultad. En realidad, todas las niñas van al supermercado los viernes por la tarde, pero ellas son las únicas que no compran cerveza, ni whisky, ni ron. Van arrastrando el carrito de la compra. Lo llenan de espaguetis, de filetes de pollo, de naranjas y de pasteles, muchos pasteles de chocolate.

Las niñas buenas se reúnen los viernes por la noche (en parejas, en grupos de tres como mucho), en un pisito de estudiante de los alrededores del campus. Cuchichean sobre las niñas malas, las ponen a parir, y después, a lo mejor, ven una peli. Cuando al fin se quedan solas, cada una en su piso, notan un olorcillo raro, la sienten venir: es la tristeza. Una tristeza afilada, que abre una grieta minúscula en su disciplina, en la rutina compacta de las niñas buenas. No hay peligro. La tristeza de las niñas buenas es muy dócil, muy adaptable. Después de tantos años, se ha integrado tan completamente en la rutina, que la rutina sin ella ya no sería lo que es.

Sólo hay un momento en que da la impresión de que se les va de las manos: cuando apagan el ordenador, media hora después de que su amiga se haya ido. Es un instante tan breve que no ocupa espacio: mientras se sacan las manos de las braguitas, suspiran y saben que ese orgasmo no es el que andaban buscando, y que no serviría de nada volver a masturbarse.

Por suerte, las niñas buenas tienen el sueño fácil (se levantan muy temprano y trabajan mucho mucho muchísimo), y lo de apagar incendios se les da la mar de bien. Así que, en cuanto la tristeza empieza a ponerse tonta, se echan en la cama, cierran los ojos y se tapan hasta el cuello, dejando un hombrito al aire para sofocar los últimos calores. Antes de quedarse dormidas, apenas les da tiempo a repasar mentalmente tres o cuatro rostros.

Me pregunto si esos rostros pertenecen a niños malos o a niños buenos.

No me creo que no te creas

No me lo creo. ¡No me lo creo! No me creo que no nos creamos nada.

-¿Hacer? -dice Lucidín-. ¿Decir? Qué voy a hacer ni decir. Si pudiera creer en algo, haría. Pero a mí hace tiempo que se me pasó la manía de creer...

Pobrecito, pobre pobre Lucidín. No le gusta la alegría porque dice que es vulgar. No le gusta la tristeza porque dice que es autocomplaciente. Lucidín no escribe un blog porque para qué. No se cree na de ná, y no le queda otra opción que estarse quieto y callado. Pobrecito… ¿Pobrecito? Pues a mí no me da pena, y mucho menos le admiro. Lucidín es un llorica que quiere ennoblecer su llanto. ¿Le duele el corazoncito porque su amadísima ha elegido a otro príncipe azul? No, de eso nada. Si él quisiera, ahora mismo andaría enredado en las piernas de la amadísima. Pero, a última hora, la lucidez, la mismísima Lucidez en persona se dignó bajar a la tierra para revelarle que no merecía la pena hacer el menor esfuerzo por rebañar un poquito de amor humano. ¿Se siente impotente porque no consigue estar a la altura de la idea que se había hecho de sí mismo? Pero no, hombre, eso cómo va a ser. Lo que pasa es que ha perdido la ingenuidad, y ahora se da cuenta de que aquellas hermosas ilusiones eran tan estúpidas como escupir hacia arriba. ¡Anda y que se lo cuente a Cioran! ¡O a Pascal! ¡O a Pessoa! Lo que es a mí, ya me tiene hasta los huevos de lloriqueos trascendentales. Se acabó, ahora mismito cierro la puerta. No, Lucidín, no puedes entrar. No me lo creo. ¡No me lo creo! No me creo que no te creas nada. A partir de ahora, tú vas por tu camino y yo por el mío. Si te quedas atrás, te quedas tú solo. No pienso volver a llorar contigo.

Un tendedero

Tengo, como tantísima gente, un montón de libretas sucias. De vez en cuando abro el armario y les echo un vistazo. No me acerco demasiado porque huelen mal: están empezando a pudrirse. Creo que dentro de poco habrán engendrado toda clase de bichos asquerosos: polillas, gusanos, remordimientos. Antes de que eso pase, las voy a airear. No necesito gran cosa: unas pinzas de la ropa y un tendedero. Eso es lo que es este blog, un tendedero. ¡Que corra el aire! ¡Soplen, soplen! Las heridas hay que cerrarlas para que no se infecten; las palabras, en cambio, hay que abrirlas. O se arrancan del papel o se enquistan.