jueves, 23 de diciembre de 2010

Caricatura

La caricatura, es sabido, se centra en los rasgos generales y presta poca atención a las particularidades. No es tanto el arte de ridiculizar a alguien como el arte de encuadrarlo en un grupo ridículo. No nos reímos de Paris Hilton porque tenga una moto rosa y un coche rosa y ochocientos vestidos rosa, sino porque representa a la perfección el papel de la rubia tonta. Cuantos más matices desarrolle una personalidad, más difícil será encajarla en uno de esos moldes estereotipados. Pues bien, yo no entiendo de matices. Soy el sueño de cualquier caricaturista. Hago, pienso y siento exactamente lo que se espera que haga, piense y sienta un tipo como yo. No soy la excepción que confirma la regla, sino la prueba que confirma la regla. O a lo mejor no. A lo mejor no lo soy pero quiero creer que lo soy. A lo mejor lo soy pero quiero creer que no lo soy. A lo mejor sólo me estoy dejando llevar por el narcisismo enfermizo de la autohumillación.

Sea como fuere, todo esto viene a cuento de algo que me ocurrió hace poco y que me hizo pensar, una vez más, en Kuno Tatewaki (gracias, google), uno de los personajes más cruelmente caricaturizados de Ranma. Puede que lo recordéis: era aquel chico que siempre iba cargado con un puñado de rosas (le gustaba regalárselas a su amadísima), que hablaba del modo más empalagoso posible y que gustaba de ir al cementerio a escribir poemas cursis. Si le quitamos las rosas, ése soy yo. Cuando llego a una nueva ciudad, lo primero que hago es visitar los parques, después las librerías de viejo, después doy un largo paseo por los extrarradios (esa zona de nadie donde acaba la ciudad y empieza el miedo), y por último, sin proponérmelo, como si un hilo invisible tirara de mí, acabo plantándome en el cementerio.

En el de aquí, en el de Granada, me llevé una impresión muy fuerte. Tras la consabida retahíla de nichos y epitafios clónicos («Tus hijos y tus nietos no te olvidan», «Tu familia no te olvida»), llegué a un rincón apartado en el que me llamó la atención algo extraño: las fechas. Allí estaba el nicho de Cristina Fernández, que nació el 21 de marzo de 1982 y murió el 30 de marzo de 1982. En la lápida se leía: «Cristina, te queremos un montón.» Allí estaban los nichos de Javier y Alejandro García, cuyos padres debieron de sufrir lo indecible. Javier había muerto antes de cumplir los diez meses, y Alejandro, que nació cinco años después, vivió sólo dos añitos. Imagino a esos padres luchando durante cinco años por sobreponerse a la pérdida, reuniendo el coraje necesario para traer otro niño al mundo, y al fin, cuando parecía que la vida les daba otra oportunidad... No, no lo imagino, nadie puede imaginar algo así. Allí estaba también el nicho de Laura Jiménez, que nació el 2 de abril de 2003 y murió el 6 de mayo de de 2004. Era el único nicho que no tenía flores: en su lugar, sus padres habían colocado un perrito de peluche, un sonajero amarillo, verde, azul, blanco, rojo, y una muñeca rubísima. El epitafio era el más desolado que he leído jamás. Decía simplemente: «Laura, no queremos olvidarte.»

No voy a decir que me eché a llorar, porque no es verdad. Tampoco voy a decir que un escalofrío me recorrió la espalda, porque es verdad. Sólo voy a decir que desde entonces esa frase me asalta en sueños y me da miedo y me da pena y ya he dicho que me da miedo y no sé por qué pero me hace sentir muy solo y por favor por favor ya no quiero oírla más. Laura, no queremos olvidarte. Laura, no queremos olvidarte.

sábado, 18 de diciembre de 2010

A una desconocida que abandonó su blog

A poco que uno investigue tropieza aquí y allá con blogs abandonados, náufragos, agonizantes, dejados de la mano de dios en este basurero entretenido que es internet. Son pecios que se pudren lentamente en el ciberespacio, expuestos al cariño de los tontos, al insulto de los tontos y a los bichos carroñeros. Repudiados o arrumbados, se amontonan, caen o flotan en una región extraña, parecida al río del olvido, el Leteo, donde tal vez conviven con los pecados insulsos, con las mentiras piadosas y con las promesas, con todas las promesas. Se enconan en la piel de internet y muchos acaban convirtiéndose en quistes. No acumulan polvo (como los libros), pero sí olvido (como los libros). No sangran (como nosotros), pero sí gimen (como nosotros). Y nunca mueren.

martes, 14 de diciembre de 2010

Claudio Magris, Alfabetos

Claudio Magris es uno de esos humanistas de la vieja escuela que gustan de escribir cosas como lo universal humano y la esencia del vivir, que citan con desparpajo a Faulkner y a San Pablo pero no a Bukowski ni a los bloggers, que aman la ironía pero no las malas palabras, que saben contagiar un entusiasmo que sólo sienten en parte, que edifican como un cuento infantil y entretienen como una novelita rosa, que escriben para que nos paremos a reflexionar y sólo consiguen que los leamos de corrido, que se ganan nuestra burla cuando estamos entre amigos y nuestro cariño cuando estamos a solas, que, en fin, nos enseñan a leer y a amar la literatura, a vivir y a amar la vida, aun sabiendo que nunca se lo perdonaremos.

martes, 7 de diciembre de 2010

Tomates o farolas


La soledad no es ni una elección ni un accidente: es un destino. Y, como ocurre con todos los destinos, lo mejor que podemos hacer es aceptarlo y colaborar con él, en lugar de malgastar la vida en luchar contra lo inevitable. Yo he nacido para estar solo. Si me quedo en Granada, acabaré convertido en uno de esos desgraciados a los que vemos a las diez de la mañana, tendiéndole una mano a una farola y llevándose la otra a la boca para darle un trago a la cerveza. Si me voy al campo, acabaré convertido en un hombretón de mirada beatífica, curtido por el frío y por el sol, con callos en las manos y una morbosa tendencia a acariciar los tomates. Bien, ya conozco mis opciones. Ahora sólo me queda decantarme. Tomates o farolas, he ahí la cuestión. ¿Alguien tiene disponible una casa en el campo?

sábado, 4 de diciembre de 2010

Gravedad cero

Parece que al fin he encontrado el equilibrio. Últimamente me acuesto a las seis de la tarde y me levanto a la una de la noche, cuando la casa queda en silencio. Durante la noche leo, y, a veces, escribo un poco. Después, ahora (¿ya son las nueve?), las ideas se me atascan o me salen chuchurridas; antes de que empiece a dolerme la cabeza, dejo lo que esté haciendo y salgo a dar un paseo. Es una sensación maravillosa. A esa hora la ciudad está en plena ebullición. La gente va de acá para allá a toda velocidad, deseando llegar cuanto antes adonde quiera que vayan. Yo, en cambio, camino despacito, como un copo de nieve que cae entre la lluvia. Me gusta, me hacer sentir liviano. Probadlo alguna vez, moveos más despacio que el mundo que os rodea: se parece a dormir, a flotar, a estar muerto. A tu alrededor las personas se atraen y se repelen, se agitan, se fusionan o rebotan, mientras tú permaneces libre, ajeno, ingrávido, como un espectro. Dentro de poco, supongo, tendré que volver al mundo de los vivos (¿ya está aquí la navidad?). Cada vez que lo pienso me entran ganas de hacerme el remolón, de cerrar los ojos y esconderme debajo de las sábanas, de pegarle un manotazo al despertador y decir muy bajito: quiero seguir durmiendo.

jueves, 2 de diciembre de 2010

El mundo today

Otro gran descubrimiento. Llevo veinte minutos descojonándome en silencio, solo, en mi cuarto, intentando tragarme las carcajadas para no despertar a todo el mundo (y también, de paso, para que no me tomen por loco). He aquí el periodismo del fututo.

miércoles, 24 de noviembre de 2010

Ciudad K

Hurgando en el blog de Alejandro Díaz del Pino he ido a parar aquí. Sólo he visto la mitad del capítulo 9, pero al llegar al sketch de las putas eruditas me he reído tanto que no he podido evitar darle al pause para colgarlo en el blog. ¿Quién coño es esta gente? ¿Por qué nadie me ha avisado de que ahora en la tele salen cosas como ésta? Y, sobre todo, ¿qué autobús hay que tomar para llegar a Ciudad K?

sábado, 20 de noviembre de 2010

William Maxwell, Adiós, hasta mañana

Es sabido que hoy en día se identifica groseramente al escritor con el sabio. Los novelistas han usurpado el papel que antaño correspondía a los brujos, los santos y los filósofos. Lo curioso es que ellos mismos se encargan de dejar claro que de sabios no tienen nada (lo demuestran, muy a su pesar, cada vez que hablan), y, aun así, nosotros les seguimos chupando el culo y abrimos bien las orejas cuando un novelista toma la palabra. Les encargamos conferencias y les hacemos entrevistas en las que opinan sobre todo lo humano y lo divino, como si sus opiniones fueran algo más que putas opiniones; como si supieran hacer algo mejor que opinar. Razonar, por ejemplo. No nos engañemos. Aprendamos esto de una maldita vez: los escritores sólo son, en el mejor de los casos, personas que saben contar historias; en el peor de los casos, son arribistas inmundos a los que no les queda más remedio que escribir novelas para salir en la tele.
Sin embargo, hay excepciones. De vez en cuando se da el caso de que a un hombre sabio le pica el gusanillo de la literatura, y se pone escribir, y su sabiduría se transparenta en sus libros. Cuando entramos en contacto con uno de esos libros sentimos que ha ocurrido un milagro. Tenemos la sensación de que ese desconocido se ha tomado la molestia de escribir con un solo objetivo: hacernos sentir que no estamos solos, hacernos saber hay alguien nos comprende. Quizá sea ese el mayor regalo que puede hacérsele a una persona: comprenderla. Sólo que, naturalmente, está al alcance de muy pocos. Está al alcance de Montaigne, y de Svevo, y de Proust. También, acabo de descubrirlo, de William Maxwell. Es un hombre sabio, y Adiós, hasta mañana, es una obra maestra. Gracias a Libros del Asteroide, que ha tomado la iniciativa de publicarlo en nuestro país, hoy tenemos un nuevo hombro en el que apoyarnos, un nuevo amigo a quien acudir en busca de consejo.

martes, 9 de noviembre de 2010

Mis queridos absurdos

Después de una temporada entre yanquis, un tiempo de dramas realistas y desapasionados (sí, ya sé que la literatura estadounidense no es sólo eso, pero), uno vuelve al territorio mostruoso de la adolescencia: le da por releer a sus más queridos absurdos, Kafka, Bernhard, Beckett, ¿y qué es lo que encuentra? No sabría decirlo, las palabras se hacen baba antes de salir de la boca. Lo que sí sabría decir es qué es lo que no encuentra: dramas domésticos, café y cigarrillos, whisky con hielo en el porche al atardecer, policías traumatizados y ex alcohólicos imperturbables, niños en el jardín, amas de casa, amas de casa, amas de casa. Hace sólo dos semanas habría dicho sin dudar que la literatura norteamericana es, de largo, la mejor del siglo veinte. Hoy ya no estoy tan seguro. Sé que volveré a leer a todos esos yanquis que últimamente me han hecho vibrar (y que alguna que otra vez me han hecho correrme); lo sé, y por eso no levantaré ninguna palabra en su contra. Pero hoy leído a Bernhard y sólo quiero encerrarme en la buhardilla de los Höller, hoy he leído a Beckett y sólo quiero comprarme un paraguas, sentarme en un banco y contar escaleras, hoy he leído a Kafka y sólo quiero ayunar, encerrarme en una jaula, morir ahogado y asesinar a mi padre. Quiero morderme los dientes, mirarme a los ojos, tragarme la lengua. Eso y sólo eso es lo que quiero. Hablad, mis queridos absurdos, os oigo!

domingo, 7 de noviembre de 2010

El buga

Ahora resulta que tengo coche, un súper buga. Lo he heredado de mi abuelo. Es un Citroen Sexo y tiene sólo 12 añitos: está hecho un chaval. Cuando nació lo pintaron de verde, pero el nene ha salido respondón. Le gusta más el negro y se ha rebelado. En el capó y en el techo hay cada vez más manchas oscuras: está mudando la piel. Yo le dejo y no le hago reproches, porque creo que tiene todo el derecho del mundo a elegir su color. Y porque quiero que esté a gusto. Y porque el negro es un color muy bonito.

Cuando lo ven por la carretera, con su chapa oxidada y sus ruedas enclenques, los demás coches sienten la irrefrenable obligación de adelantarle. ¡No van a consentir que un buga esmirriado vaya más rápido que ellos! El buga se aparta de su camino, se pega todo lo que puede a la derecha y los observa impasible mientras se alejan. Quizás alguna vez, hace tiempo, soñó con tener trescientos caballos y un tubo de escape gordo y plateado, pero ahora es un buga sereno, estoico, nunca tiene prisa por llegar a ningún sitio y no entiende de competiciones. Le gusta pararse a contemplar el paisaje a los dos lados del asfalto. Y se pone muy triste si atropella a un insecto; prefiere acercarse a ellos despacito y verlos posarse blandamente en el parabrisas. De vez en cuando, incluso, si aparece en el retrovisor un buga aún más viejo que él, uno de esos bugas que hace años que no pisan el carril izquierdo, reduce la velocidad y le deja adelantarlo, sólo para darle una alegría. Así de bueno es el buga. ¡Es más bueno que ojú!

El buga, dicho sea de paso, se llama así sólo provisionalmente. Manolo también tuvo un buga en su momento, y ya se sabe que en familia queda feo ponerle el mismo nombre a los niños. Le he pedido permiso, y él me ha explicado que no está capacitado para concedérmelo ni para denegármelo. Será el propio buga quien lo decida. Según Manolo, el buga es siempre uno y el mismo, pero se encarna en coches sucesivos para vivir eternamente. Si mi coche es el buga, lo seguirá siendo aunque lo llame de otro modo. Por si acaso, he pensado varios nombres alternativos. Troncomóvil, Sexomóvil o La Furgo son algunos de ellos.

Ah, ya está aquí, me marcho. El buga ha venido a recogerme, quiere que le dé un buen fregoteo. Por esta vez voy a ceder, porque mi abuelo lo llevaba todos los días al campo y la verdad es que por dentro empieza a parecerse a una muela picada. Pero que esto no sirva de precedente. No pienso convertirme en uno de esos peleles que se pasan el día revoloteando alrededor de su coche, sacándole brillo a las llantas y a los cristales y a los espejos, como los pececillos que se arriman a un pez gordo para desparasitarlo. No, buga, entre tú y yo no va a pasar nada de eso. Tú y yo somos amigos. No eres mi dueño y no soy tu siervo. Quiero que esto quede bien claro antes de emprender el viaje.

domingo, 31 de octubre de 2010

Variaciones en torno al tema del animal diabólico

Un montón de mariquitas, cabezas de pescado, un bichito adorable y azul, un fauno, un chihuahua, dos monos, una serpiente, un conejo y hasta un pollo que habla… Son animales diabólicos, son animales que muerden y tienen hambre. Acaban de comerse el premio Caja España de libro de cuentos, pero se han quedado con ganas. Están loquitos por hincarle el diente a una buena editorial, aunque les va hacer falta algo más que suerte. En principio parece que el libro sólo va a poder comprarse en internet. No os preocupéis. Yo conozco bien a esos bichos. De una forma o de otra sabrán abrirse camino hasta vuestras casas. Y entonces, ah, entonces. ¿He dicho ya que tienen hambre? ¿He dicho que muerden? Si no lo he dicho o digo ahora. Después no digáis que no avisé.

jueves, 21 de octubre de 2010

Granada, niños luchando

Ya estoy de vuelta. ¿De vuelta a dónde? Para empezar, de vuelta al blog. Y a Granada. Hace diez años habría añadido: y a mí mismo. Hace diez años.

Bien, y qué hago yo en Granada. Ni idea. Aparecí aquí de buenas a primeras. Me dejé arrastrar por la tormenta (este verano ha sido tormentoso) y la tormenta me trajo a Granada. Me podía haber llevado a cualquier sitio, pero me trajo justo aquí.

Vale, Dani, pero qué coño haces tú en Granada. De momento, pagar una miseria por el alquiler. Y pagar una miseria en el supermercado. Y en los bares. Ah, España, trae para acá ese cáliz. Había olvidado lo barato que es todo. Así da gusto. ¿Y qué más hago yo aquí? Pues leer, supongo. Eso también lo había olvidado: cómo me gusta leer. Sí, me gusta. Yo pensaba que no. O, como mínimo, no lo tenía muy claro. Pensaba que leía para convencerme de que me gusta leer. Para convenceros de que me gusta leer. Para ser un lector, así con todas sus letras, l-e-c-t-o-r. Pero un verano casi en blanco (definitivamente este verano ha sido tormentoso) ha bastado para poner las cosas en su sitio. Un buen libro, ahora lo sé, no es un florero; es una flor. No es un trofeo, es la victoria. O la derrota.

Y ahora hablemos de Granada. Me gusta Granada. Es pequeñita, y eso al principio me echaba para atrás. Cuando digo al principio me refiero a los primeros veinte minutos. Después salí a dar un paseo y eso también bastó para poner las cosas en su sitio. Granada es preciosa. Un pelín sucia y un pelín limpia, como tiene que ser. Y en invierno hace frío. Y las calles están vivísimas. Además, en Granada hay una calle que se llama Silencio, y otra que se llama Mano de hierro, y otra que se llama Niños luchando. Qué nombre para una calle: Niños luchando. Se me ponen los vellos de punta. Voy a investigar de dónde viene ese nombre. ¿O no? ¿Y si la historia es pueril y le quita todo el encanto? ¿Y si Granada es pueril y los niños ya no luchan? No sé, ya veré lo que hago. En cualquier caso, me parece un modo hermoso de rendir homenaje a unos niños, y quien dice a unos niños dice a cualquiera. El resto de las calles debería tomar ejemplo. En lugar de recordar a los grandes hombres por su nombre, que no dice nada de ellos, habría que recordarlos por lo que hicieron. Se me ocurre que podríamos acometer un pequeño proyecto terrorista, un acto de justicia poética. Allá donde encontremos una calle Descartes, tachemos los letreros y escribamos encima: Hombre dudando. Allá donde encontremos una calle Juana de Arco, Mujer ardiendo.

Ahora os dejo. En la mesita de noche me espera un libro maravilloso, que no sé cómo ha tardado tanto en llegar a mis manos, Las moras agraces. Sé que Carmen Jodra, aunque no sepa que existo, lo ha escrito para mí. Desde aquí quiero darle las gracias.

viernes, 27 de agosto de 2010

El enterrador

Aunque lo parezca, este blog no está muerto, sólo tiene catalepsia. Suele pasarle a los blogs: igual que los osos hibernan, ellos veranean. Por eso le pido, señor enterrador, que tenga usted paciencia. No entierre a mi querido blog. Preste atención, esté alerta, y le prometo que pronto oirá puñetazos en el interior de la tumba.

viernes, 6 de agosto de 2010

Lo que son las cosas

No me gustan las personas tristes, sino aquellas que saben vivir intensamente la tristeza. Tampoco me gustan las personas alegres, pero admiro y envidio a las que viven intensamente la alegría. Las personas que más me gustan, por supuesto, son las que saben vivir intensamente la alegría y la tristeza. Y, en fin, desprecio con todas mis fuerzas a las no viven nada intensamente, a las que están alegres o tristes como el que está sentado o de pie, a las que viven la alegría y la tristeza como algo prestado, algo que más vale no toquetear demasiado para no gastarlo. Sin embargo, lo que son las cosas, creo que sólo sé enamorarme de este tipo de personas.

jueves, 22 de julio de 2010

Revolutionary topless

Cuando mi hermana estuvo en Portugal hizo topless en la playa y se armó un pequeño escándalo. No la denunciaron por perversión moral ni nada por el estilo, pero todos los tíos se la quedaban mirando como si fuera una gran estrella ardiente, demasiado hermosa para ignorarla, demasiado peligrosa para acercarse a ella. Era la única mujer que no llevaba la parte de arriba del bikini.

Al contármelo pensé que los pobres portugueses andaban con unas cuantas décadas de retraso moral, que aún estaban enredados en los prejuicios más tontos de nuestros antepasados. Nosotros, en cambio, hace tiempo que los hemos superado. Nosotros sabemos que el cuerpo humano es un templo, pero no el templo carca del Espíritu Santo, sino un templo pagano, que merece y exige ser honrado con los cinco sentidos, con los dientes, con los labios, con los dedos, con la lengua. Sí, somos libres. En nuestras playas, ponerse la parte de arriba del bikini no es sólo un gesto timorato, sino casi reaccionario, como colgar un cristo de madera en las aulas de los colegios. ¡Que mueran los retrógrados! ¡Que ardan los cristos de madera y las partes de arriba de los bikinis! ¡Fuego, fuego! ¿Quién tiene una cerilla? ¿Vamos a permitir que nuestras playas se conviertan en instrumento de represión sexual? ¡No! ¡Que viva el cuerpo humano y que vivan las tetas!

¡Que vivan, que vivan! El cuerpo humano es la planta más hermosa de la naturaleza y las tetas son sus flores. A mí me encantan, sobre todo las pequeñas. Si tuviera que llevarme sólo dos cosas a una isla desierta, me llevaría dos tetas pequeñitas. Pero hay una cosa que no acabo de entender: si mostrar las tetas es el signo de nuestra liberación, ¿por qué sólo lo hacemos en la playa? Conozco a muchas mujeres que hacen topless, y creo que conozco a alguna que lo hace orgullosamente, como si cada vez que enseñara las tetas cayera la estatua de un tirano. Sin embargo, no conozco a ninguna que se atreva a levantar esa curiosa bandera de la libertad fuera de la playa. A ninguna se le olvida ponerse el uniforme para ir al trabajo, ni ponerse los tacones para salir de fiesta; ni siquiera en la piscina se atreven a quitarse la parte de arriba del bikini. ¿Y los pobres portugueses andan retrasados porque no hacen topless en la playa?

No me malentendáis. Yo creo que es fantástico que las tías hagan topless, igual que es fantástico que salga el sol por la mañana y que en Málaga la cerveza sea tan barata. Pero si lo hacen para sentirse libres, pues entonces creo que es una estupidez. Enseñar las tetas durante dos o tres horas al día, sólo en verano y sólo en la playa, no se parece demasiado a hacer la revolución. Es como jugar en la bañera con un barco de juguete y creerse el Capitán Barbanegra. Ahora me viene a la cabeza una anécdota que leí en algún sitio, no recuerdo dónde. Theodor Adorno, el gran filósofo marxista, estaba dictando una conferencia sobre no sé qué cosa profundísima, inteligentísima y aburridísima, cuando unas muchachas se le acercaron con las blusas abiertas y las tetas al aire. El filósofo, que tantas veces había propugnado la revolución, se rebulló en el asiento mientras ellas se le echaban encima y trataban de acariciarle. Al final tuvo que huir, dejando a medias un discurso que sin duda habría iluminado a las mentes alienadas y habría trastocado el orden social y habría y habría.

Yo no sé si dos tetas, así sin más, pueden más que dos carretas, pero sé que aquel día unas tetas descontextualizadas pudieron más que uno de los filósofos más ilustres del siglo XX. Nuestras tetas, por desgracia, no están ni muchísimo menos descontextualizadas. Todo lo contrario: están justo donde deben estar. Me imagino allá arriba, en lo alto, a los cristos de madera (los españoles no menos que los portugueses) dándose codacitos y murmurando con aire satisfecho: tranquilos, muchachos, mientras se conformen con hacer topless en la playa no corremos ningún peligro.

Jugar

Ahora juego a diario con mi hermano pequeño. Juego al fútbol en el césped del parque, juego al ping pong en casa de mi padre, juego al tenis en una pista roñosa que hemos descubierto junto a la vía del tren. Juego y, mientras me divierto, pienso que desde que he llegado a Málaga apenas leo, que no escribo, que ni siquiera me paro a observar las cosas. Pienso que no me divierte jugar, aunque me divierte, y que ya no soy un niño.

Y sigo jugando. Y, mientras me divierto, no pienso que Irene se va ya mismo y que quiero ir a verla, que le prometí a Úrsula que la llamaría, que hace tanto tiempo que no veo a Agu. No. Lo que pienso es que tengo el blog abandonado, que tengo cuatro cuentos a medio escribir, que en cuanto saque un ratito voy a echarle un vistazo al libro de Alice Munro que llevo en la mochila. Pienso que estoy viviendo la vida de otra persona, aunque es la mía, y que ya no soy...

La verdad es que no tengo ni puta idea de qué es lo que ya no soy, y prefiero no saber lo que soy.

martes, 13 de julio de 2010

Líneas

Ayer me miré las palmas de las manos y vi que las líneas se habían vuelto locas. Las de la cabeza y el corazón andaban enredadas muy malamente, dándose hostias y bocados, destrozándose entre sí. La del destino estaba rígida y fría como un pez congelado. La del amor, en fin, de ésa mejor no hablo. Y la de la vida había saltado de la carne y ahora anda perdida por esas calles de dios, lejos de mí, sola. Por favor, si os la encontráis por ahí, decidle que vuelva, que prometo cambiar, que voy a hacerle más caso, que la echo de menos.

Leería

Durante los últimos cuatro años, mientras he estado viviendo fuera, no habré puesto el despertador más de diez veces. Dormía cuando el sueño llegaba y me despertaba cuando el sueño se iba. No tenía que acostarme temprano porque no tenía que levantarme temprano, nadie me esperaba en la oficina o en el almacén del supermercado o en las aulas de la universidad. Nadie me pedía explicaciones porque entrara o saliera a las cinco de la tarde o de la noche, nadie se echaba la mano al reloj si me veía aparecer en cualquier sitio a cualquier hora. Abreviando: no tenía horario, y me sobraba tiempo para hacer lo que me diera la gana. Ni que decir tiene que no era más feliz que los otros, esas pobres personillas que van por ahí haciendo tic tac, tic tac, tic tac, abriéndose el pecho de vez en cuando para comprobar que los engranajes y las manecillas siguen funcionando, esas criaturas sincronizadas que se pasan la vida adelantándose y atrasándose, poniéndose en hora, cambiándose las pilas y dándose cuerda para bailar al son del minutero. No era, digo, más feliz que ellos (y no era, por tanto, mejor que ellos en ningún sentido). ¿Por qué? Muy fácil: porque me sobraba tiempo para hacer todo lo que me diera la gana, pero no lo hacía. Quizá lo habría hecho si hubiera tenido fuerza o talento o huevos. Quizá no. Quién sabe. Nietzsche escribió que todo lo decisivo surge a pesar de. Es bonito y es tranquilizador pensar que ése era el problema: que yo lo tenía todo a favor. El tiempo estaba ahí, a mi alrededor, por todas partes, fácil como una chica fácil y dúctil como la plastilina, sólo que mucho más duro.

Ahora, ¿de vuelta? en Málaga, sólo han pasado unos días y ya he puesto el despertador más veces que en los últimos cuatro años. Me acuesto tarde y me levanto temprano, duermo mucho menos que antes, y, curiosamente, en lugar de tener más tiempo tengo muchísimo menos. Sigo sin hacer casi nada de lo que quiero hacer, con la única diferencia de que ahora me amparo en una excusa barata (¡no tengo tiempo!), y puedo regodearme en lo desgraciadito que soy y en lo mal que me trata el mundo. Puedo regodearme y me regodeo. Quejarse es una gozada. Dicen que algunos ciegos ven las voces de colores, que ven un color o otro según quién hable y cómo hable. Me juego lo que sea a que se mueren de asco cuando nos oyen quejarnos: las quejas deben de tener el color de la mierda. Por suerte, la mayoría de nosotros no somos ciegos, vemos muchas cosas o muy pocas, pero no, en cualquier caso, las voces (en el mejor de los casos nos limitamos a oírlas), así que podemos seguir quejándonos sin ningún riesgo. Y compadecernos, eso también podemos hacerlo a diestro y siniestro, y cada vez que lo hagamos seremos un poco menos dignos de seguir viviendo, pero no importará demasiado porque no lo sabremos. Por poder, podemos incluso arrepentirnos. Naturalmente, todo esto lo digo para justificar lo que voy a hacer a continuación, lo que ya estoy haciendo, lo que parece que últimamente no sé dejar de hacer. Me quejo y me compadezco y me arrepiento, todo en uno. Un cóctel delicioso, especialmente recomendable para pasar una noche de viernes. Vale, Dani, hijo mío, si te apetece quejarte un poco no pasa nada, todo el mundo lo hace y no creo que se sientan culpables, pero como no lo hagas pronto me parece a mí que esta gente se va a quedar dormida antes de que empieces. Pues bien, creo que mis pataleos pueden resumirse más o menos así: si pudiera volver atrás, si me devolvieran el tiempo que he tirado en los últimos años, si me lo dieran así, de golpe, tome usted todo este tiempo y haga algo con él, lo que quiera, cualquier cosa, pero hágalo ya porque va a acabarse antes de lo que piensa y no pensamos devolvérselo de nuevo; si me dijeran eso, creo que huiría al último descampado del último barrio de la última ciudad del mundo, o quizá me encerraría en una alcantarilla o en una nevera industrial, en cualquier sitio donde no pudiera encontrarme nadie, donde no pudiera alcanzarme nada, ni el cariño ni la culpa ni los reproches, atrancaría la puerta y les diría a todos, empezando por mí mismo, que me dejaran en paz. Me pondría tapones en los oídos y un esparadrapo en la boca y me quedaría allí dentro para siempre, con un saco de dormir y un montón de botes de nocilla y una caja de pan bimbo, con una silla de playa y sin bolis ni libretas, pondría mi mejor cara de viejo gruñón y leería, leería sin preocuparme de lo que leo, sin tratar de ser sofisticado, sin importarme que ahí fuera, en el mundo, todo el mundo esté leyendo lo mismo que yo, leería unos pocos libros, sólo esos, una vez y otra vez y otra vez, leería hasta el fin del tiempo los cuentos de Flannery O'Connor y de Katherine Anne Porter, leería Franny y Zooey quinientas veces seguidas, leería a Epicuro y a Montaigne y a Platón, leería los ensayos de Borges para darme fuerzas, para querer seguir leyendo, leería a Faulkner y a Dostoievski, leería los cuentos de Onetti y de Isaac B. Singer, leería a Wilde y a Cortázar, leería las memorias de Casanova, leería a Nietzsche y a Kafka, leería Temblor de cielo y leería a Fonollosa, leería a Carver y leería los melodramas de O’neill y no pediría la aprobación de nadie, porque los muertos, contra lo que suele pensarse, no necesitan nuestra aprobación.

sábado, 26 de junio de 2010

Arenas movedizas

Llega el verano y se abren las ventanas. De pronto el aire se llena de vecinos: te asomas al balcón y sólo ves vecinos semidesnudos tras las persianas subidas, te echas una siesta y sólo oyes a los vecinos fregar los platos, a los vecinos reír y cantar, a los vecinos roncar, follar, gritar. Llorar no, casi nunca se oye a un vecino llorar, y si alguna vez lo oyes, lo recuerdas. ¿Por qué recordamos los momentos tristes mejor que los alegres? Todo el mundo conoce la respuesta: porque dios es un amargado. Necesitaba sentir que había alguien más desgraciado que él, y por eso nos creó tan jodidamente mal. Así nos va, a cada paso que damos nos hundimos un poco más en nuestros peores recuerdos, y cuanto más luchamos contra ellos más rápido nos tragan, como las arenas movedizas. Yo, por ejemplo, llevo clavado en algún sitio el recuerdo de una gran desilusión. Fue hace cinco o seis veranos, puede que más. Eran las cuatro de la madrugada. A través de las ventanas abiertas oí unos fuertes hipidos. Parecía el llanto de una mujer. Se me aceleró el corazón. ¿Hay algo más hermoso que el llanto de una mujer en mitad de la noche? Salí corriendo al balcón y la vi, en el portal de enfrente, con un hombre. El golpe fue tremendo: no lloraba, sólo estaba riendo.

Recuerdo esa risa traidora, esa risa que me puso tan triste, como si acabara de oírla. Estoy seguro de que ella, la mujer que reía, hace tiempo que olvidó aquella noche feliz.

viernes, 25 de junio de 2010

A dos metros bajo tierra

Desde hace algún tiempo leo muchos más libros de cuentos que novelas. Incluso creo que leo más poesía que novelas. Y sí, qué coño, aunque leo poquísimo ensayo, también leo más ensayo que novela. La verdad es que me cuesta entender cómo podía leer tantas novelas hace unos años. Ahora me aburren. O son estúpidas y no hacen más que amontonar anécdotas muertas como quien amontona tortugas muertas, o son tostones indigeribles en los que no hay más que digresiones por todas partes. A ver, una aclaración: a mí me gustan las digresiones, pero no las de los novelistas. Tampoco, por norma general, las de los filósofos homologados, sino las de esos bichos híbridos que anidan en tierra de nadie: un Montaigne, un Steiner, un Cyril Connolly, un Borges. También me gustan las digresiones de Proust, claro, pero Proust es único. Aparte de él, son muy pocos los novelistas que puedan ponerse a filosofar sin hacer el ridículo.

El caso es que desde que no leo novelas venía echando de menos tener algo a lo que engancharme, algo que te mantenga en vilo durante horas, que te coja por el pescuezo como los gatos cogen a los gatitos y te tenga así toda la noche, hasta que te caigas de sueño y no te quede más remedio que decirle adiós (adiós no, hasta mañana), muriéndote de rabia porque quieres saber lo que va a pasar después. Para eso los libros de cuentos no sirven. Por mucho que a los críticos literarios les guste echar mano del camelo ése de la unidad del libro, del hilo conductor que unifica los relatos y todas esas gilipolleces que dicen cuando no saben qué decir (también son muy pocos los críticos, o, en general, son muy pocos los que pueden ponerse a filosofar sin hacer el ridículo), la verdad verdadera es que un cuento lo lees y se acabó, lo que viene después ya es otro cuento. Con las películas pasa lo mismo. Total, que me puse a cavilar sobre el asunto y llegué a la conclusión de que lo que me hacía falta era encontrar una buena serie de televisión. Así que le eché un vistazo a filmaffinity para ver cuáles tenían mejor pinta. Y empecé a bajármelas. Primero probé con Perdidos, que, la verdad, me enganchó, pero al cabo de diez capítulos empezó a aburrirme. Me daba la impresión de que, de ahí en adelante, la serie no iba a hacer más que enrevesarse, multiplicar las anécdotas y los personajes sin ton ni son, sólo por la pura necesidad de acumular capítulos, aunque ya no se tengan ideas o sólo se tengan ideas malas. Después probé con una que se llama The wire y que en filmaffinity tiene críticas muy buenas. No terminé de ver el primer capítulo. Yo qué sé, era una mierda. Después me bajé Californication. Es una serie estúpida en la que no hay ni un solo personaje que no sea de cartón piedra, pero tiene escenas y diálogos divertidísimos, y me descojonaba viéndola. Es la serie ideal para sobrevivir a un día de resaca. O a dos. Californication tiene su qué, y además salen un montón de tetas, pero, una vez más, al cabo de diez capítulos se ponía repetitiva. Era como echar un polvo muy largo sin cambiar de postura, un polvo en el que, además, sabes que no vas a correrte. Probé con Sangre fresca. Pensaba que me iba a gustar porque el tema de los vampiros, aunque (¿o porque?) esté tan de moda, me encanta, y porque tenía pinta de ser una serie para adolescentes y yo creía seguir siendo un adolescente. Pero a lo mejor resulta que no lo soy, o a lo mejor a los adolescentes tampoco les gusta, no sé, el caso es que cada vez que el vampiro bueno ponía la cara de vampiro-sexy-atractivo-interesante-profundo-mírame-a-los-ojos-porque-nunca-has-visto-otros-iguales me entraban ganas de potar, así que a la mitad del segundo capítulo la dejé. La siguiente fue Los Soprano. Ésa casi se lleva la muñeca. Es buena. A ratos sólo es entretenida, como casi todas las series, y a ratos es algo más. Pero no terminaba de tener ese puntito extra que hace que se me ponga la piel de gallina, de modo que probé con otra. Ahora creo que al fin la he encontrado. Voy a tocar madera, porque sólo llevo vistos cinco capítulos, pero me parece tan genial que no puedo esperar a que llegue el desencanto, quiero decirlo ya: ¡me encanta A dos metros bajo tierra! Es, quizá, menos entretenida que las series estándar, pero ojalá todas las series supieran renunciar tan magistralmente a parte del entretenimiento. Hace unos años habría dicho que es la caña de España; hace todavía más años (si hubiera nacido, por ejemplo, en los años cuarenta) a lo mejor habría dicho que es la pera limonera. Pero como soy un hijo de mi tiempo, voy a decir solamente que es la hostia, que es la polla, que dejéis lo que estéis haciendo y os pongáis ahora mismo a verla. Ea, eso es lo que quería decir y ya lo he dicho.

lunes, 21 de junio de 2010

¡Gracias, Britney!

No hay nada más fácil que engañarse a sí mismo. Cantar mal es muy fácil, y jugar a las damas, y leer a Dan Brown, pero engañarse a sí mismo es todavía más fácil. Yo, sin ir más lejos, tenía la vaga esperanza de ser más o menos imparcial en materia artística; creía o quería creer que no me importaba gran cosa quién dijera o hiciera qué: lo que me importaba, decía yo con la barbilla mirando al cielo, era lo que hacía o decía. Un libro, una canción o una película serían buenas o malas por todos los motivos que te dieran la gana, pero no porque el autor se llamara Archimboldi o Periquito el de los Palotes. Para demostrarlo argumentaba que Fijación oral me parecía (y me parece) un disco muy bueno, aunque sea de Shakira, y que Beyoncé tiene algunos temazos, y que Dan Brown, bueno, no, lo que hace Dan Brown es una grandísima mierda, y no porque lo haga él. Hace un ratito, sin embargo, he descubierto que mi esperanza no era lo bastante vaga. Resulta que estaba escuchando la radio y de pronto ha sonado una canción que me ha puesto la mar de contento. Y me he dicho: qué alegría de canción, Dani, sería bonito tenerla a mano por si algún día te apetece ponerte alegre. A ver si eres capaz de entender lo que está diciendo esa muchacha y quedarte con la letra. Y lo he intentado y me ha salido regularcillo, pero alquna que otra frase sí que he pillado, y después me he metido en internet y las he escrito en google y voilà, me ha salido la canción. Es New soul, de Yael Naim. Ah, qué fácil estar alegre cuando suena New soul. Así que me he puesto a buscar cosas de la tal Yael Naim y he encontrado su segundo disco (el primero, según dice ella misma, fue un churro). Y escucha que te escucha y ya lo he escuchado dos o tres veces seguidas (saltándome las canciones malas, que algunas tiene) y es todo el rato así muy ñoño y muy suavecito en plan uúu uu á uuuúuu, de modo que me está gustando mucho porque yo también soy muy ñoño y muy suavecito y porque gracias a dios me ha pillado con las defensas bajas. Bueno, pues la cosa es que al llegar a la canción número 11 me doy cuenta de que aquello me suena de algo, y también me doy cuenta de que es una temazo que me engloba de una manera muy rara y hace que la boca se me quede lacia y se me caiga la babilla y me da mucho gustirrinín, como si una mano invisible se hubiera colado mi pecho y me diera pellizquitos en el corazón. ¿Pero de qué me suena? Recurro otra vez a google. Tecleo el título: Toxic. Y resulta que es una versión de una canción de… ¡Britney Spears! Tricu triri, se produce un pequeño cortocircuito en mi cerebro. ¿Britney Spears? Que me guste Shakira, o hasta Beyoncé, vale, pero pedirme que me guste Britney Spears es como pedirle a una gamba que le guste el agua hirviendo. Sin embargo, allá que me armo de valor y me pongo a escuchar la canción de la Britni, y hostias, es igualita a la otra sólo que pasada de revoluciones, así que también me gusta y no puedo evitarlo. Coño, ¿y por qué iba a evitarlo? ¿No habíamos quedado en que no importaba quién dijera ni hiciera qué, sino lo que dijera o hiciera? Pues eso. ¡Britni, aquí me tienes, soy todo tuyo! ¡Tómame o mátame, pero no me ignores! Y, por cierto, gracias por enseñarme lo fácil que es engañarse a sí mismo.





viernes, 18 de junio de 2010

Gente!

Abro la nevera de playa y preparo dos tintos con casera: uno para ti y otro para mí. Yo ya llevo tres y tú cuatro, o al revés, no estoy seguro y me alegro de no estarlo. Es mediodía y el sol pega fuerte, así que nos revolcamos por el césped recién regado y dejamos que nos empape la ropa. En la radio suena algo de los Mártires, es el día internacional sin coches y no se oye ni un ruido en la calle. Alguien grita a lo lejos algo que empieza por quillo y acaba en joé. Huele a polen del rubio, huele a tierra caliente, y no nos importa nada. Os echo de menos.

¿Preocupada por lo que ocurra cuando se bañe?

En La tristeza y la piedad se nos cuenta cómo, en la Francia ocupada por los nazis, la penuria era tan crítica que no podían satisfacerse las necesidades más básicas. Y, como es sabido, para las francesas no hay necesidad más básica que la belleza, de modo que, a fin de paliar la escasez de un producto fundamental (¡las medias!), una empresa de lencería tuvo la genial idea de comercializar pintura para las piernas. La nueva moda en París –decía el anuncio televisivo–, son las medias de seda sin seda. Las señoras están cambiando sus ligas por brochas. Todo lo que debéis hacer, señoras, es teñir vuestras piernas […] ¿Preocupada por lo que ocurra cuando se bañe? No hay problema, las medias pintadas son a prueba de agua. ¡Y, sobre todo, Elisabeth Arden garantiza que no tendrán carreras!

La anécdota es triste y divertida, y uno no sabe si reír o llorar. Normalmente, cuando decimos esta frase trillada no acabamos haciendo ninguna de las dos cosas (¿la decimos precisamente porque no podemos hacer ninguna de las dos cosas?); yo, sin embargo, el día que vi el documental me reí, creo que me reí mucho. Hoy, en cambio, al recordarlo, no sé... A lo mejor lo que me pasa es que la primavera nos ha tenido engañados durante unos días, y ahora, de pronto, vuelve a hacer frío y llueve y no es justo que esto pase mediados de junio. El caso es que pienso en esas medias falsas y tengo la sensación de que alguien me ha estado mintiendo desde que nací, de que al nacer fui a caer en el lugar equivocado, en un lugar que no existe. ¿Nunca os habéis sentido como una de esas medias? ¿Nunca habéis sentido que en algún momento os han dado el cambiazo y que ya no sois más que las sobras, la cáscara, el fantasma del que nunca fuisteis? ¿Nunca habéis sentido que sois una respuesta estúpida a una pregunta estúpida? ¿Nunca habéis sentido, en fin, que cualquier día, al miraros en el espejo, aparecerá Elisabeth Arden con su pelo brillante y sus piernas pintadas, que os mirará con su mejor sonrisa y os garantizará que tampoco a vosotros se os pueden hacer carreras porque sois una carrera, que no podéis morir porque ya estáis muertos?

sábado, 12 de junio de 2010

No quiero morir aquí

Según Cocteau, el sueño es el lugar donde todo el mundo puede ser un genio. Pst, si lo dice Cocteau a lo mejor es verdad. Lo que sí es seguro es que en el sueño todos somos iguales, porque todos podemos llegar a ser cualquier cosa. Es el sueño lo que nos iguala, y no, como quiere la sabiduría popular, la muerte. En la muerte no somos iguales, ni muchísimo menos. La muerte tiene una jerarquía tan estricta como la vida: hay muertos y hay muertos. Para comprobarlo basta con venir al cementerio de Père-Lachaise. Nada más franquear la entrada nos topamos con un bonito plano dibujado sobre un panel de plástico. El cementerio, por lo visto, está dividido en un montón de parcelas. En una están enterrados los escritores, en otra los pintores, en otra los músicos. Hay una parcela reservada a los caídos en combate, otra a los grandes generales, y, supongo, no tardarán en habilitar un lindo solar para las víctimas de violencia doméstica, para las mujeres emancipadas, los voluntarios de la cruz roja, los promotores culturales y otros grandes paladines de la sociedad moderna.

El cementerio de Père-Lachaise está lleno de cuerpos putrefactos, como cualquier cementerio, sólo que a muchos de los de aquí no les basta con pudrirse: les gusta hacerlo con una corona de laurel en la cabeza. Seguro que os suenan los nombres de Oscar Wilde, Chopin o Jim Morrison. Por si fuera poco, da la casualidad de que es un cementerio de lo más coqueto, con sus calles adoquinadas, sus panteones góticos, sus lápidas siniestras y sus tumbas viejunas (estoy seguro de que Tim Burton daría lo que fuera porque le dejaran grabar una película aquí), así que es normal que se haya convertido en una de las grandes atracciones turísticas de París. Los célebres muertos, pobrecillos, tienen que estar hasta el gorro de escuchar el zapateo de los guiris sobre sus cabezas. A todo esto, ¿dónde enterrarán a los guiris cuando mueran? ¿Habría que hacinarlos en una parcela genérica para guiris, o habría que distinguir entre guiris playeros, guiris rurales y guiris urbanos? ¿Y dónde nos enterrarán a nosotros? Sí, eso, ¿en qué parcela tendremos el honor de pasar la eternidad? Recuerdo que la primera vez que fui al Père-Lachaise me puse a pensar en estas cosas y acabé bastante abatido. No tenemos bastante, pensé, con andar toda la puta vida chupándole el culo a la imagen que queremos dar de nosotros mismos, plegándonos a sus estúpidas exigencias, dejando que nos exprima y viéndola hacerse más grande y más fuerte a nuestra costa; también tenemos que hacerlo después de muertos. Dios mío, ¿iba a pasarme la eternidad fingiendo ser un tío accesible pero insondable, sencillo pero profundo, uno de esos imbéciles que intentan hacerte ver que, aunque hablen contigo de tú a tú y lo hagan tan a gusto, están muy por encima de ti? Debía de ser agotador. Es decir, lo era, lo es, pero sólo llevo haciéndolo diez años; prolongar el esfuerzo hasta el día del Juicio tiene que ser insoportable.

En ese estado de ánimo enfilé la callecita que conducía a la salida. Había empezado a llover y hacía un rato que todas las tumbas me parecían iguales. El cementerio había perdido su encanto, París era una ciudad como cualquier otra y yo llevaba años empeñando mi vida para comprarle a mi cadáver una maldita corona de laurel. Me sentía lacio. Caminaba arrastrando los pies, mirando al suelo. Cerca de la salida vi una abejita moribunda sobre un adoquín. Amarilla y marrón, amarilla y marrón, ¡más mona! Los goterones caían a su alrededor y pronto acabarían de rematarla. Estaba en la parcela de los escritores, o de los filósofos, no recuerdo bien. Me dio rabia que fuera a morir allí, rodeada de aquellos fantoches, así que la cogí y la metí en el bolsillo de mi chaqueta. Vámonos de aquí, pensé, tú no necesitas que te entierren junto a esta panda de infelices. La abejita se rebulló en el bolsillo y trepó hasta mi oreja. Tú tampoco, dijo, y murió.

miércoles, 9 de junio de 2010

La hora de las ventanas

A las diez y cuarto se encenderán las farolas. Hace tiempo que llevan horario de verano, aunque aquí el calor viene con retraso y aún ni siquiera ha llegado la primavera. Son las nueve y media y ya es de noche. En los alrededores de la Gare du Nord no hay más luz que la que emiten los neones de los bares. Azules, morados; sobre todo rojos. Hay algo inquietante en esta penumbra roja que baña las calles. Las aceras son rojas, las paredes son rojas y todo es un poco irreal. Es la hora de las ratas, la hora de las esquinas. Es, también, la hora de las ventanas. Ahí arriba, en el tercer piso. La luz está apagada y las cortinas abiertas. No puedo verles pero sé que están ahí porque brillan tres cigarros en la oscuridad. ¿Me observan? No lo sé, es probable. No hay nadie más en la calle. ¡Eh, vosotros! ¡Los de la ventana! ¿Por qué me miráis? ¿Qué queréis de mí? No contestan. Se apaga un cigarro. Una cerilla ilumina por un momento el rostro de uno de ellos. La cerilla se consume y vuelve a haber tres cigarros brillando en la oscuridad. Ahora sé que me observan.

martes, 8 de junio de 2010

El chorro mierda

Ahhgr!! Lo he intentado pero no puedo resistirme a colgarlo en el blog. Me lo ha enviado Migue y todavía me duele el cuerpo de reírme. Imprescincible verlo con audio, al menos para los que seáis andaluces.



lunes, 7 de junio de 2010

El guapo y el feo

Hoy iba caminando por la calle y un hombre se me acercó por la espalda. Aminoró el paso y se puso a caminar junto a mí. No iba mal vestido, no, al menos, peor que cualquiera de nosotros. Era alto y delgado, tenía una bonita melena castaña y, sobre todo, era muy guapo. Pensé que iba a preguntarme dónde estaba una calle o algo por el estilo, pero lo que me preguntó fue si no tendría por casualidad unas monedas. Me llevé una gran sorpresa: no parecía un mendigo. No tanto por la ropa como por lo guapo que era. Los mendigos no son guapos. Los guapos siempre triunfan, y puede que esté bien que así sea. Al fin y al cabo, no es justo que la belleza pase hambre. A los hombres guapos y a las mujeres guapas habría que ponerles una renta vitalicia para que puedan dedicarse únicamente a estar guapos todo el tiempo y a alegrarle el día a la gente. Pasa lo mismo que con el talento: aunque la historia del genio incomprendido esté más manoseada que la biblia de un cura, algo dentro de nosotros se sigue revolviendo cuando vemos a un gran artista (no a un artistilla cualquiera sino a un gran artista: una Flannery O’Connor, una Katherine Mansfield, un Kafka) viviendo en una pocilga porque no consigue vender nada. Ese tío tenía que estar viviendo en un palacio, pensamos. Y puede que pensemos bien, siempre y cuando sea un palacio abierto al público.

El mendigo guapo me vio negar con la cabeza, hizo un gesto de resignación y siguió caminando, parándose de vez en cuando para echarle un vistazo a una papelera o para pedirle dinero a alguien, hasta que lo vi perderse al fondo de la calle. Pasé junto a un escaparate y me detuve a mirar mi reflejo. Ése que me miraba desde el cristal era un impostor. Yo era un impostor. Me sentía como si hubiera alquilado un smoking y un cochazo para hacerme pasar por rico en una fiesta elegante. Me dio la impresión de estar viviendo una vida mejor que mi vida, una vida mejor que yo. Yo, con todas mis ínfulas, nunca crearé nada la mitad de hermoso que la cara de ese tío, y sin embargo es él y no yo quien va pidiendo dinero por la calle. Sé que eso no arreglaría nada, pero espero que por la noche, antes de acostarse, se mire a un espejo y se dé cuenta de lo guapo que es, y se acuerde de todos los desgraciados que no quisimos darle esas putas monedas, y tenga al menos la arrogancia de reírse de nosotros.

jueves, 3 de junio de 2010

Espaguetis, macarrones, tallarines

Que la forma determina el contenido es una verdad profunda que va más allá de la teoría literaria y de la metafísica. Hasta hace un tiempo, yo no podía entender que hubiera personas que prefirieran los espaguetis a los macarrones, o al revés. Comprendía que les gustara más el modo de comerlos, que les resultara más fácil o más difícil (yo siempre me como los macarrones con cuchara, porque no consigo pincharlos con el tenedor), pero me reventaba que dijeran que les gustaban más unos que otros. Me parecía una niñería. ¿No se daban cuenta de que eran exactamente lo mismo, sólo que cortado de modo distinto?

Después me independicé y mis opiniones empezaron a venirse abajo. ¡La vida de soltero! Pasé dos años comiendo casi exclusivamente pasta, y descubrí que no hay nada tan distinto como dos platos de pasta distintos. Lo descubrí, sí, pero no me di cuenta de que lo había descubierto hasta que un día Manolo vino a comer a mi casa. Cuando me vio sacar el paquete de tallarines, dijo: «ah, tallarines. Están buenos». Eso fue todo. Dijo que estaban buenos, pero lo que quería decir, o lo que yo interpreté que quería decir, era que estaban más buenos que los espaguetis. Y fue entonces cuando tuve la revelación. Me limité a decir: «sí, están buenos», y hice como si nada, pero las rodillas me temblaban de emoción. Dentro de mí se había encendido una luz muy grande y muy blanca. Lo que había dicho Manolo era una verdad como un castillo. ¡Los tallarines estaban buenos! Hasta entonces nunca le había prestado la menor atención a qué clase de pasta compraba, simplemente iba al supermercado y cogía la más barata. Pero ahora me daba cuenta de que los tallarines eran sin duda la que más me gustaba. Pasaron por mi cabeza un montón de recuerdos: aquella vez, por ejemplo, que preparé el plato de pasta más cutre de la historia (poco menos que pasta con agua y sal) y me supo a gloria y no lograba explicarme por qué me sabía tan bien. ¡Eran tallarines! ¿Cómo había podido vivir tanto tiempo sin darme cuenta? Dios mío, ¿en qué me estaba convirtiendo? A ese paso, pronto acabaría como uno de esos grises funcionarios de Gógol, tan insulsos que ni siquiera son capaces de gozar de la comida. ¡Ni hablar! No, no y no. Al fin sabía lo que me gustaba. Mi vida cambió a partir de aquel día. Ahora, en vez de comprar espaguetis compro tallarines, aunque no estén de oferta, y creo que soy un poco más feliz. Así que gracias, Manolo, no sabes el favor que me hiciste. Uno puede vivir tranquilamente sin saber nada sobre la dialéctica hegeliana, pero la vida no sería digna de vivirse si no supiéramos decir cuál es nuestro plato favorito.

Lúa, uñas

Un día, en Portugal, Rute encontró una preciosa gata negra tirada en la calle. Estaba malherida. La llevó al veterinario y la curaron. Después le puso un nombre: Lúa, que significa Luna en gallego. Y decidió quedársela y cuidar de ella.

Varios meses más tarde llegué a Santiago y empecé a buscar piso. Visité dos o tres y no me gustaron, hasta que llegué a la que iba a ser mi casa durante aquel año. Rute, que estaba de vuelta en Galicia, fue quien me la enseñó. Me avisó que en la casa vivía una gata, así que si eso me suponía un problema… ¿Problema? Qué va, mujer, para nada, por mí de puta madre. Pero la verdad es que le tenía un miedo de muerte a los gatos. Gracias a Rute y a Lúa lo superé. Es decir, lo superé temporalmente. Al cabo de unas semanas (bueno, venga, al cabo de unos meses), le había perdido el miedo a Lúa. Sin embargo, esto de los miedos no es tan sencillo como nos han enseñado. Uno no tiene un miedo, se enfrenta a él, lo supera y ya está, se acabó el miedo para siempre. No. A mí, al menos, no me funciona. Porque resulta que, al parecer, aquella experiencia no sirvió de nada y ahora vuelvo a tenerle miedo a los gatos. O no, yo qué sé, a lo mejor no les tengo miedo y lo que pasa es que Hugo me tiene manía (porque me tiene manía, Silvia, me tiene manía él a mí y no yo a él, es así y me da igual lo que digas). También puede ser que le perdiera el miedo a Lúa pero no a los gatos, lo que no dejaría de ser paradójico, porque Lúa es, con diferencia, la gata más mala que he conocido en mi vida. Algunas noches se metía en mi cama, debajo de las sábanas, y se quedaba a dormir conmigo, usando mi barriga como almohada. Después, a las tantas, se despertaba y empezaba a morderme y arañarme los pies. Y no eran arañazos cariñosos, no, ni muchísimo menos. Era una auténtica carnicería. Por más que intentara explicarle que no era de buena educación hacerle eso a una persona dormida, ella seguía dándome guerra. Nos enzarzábamos en un cuerpo a cuerpo bastante desigual (Lúa habría podido fácilmente conmigo y con cinco tíos como yo), y al final, agotado y lleno de arañazos, buscaba la manera de echarla del cuarto.

Pero no es de Lúa de lo que yo quería hablar. Yo quería hablar, aunque suene empalagoso, de la soledad. Y es que, de algún modo, parece como si, al adoptar a un animal, nos sacudiéramos nuestra soledad (como quien se sacude una garrapata) a costa de la suya. Me explico. Resulta que en la casa de Santiago éramos tres personas (Cris, Rute, os echo de menos) y una gata. La pobre estaba muy sola. La ventana del salón daba a un gran patio, un patio no, algo raro, una especie de descampado de hormigón rodeado de pisos. Y allí vivían muchos gatos. Recuerdo que no tenían dónde resguardarse (no había ni un tejadillo, ni un mísero toldo, nada), y cuando llovía aguantaban el chaparrón en silencio, sin moverse, como estatuas. Nosotros vivíamos en la quinta planta. Estábamos lejos de ellos. Así, creo, debía de sentirlos Lúa: lejos. A veces se subía a un sillón que había junto a la ventana y se los quedaba mirando. Teníais que haberla visto, apoyada en las patitas delanteras, las traseras descansando sobre el sillón. Era una imagen absorbente, hipnótica, no sé, evocadora. ¡Cómo miraba a los gatos! Ni a Cris ni a Rute ni a mí nos miraba nunca de ese modo. También, otras veces, cuando dejábamos la ventana abierta, se subía al alféizar y se tumbaba allí a contemplar el patio. Hasta que un día, de buenas a primeras, desapareció. Lúa no estaba en la casa. Creo que fue Rute la que se asomó a la ventana y la vio: estaba en la terraza de la vecina del primero, cuatro pisos más abajo. Increíblemente no se había hecho daño. Había bajado cuatro pisos en un tiempo récord, rodando en el vacío sin paracaídas, y no sólo sobrevivió sino que apenas se hizo un rasguñillo de nada. Esa gata era increíble. Lo que me pregunto es cómo fue a parar al patio de la vecina. Se cayó, diréis vosotros, estaba en el alféizar, pegó un resbalón y se cayó. Puede ser. Es más, tiene toda la pinta de que eso fue exactamente lo que pasó. Pero también puede ser que no pudiera soportar la soledad y intentara saltar al patio de los gatos para reunirse con ellos.

Todo esto me viene a la cabeza porque acabo de ver a una parejita paseando al perro en el canal Saint-Martin. La mujer lo sujetaba con la correa y el hombre le hacía carantoñas, pero el perro no le prestaba la menor atención. Tenía la vista clavada en algo mucho más importante: otro perro. Se lo comía con los ojos. Lo miraba con los músculos tensos, dispuesto a salir disparado en cuanto le quitaran la correa. No me gusta sacar conclusiones fáciles (ni difíciles), y, por puro orgullo, trato de evitar los manidos alegatos ecologistas, pero, joder, imaginaos que nos mantuvieran aislados del resto de las personas, y que, cuando al fin nos dejaran ver a alguna, sólo nos permitieran olisquearle el culo durante un par de minutos, chuperretearnos un poco y pare usted de contar. No tengo ni idea de lo que quiero decir, ni siquiera sé si quiero decir algo; lo que sí sé es que cuando veo a un perro intentando zafarse de la correa para ir en busca de otro perro, cuando recuerdo a Lúa asomada a la ventana, me dan ganas de sacar las uñas y ponerme a maullar.

jueves, 27 de mayo de 2010

Grñ

Hay días en que uno sale a la calle y cualquier cosa, la bobada más boba, le impresiona tanto que le escuece todo el cuerpo, como si antes de salir de casa le hubieran raspado la piel con una lima. Si tenemos la desgracia de ver a un viejete que pisa un charco y se le empapan los zapatos, el pecho nos cruje, hace grñ, y se pone muy tieso y muy duro, como la ropa cuando la lavamos sin suavizante. Si un perro, al cruzarse con nosotros, levanta la mirada y nos mira, grñ. Si una muchacha, al cruzarse con nosotros, pasa de largo y no nos mira, grññrgñ. Me pongo de lo más ñoño, lo sé, pero es que hoy no ha parado de llover, justo ahora que parecía que empezaba el buen tiempo. Mierda. Lo noté en cuanto me desperté. La piel me ardía, como si hubiera estado tomando el sol más de la cuenta. Más te vale quedarte en casa, más te vale quedarte en casa. Pero no hice caso y bajé a la calle. Lo primero que vi fue a una madre y a su hija paradas en un paso de cebra. La madre debía de tener más de cincuenta años; la hija, menos de veinte. Eran muy guapas. Tenían los mismos rasgos faciales, el mismo color de pelo y hasta el mismo peinado. En resumen, eran idénticas, salvo que una era joven y la otra vieja. Me dio tanta pena que no he conseguido sonreír en todo el día. Joder, sí, más me habría valido quedarme en casa: para irritar una piel sensible no hace falta arañarla. Con una caricia basta.

martes, 25 de mayo de 2010

Mi vagabundo

Debajo de mi casa, en el pasadizo conduce a la Place Raoul Follereau, vive un vagabundo. Es, con diferencia, el vagabundo más simpático que he conocido. De hecho, creo que es una de las personas más simpáticas que he conocido. Uno siempre se siente un poco culpable al decir estas cosas, porque el mito del buen salvaje hoy está desfasado. Pero qué coño, este vagabundo es un tío que irradia simpatía. Me recuerda a Pablo Guirval, pero la historia de Pablo Guirval es muy triste, así que mejor lo dejamos.

La conversación más larga que he tenido con mi vagabundo (voy a tomarme la libertad de llamarle así) fue una vez que intenté estrecharle la mano y me explicó que mejor no, que se la había ensuciado con no sé qué. El pobre se quedó muy cortado, y yo también. Aparte de eso, no pasamos del Ça va? Ça va. A veces me dice: Comment ça va, mon cher? Y ese día me pongo muy contento. No es gran cosa, lo sé, pero deberíais conocerle. Siempre sonríe con tanta sinceridad que dan ganas de llamarle Pelusín, sacar la varita mágica y convertirle en osito de peluche.

Mi vagabundo no es exactamente un mendigo: no pide. Nunca pide nada. Apareció un buen día en el pasadizo con una cama, una maleta y dos o tres libros, y ahí se quedó. Y como era muy simpático, la gente empezó a llevarle cosas espontáneamente. Los libros no tardaron en desaparecer; fueron reemplazados por una pequeña y hermosa radio que mi vagabundo escucha a todas horas. Y un día, de pronto, la cama también desapareció: alguien le había regalado una flamante tienda de campaña del Decathlon. Está visto que tarde o temprano todos acabamos sentando la cabeza.

Mi vagabundo no bebe, a no ser que algún otro vagabundo pase por allí y le ofrezca compartir la botella. Su mal es otro, pero no sé cuál. Tampoco sé por qué no se lo pregunto. La verdad es que me preocupa. De un mes para acá se ha quedado en los huesos, y tiene la mirada cada vez más perdida. Se está consumiendo. El otro día empezaron a hinchársele los párpados. Yo creo que está solo, que lo que le pasa es que está muy solo. Y que lo sabe.

Mi vagabundo es un tío muy triste que alegra a todo el mundo. Yo le quiero mucho. Nunca le he invitado a subir a mi casa.

lunes, 24 de mayo de 2010

Los vigilantes de la playa

Ahora que me sobra el tiempo, ahora que no tengo amigos ni dinero para hacerlos, ahora, justo ahora, cuando más necesito a las musas, me asaltan continuamente los recuerdos más pueriles, sólo ésos, los pueriles, los que ni traídos por los pelos dan para un mal cuento. Recuerdo, por ejemplo, mi fascinación juvenil por Los vigilantes de la playa y me pregunto si lo que me cautivaba eran los cuerpos de ellas, como entonces creía, o los de ellos. A ellas deseaba sobarlas, chuparlas de arriba abajo, o, cuando menos, tenerlas en la tele el tiempo suficiente para acabar de masturbarme. A ellos, en cambio, los deseaba de un modo mucho más absorbente: quería ser como ellos, tener sus abdominales, sus pectorales,  aquel flequillito tan exquisitamente despeinado, y a ser posible la pelusilla que bajaba del ombligo al bañador, como indicando el camino. En ellas (rubias, tetonas, rubias) pensaba durante un par de minutos cuando entraba en la ducha; en ellos pensaba durante una hora cuando salía de la ducha y veía mi torso escuchimizado en el espejo del baño. De ellas hablaba con los amigotes en la puerta del colegio; de ellos sigo hablando con ese enemigo invisible, implacable, cruel, que me vigila mientras hago flexiones en mi cuarto.

jueves, 20 de mayo de 2010

Puta vieja

Jueves por la mañana, estoy muy contento. No sé por qué: anoche no follé. Aun así me siento radiante. Puede que sea porque hoy, después de dos semanas, ha salido el sol. Voy al supermercado. Cojo una cesta de la compra y doy un par de vueltas, yogures, plátanos, filetes de ternera (aquí son carísimos, pero de vez en cuando el cuerpo te pide un poco de sangre roja, muy roja). Ya con la cesta llena, me planto en la caja. Hay tres mujeres delante de mí. En los altavoces suena una canción de Elvis Presley. Mis piernas se menean al son de la música. Joder, qué contento estoy. Tengo ganas de saltar y cantar. Cuando ya sólo queda una mujer en la cola, caigo en la cuenta de que no he cogido el tomate triturado. Siempre hay que coger tomate triturado. Soy el último de la cola y no hay nadie a la vista que pueda quitarme el sitio, sólo una viejecilla con un carrito de la compra que ronda por allí distraídamente, apretándose las gafas a la nariz para mirar las etiquetas. Tiene pinta de ser de ésas a las que les gusta pararse a leer la letra pequeña, bote de 75 centilitros a 2,25; el litro le sale a 3 euros. Así que si me doy prisa puedo ir y volver sin que me quite el sitio. Fuc fac, ya he ido y he vuelto. He tardado exactamente 5,3 segundos, porque el pasillo del tomate triturado está al lado de las cajas (y también porque estoy muy contento y cuando estoy muy contento puedo correr a la velocidad de la luz). Pero la vieja estaba al loro y en cuanto me ha visto largarme ha aprovechado para ocupar mi sitio. Me mira de soslayo varias veces. Sabe que se ese sitio me pertenece, sabe que podría haber dejado la cesta en el suelo, guardándome el sitio, y que habría sido totalmente justo, porque en esto de las cestas rige una norma parecida a la de los coches en doble fila: puedes dejarla estacionada sin que nadie te la retire durante x tiempo, y 5,3 segundos entra sin duda en ese intervalo. Pero la muy ladina no dice nada, ni hace ningún gesto para dejarme pasar. He sido muy torpe. Y ella ha sabido aprovecharlo. Puta vieja. De repente, toda la alegría se ha evaporado. Con lo contento que estaba. Ahora sólo tengo ganas de estrangular a la vieja, de dislocarle los huesos y meterla a presión en el carrito de la compra. La observo pasar las cosas por la caja, pagar y marcharse. Después me toca a mí. Hago lo mismo. Cuando salgo del supermercado, la veo caminando despacio por la acera, arrastrando pesadamente el carrito, encorvada, quejumbrosa, vieja. Acelero y paso por su lado dando saltitos, jugueteando con las bolsas de plástico, que en mis manos jóvenes parecen tan livianas como pompas de jabón. Sé que yo también seré viejo algún día, pero ella no vivirá para verlo. ¡Te jodes! ¡Eres vieja y yo no! ¡Te jodes! La vida vuelve a ser maravillosa.

martes, 18 de mayo de 2010

¡Corred, amigos!


A las siete de la mañana aparecen los primeros. Media hora más tarde le llega el turno a la segunda hornada. A las ocho, a las ocho y media, a las nueve; en grupos de quince o veinte (pero en unidades separadas, como las magdalenas) van llenando las márgenes del canal Saint-Martin. Después, cuando el sol empieza a picar, se evaporan, como el rocío. Son los corredores mañaneros.

Sus mallitas de licra, sus medidores de pulsaciones, sus calcetines blancos ofenden nuestro gusto por lo decadente. Podría pensarse que, en compensación, sus rostros sudorosos y sus dientes apretados halagan nuestro culto al cuerpo, pero no. Nada de eso. Los corredores mañaneros son cualquier cosa menos bonitos. Es paradójico, pero así es. Suelen estar rellenitos, les tiemblan las carnes a cada paso, son feos. Si queremos encontrar cuerpos esculturales tenemos que ir al gimnasio. Allí es donde están los guapos. Los corredores mañaneros son a la belleza lo que los burócratas al poder: eternos aspirantes.

Nos seduce mucho más el héroe desaliñado, pasota, que se sienta en el parque a beber cerveza y a ponerle zancadillas a los corredores, el chico malo al que le entran agujetas sólo de hablar de deporte, pero que tiene, a pesar de todo, unos abdominales más duros que un chaleco antibalas. No es de extrañar, visto lo visto, que hoy nadie quiera ir a correr por las mañanas, ni que tarde o temprano todos acabemos yendo.

La bici es otra cosa. Uno puede ir en bici y no ser un ciclista. Montar en bicicleta (siempre que la bici sea roñosa, le falte al menos un freno y tenga algún que otro desconchón) es perfectamente compatible con llevar barba de tres días y un pañuelo palestino, con votar a los verdes y escuchar al Sabina, con escribir poesía y fumar porros. Montar en bici puede herir nuestra próstata, pero no nuestro amor propio. Así que ya saben, si ustedes lo que quieren es perder unos kilitos sin perder su mala reputación, no lo duden, acérquense al rastro y háganse con la peor bici que encuentren.

Yo, por mi parte, tengo que confesar que cada vez me siento más cerca de esos pobres diablos que van a correr cada mañana. Los observo desde lejos, tras una larga noche de insomnio, y hay algo en ellos que me fascina. Son personas tristes, y la tristeza es hermosa (la alegría, en cambio, está buena). Tengo la impresión de que se comunican en silencio, mediante un código de gestos muy primario pero muy tierno. Van a correr como quien asiste a las reuniones de alcohólicos anónimos. Comparan sus progresos y los aprueban con un levísimo movimiento de cabeza, a veces con una simple inclinación de los párpados. Se dan ánimos e intercambian miradas llenas de comprensión. Creo que, si las miradas realmente hablaran, las suyas hablarían más o menos así: soy como tú, soy como tú, corre. Sé que puedo y que tú puedes. No te rindas, no estás solo, no me abandones. Si tú caes bajaré a por ti; si yo caigo, vente conmigo al infierno.

sábado, 15 de mayo de 2010

Mutar

Estamos acostumbrados a tratarnos a nosotros mismos como un campo de cultivo, y se nos olvida que también podemos ser un campo de experimentación. Hoy quiero ser eso: un laboratorio y no una maceta. No quiero florecer sino mutar. No quiero producir sino hallar. No quiero morir, pero estoy dispuesto a asumir el riesgo.

Hablemos de sexo

Hablemos de sexo. Sexo sexo sexo. «¿Quiere usted un poco de sexo?» «Sí, gracias.» «Perdone, caballero, ¿no tendrá por casualidad un poco de sexo?» «Naturalmente, lo tengo aquí mismo. Sólo dígame cuánto quiere y no se hable más.»

Sexo. El sexo puede ser algo maravilloso, no hace falta ser un depravado para darse cuenta. Tampoco hace falta ser un reprimido para darse cuenta de que se ha convertido en un valor de cambio bastante sospechoso: tú me das sexo y yo te doy una conciencia tranquila. La conciencia de haber hecho los deberes.

Imagino a un padre de un futuro cercano (¿futuro? El mundo va tan rápido y yo voy tan despacio que bien pudiera ser que ese futuro quedara atrás hace tiempo) diciéndole a su hijo adolescente: «¿Has estudiado ya para el examen de matemáticas? Bien. ¿Y has ido a recoger la chaqueta de la tintorería? Perfecto. ¿Y has follado? ¿No? ¿Que no has follado todavía? ¡Pero si son casi las diez! Esto no puede ser, hijo, no puede ser. ¿Así me pagas todos mis sacrificios? Hay que follar, te lo digo por tu bien. ¿Qué va a ser de ti el día de mañana si no follas?» Eso, ¿qué va a ser de él? No hace falta que conteste, todos conocemos la respuesta: un fracasado. El que no folla es un fracasado. Y si se le ocurre hablar mal del sexo, es, además, un reprimido. Exactamente igual que el que no tiene un BMW. En cuanto empieza a hablar sobre las excelencias del transporte bípedo, tiene que escuchar la cantinela de siempre: la envidia es muy mala…

¡Sexo! Sí señor, el sexo está muy bien, pero últimamente la fiebre del sexo está llegando a un punto insoportable. De hecho, aún no está disponible, pero pronto saldrá a la venta en los estancos un nuevo modelo de curriculum vitae. A los consabidos apartados de experiencia laboral y nivel de formación, se añadirá un anexo en el que deberemos detallar la variedad, cantidad y calidad de nuestras experiencias sexuales. Además, según me han confiado fuentes totalmente fiables, el ministro de economía está estudiando la posibilidad de hacer que la práctica coital (siempre que sea demostrable) desgrave impuestos (ni que decir tiene que la postura del misionero queda excluida, «por anticuada, retrógrada y, en general, poco moderna»).

En fin, no estoy diciendo nada nuevo. Por otro lado, tengo que reconocer que de todas las sensaciones que conozco, ninguna es comparable a la follar a pelo. Hacer el amor también es una gozada, pero follar a pelo es algo insuperable. Ahora bien, una cosa no quita la otra. ¿Sexo? Sí, gracias, pero me siguen dando risa (y envidia, claro) los que se pasan el día olisqueando faldas para engrosar su ridiculum vitae.

Y dicho esto, ¡a follar!

miércoles, 12 de mayo de 2010

El Gran Depredador

Dicen por ahí que el hombre es el Gran Depredador, el único animal que mata sin ser matado, el único que no agacha la cabeza ante nadie. No sé yo. Es verdad que hasta las bestias más bestias han mordido el polvo en más de una ocasión: los elefantes, por ejemplo, son acosados a veces por manadas de leones, y éstos, a su vez, tienen que salir por patas cuando a un grupo de hienas se les mete en la cabeza arrebatarles el almuerzo. Lo que no está tan claro es que el hombre sea una excepción. Miren, si no, lo que acaba de ocurrir. Es domingo. Domingo por la tarde. Cada vez hay menos luz. Se encienden las farolas. De pronto, como si hubiera sonado el toque de queda, las calles se vacían. La gente se retira a sus casas en estampida y deja tras de sí un murmullo, que rueda en el asfalto como esas pelusas gigantes que atraviesan el desierto: que viene el Lunes, que viene el Lunes… Igual que los conejos cuando ven un águila en el cielo, las pobres personitas le han visto las orejas al Gran Depredador, y han corrido a refugiarse en sus madrigueras.
Por suerte, en la lucha por la supervivencia no siempre gana el Gran Depredador. A veces no es tan fiero como lo pintan, a veces no es más que un farolero, a veces basta con plantarle cara. Señores, por favor, no huyamos. Luchemos. No dejemos que se nos coma el tiempo. Entiéndanme, no se trata de perdurar a toda costa. Al universo no le importa si vivimos o no, si la humanidad echa raíces en la tierra o se consume como una cerilla. A mí, la verdad, tampoco me importa. Si hemos de extinguirnos, extingámonos: que las gambas se rebelen y conquisten el planeta, que baje del cielo una piara de dioses o de extraterrestres y reduzca las ciudades a cenizas, que nos dé un lengüetazo un agujero negro. Pero, por el amor de dios, me niego a que me devore un simple lunes: sería humillante que acabara con nosotros un puñado de relojes y calendarios de plástico.

Ambrose Bierce, El diccionario del diablo

Aquí, en París, no es raro encontrar en los baños de las casas, junto al váter, una pequeña estantería repleta de libros. Sí, dejan libros en el baño, igual que los exploradores dejan víveres en los puestos de socorro, como si necesitaran saber que en cualquier lugar, en cualquier momento tendrán a mano un buen fajo de libros por si las cosas se ponen feas.
A ver, veamos. Es verdad que los franceses, en general, leen más que nosotros, pero también es verdad que son unos exhibicionistas. Sin ir más lejos, ahí está esa muchachita leyendo mientras camina por la calle. No sé si se han fijado, pero no lee cualquier cosa. Lee a Foucault, o a Deleuze, o a Derrida. ¿Quién puede leer a Derrida mientras esquiva a los peatones, a los coches y a las mierdas de los perros? Nadie. En realidad, nadie, incluido el propio Derrida, puede leer a Derrida, así a secas. Al que diga, sin ponerse colorado, que ha leído un libro suyo y que ha entendido más de dos palabas, habría que colgarlo de los pies y dejarlo boca abajo durante tres días: a los mentirosos tendría que ponérseles la cara roja de vergüenza, y si no tienen vergüenza, pues habrá que buscar otro modo. En fin, que los parisinos no leen mientras caminan. Sólo hacen como que leen. ¿Por qué? Aún no estoy del todo seguro, pero, de momento, la explicación que más me gusta es esta: son capaces de detectar a un paleto provinciano a medio kilómetro de distancia. Si, además, como es el caso, el paleto es extranjero, el radio del radar se extiende a un kilómetro. En cuanto las antenitas les vibran debajo de la capucha, se apresuran a sacar un libro del bolso y hacen como que leen hasta que el paleto provinciano se pierde de vista. Saben que, cuando lleguemos a nuestra triste ciudad de provincias, le diremos a todo el mundo: «los franceses son las hostia, leen a todas horas, fíjate si leen, que no paran de leer ni cuando van andando por la calle.» Y así es como se mantiene vivo el mito del parisino ilustrado.
Con lo de los libros del baño debe de pasar algo parecido. Sin embargo, hay que reconocer que este caso es distinto. Puede que los libros estén ahí para adornar, pero también es verdad que se puede leer en el váter. No se puede leer a Derrida, pero se puede leer. ¿Qué se puede leer? Eso depende, digamos, del aparato digestivo de cada cual. Si ustedes son de los que se toman su tiempo, de los que necesitan incubar el huevo antes de ponerlo, quizá les venga bien dejar en la estantería del baño un novelón de los de antes, de los gordos, algo de Tolstoi, de Dostoievski o de Proust. Si ustedes, en cambio, son de facturación rápida, es decir, si les gusta llegar, soltar el equipaje y salir pitando, les vendría bien un buen breviario. Ahora que caigo, puede que la afición de los franceses por los libros de máximas esté relacionada con la costumbre de dejar libros junto al váter. Quizás, cuando Chamfort, Vauvenargues o el gran La Rochefoucauld escribieron sus aforismos, no pensaban sino en amenizar las veladas fecales de alguna señorita. Sea como fuere, y aunque los libros de estos señores son imponderables, mi libro preferido para cagar, ese que ocupa el puesto de privilegio en mi estantería del váter, no es de un francés sino de un estadounidense. Se trata del conocidísimo Diccionario del Diablo, de Ambrose Bierce. Un libro irregular, a veces casi ramplón, pero que en sus mejores momentos (y no son pocos) rebasa en malicia al mismísimo Diccionario filosófico de Voltaire. Si ustedes son, como yo, de facturación rápida, o si, simplemente, les aburren los grandes novelones, les animo a comprarse el Diccionario y una estantería para el váter. Naturalmente, si el bolsillo no les da para tanto, pueden prescindir de la estantería y dejar el libro en el suelo, junto a la escobilla, aunque debo advertirles que una buena estantería le dará un toque sofisticado a su cuarto de baño, especialmente cuando tengan la oportunidad de decirle a sus invitados: «¿Ves esa estantería? Me la traje de París. Allí es el no va más. Ya sabes cómo son los parisinos, siempre están a la última. Y no me negarás que queda la mar de coqueta… A ver si uno de estos días me llego al quiosco y compro algunos libros, de esos que tienen los bordes dorados. Me han dicho que son los mejores…»
Para animarles a leerlo, o, según el caso, para desanimarles, les dejo algunas perlas del Diccionario del Diablo.
Fanático, adj. Dícese del que obstinada y ardorosamente sostiene una opinión que no es la nuestra.
Audacia, s. Una de las cualidades más evidentes del hombre que no corre peligro.
Ferrocarril, s. El principal entre los medios mecánicos que nos permiten alejarnos de donde estamos hacia donde no estaremos mejor. El optimista lo prefiere por su rapidez.
Espalda, s. Parte del cuerpo de un amigo que uno tiene el privilegio de contemplar en la adversidad.
Condolerse, v.r. Demostrar que el luto es un mal menor que la simpatía.
Aborígenes, s. Seres de escaso mérito que entorpecen el suelo de un país recién descubierto. Pronto dejan de entorpecer; entonces, fertilizan.
Moda, s. Déspota a quien los sabios ridiculizan y obedecen.
Amistad, s. Barco lo bastante grande como para llevar a dos con buen tiempo, pero a uno solo en caso de tormenta.

martes, 11 de mayo de 2010

Rue Saint-Denis

Rue Saint-Denis, calle de putas y sexshops. Aunque estamos a dos pasos del centro turístico de París, aquí no hay turistas. Aunque las calles de los alrededores están atestadas de cafeterías, de brasseries, de todo tipo de negocios chic, aquí no hay más negocio que la prostitución. Son las diez de la mañana de un miércoles cualquiera. Hay hombres quietos en la acera, de pie, solos. ¿Venden algo? ¿Compran algo? ¿Qué hacen ahí quietos y callados? Es inimaginable que sean chulos o camellos; en realidad, resulta difícil creer que alguna vez hayan hecho algo, cualquier cosa, salvo estar ahí de pie mirando a ningún sitio. Hay uno apoyado en una farola. Gordo, calvo, no sé si moro o mulato. Una mujer camina delante de mí. Cuando llega a su altura, él le dice algo y ella pasa de largo sin siquiera mirarle. Ahora soy yo quien pasa junto a él. Me dice: Monsieur… Aminoro el paso y lo miro. Sigo caminando despacio, girando el cuello para no apartar mi mirada de la suya, esperando que diga algo más. Pero no dice nada. Sólo me mira y me mira sin decir nada, sin despegar la espalda de la farola, hasta que desaparezco. Es extraño, hay muchos como él. Y es tan temprano. ¿Acaban de levantarse o llevan, como yo, toda la noche despiertos? Quizá no duermen. Quizá no comen. Sólo están ahí de pie durante días, semanas, meses, hasta que caen muertos o se los lleva el camión de la basura. Son las diez de la mañana pero podrían ser las tres de la noche, aquí no sirve de nada contar las horas. En la rue Saint-Denis no hay más tiempo que el que venden las putas: diez minutos, por ser tú un cuarto de hora. Se parece a caminar por un sueño. No por una pesadilla: por un sueño. Porque no es miedo lo que uno siente. O sí. Es miedo, pero no la clase de miedo que sentiríamos al toparnos con un oso a la vuelta de la esquina, sino el miedo que sentimos al  ir al baño por la noche y encontramos el suelo lleno de cucarachas. Cucarachas inofensivas, repugnantes, apestosas. Apestosas no, las cucarachas no huelen. Estos hombres sí. Huelen a sudor, a saliva, a semen encostrado, a bragueta entreabierta, a manos, a manos sucias. No es un miedo sublime, de ésos que preceden o suceden a una gran revelación; a duras penas llega a ser un miedo literario, y sin embargo, paseando entre este montón de mierda, entre esta mancha de viciosos, de guarros sonámbulos, a uno le da la sensación de que en cualquier momento caerásobre la rue Saint-Denis una bomba silenciosa que arrasará la tierra y lo dejará todo reducido a soledad, una soledad parecida a la que deben de sentir estos hombres.

Las niñas buenas

Las niñas buenas van al supermercado los viernes por la tarde, cuando salen de la facultad. En realidad, todas las niñas van al supermercado los viernes por la tarde, pero ellas son las únicas que no compran cerveza, ni whisky, ni ron. Van arrastrando el carrito de la compra. Lo llenan de espaguetis, de filetes de pollo, de naranjas y de pasteles, muchos pasteles de chocolate.

Las niñas buenas se reúnen los viernes por la noche (en parejas, en grupos de tres como mucho), en un pisito de estudiante de los alrededores del campus. Cuchichean sobre las niñas malas, las ponen a parir, y después, a lo mejor, ven una peli. Cuando al fin se quedan solas, cada una en su piso, notan un olorcillo raro, la sienten venir: es la tristeza. Una tristeza afilada, que abre una grieta minúscula en su disciplina, en la rutina compacta de las niñas buenas. No hay peligro. La tristeza de las niñas buenas es muy dócil, muy adaptable. Después de tantos años, se ha integrado tan completamente en la rutina, que la rutina sin ella ya no sería lo que es.

Sólo hay un momento en que da la impresión de que se les va de las manos: cuando apagan el ordenador, media hora después de que su amiga se haya ido. Es un instante tan breve que no ocupa espacio: mientras se sacan las manos de las braguitas, suspiran y saben que ese orgasmo no es el que andaban buscando, y que no serviría de nada volver a masturbarse.

Por suerte, las niñas buenas tienen el sueño fácil (se levantan muy temprano y trabajan mucho mucho muchísimo), y lo de apagar incendios se les da la mar de bien. Así que, en cuanto la tristeza empieza a ponerse tonta, se echan en la cama, cierran los ojos y se tapan hasta el cuello, dejando un hombrito al aire para sofocar los últimos calores. Antes de quedarse dormidas, apenas les da tiempo a repasar mentalmente tres o cuatro rostros.

Me pregunto si esos rostros pertenecen a niños malos o a niños buenos.

No me creo que no te creas

No me lo creo. ¡No me lo creo! No me creo que no nos creamos nada.

-¿Hacer? -dice Lucidín-. ¿Decir? Qué voy a hacer ni decir. Si pudiera creer en algo, haría. Pero a mí hace tiempo que se me pasó la manía de creer...

Pobrecito, pobre pobre Lucidín. No le gusta la alegría porque dice que es vulgar. No le gusta la tristeza porque dice que es autocomplaciente. Lucidín no escribe un blog porque para qué. No se cree na de ná, y no le queda otra opción que estarse quieto y callado. Pobrecito… ¿Pobrecito? Pues a mí no me da pena, y mucho menos le admiro. Lucidín es un llorica que quiere ennoblecer su llanto. ¿Le duele el corazoncito porque su amadísima ha elegido a otro príncipe azul? No, de eso nada. Si él quisiera, ahora mismo andaría enredado en las piernas de la amadísima. Pero, a última hora, la lucidez, la mismísima Lucidez en persona se dignó bajar a la tierra para revelarle que no merecía la pena hacer el menor esfuerzo por rebañar un poquito de amor humano. ¿Se siente impotente porque no consigue estar a la altura de la idea que se había hecho de sí mismo? Pero no, hombre, eso cómo va a ser. Lo que pasa es que ha perdido la ingenuidad, y ahora se da cuenta de que aquellas hermosas ilusiones eran tan estúpidas como escupir hacia arriba. ¡Anda y que se lo cuente a Cioran! ¡O a Pascal! ¡O a Pessoa! Lo que es a mí, ya me tiene hasta los huevos de lloriqueos trascendentales. Se acabó, ahora mismito cierro la puerta. No, Lucidín, no puedes entrar. No me lo creo. ¡No me lo creo! No me creo que no te creas nada. A partir de ahora, tú vas por tu camino y yo por el mío. Si te quedas atrás, te quedas tú solo. No pienso volver a llorar contigo.

Un tendedero

Tengo, como tantísima gente, un montón de libretas sucias. De vez en cuando abro el armario y les echo un vistazo. No me acerco demasiado porque huelen mal: están empezando a pudrirse. Creo que dentro de poco habrán engendrado toda clase de bichos asquerosos: polillas, gusanos, remordimientos. Antes de que eso pase, las voy a airear. No necesito gran cosa: unas pinzas de la ropa y un tendedero. Eso es lo que es este blog, un tendedero. ¡Que corra el aire! ¡Soplen, soplen! Las heridas hay que cerrarlas para que no se infecten; las palabras, en cambio, hay que abrirlas. O se arrancan del papel o se enquistan.