jueves, 28 de julio de 2011

Matar a Victoria Beckham

Últimamente algunos críticos literarios andan preocupadillos por el auge de los blogs. Los bloggers, por su parte, empiezan a creerse que acabarán reemplazando a los suplementos culturales y que se convertirán en los nuevos gurús de la literatura. Unos y otros sueñan con guiar a las masas lectoras, con marcar el rumbo de la literatura del futuro. Pobrecillos, alguien debería decirles que en este negocio ni pinchan ni cortan. Aquí, como en todo, los que mandan son los de siempre: ¡los guapos! Ved si no esta noticia. O, si preferís, os la resumo: Victoria Beckham, por lo visto, se ha leído un libro entero. Y claro, leerse un libro y no divulgarlo es como operarse las tetas y no ponerse escote. Así que le ha contado a la prensa que Matar a un ruiseñor es su libro favorito. Naturalmente, las ventas del libro se han disparado. Y cuando digo disparado, quiero decir disparado, no como cuando es un crítico el que apadrina una novela: han aumentado en un 123 por ciento (mierda, no encuentro la tecla ésa del porcentaje, la de los dos circulitos con la raya en medio). La noticia me ha entristecido, porque me apetecía mucho leer esa novela, y si ahora va y la recomienda doña Victoria, pues como que se le quitan a uno las ganas. Suerte que ya hace tiempo que vi la película (hace tiempo que la vi por primera vez); de lo contrario, sólo por llevarle la contraria a la Beckham, quizá me habría negado a verla y me habría perdido una de las mejores películas del cine mundial. Y ahora, con vuestro permiso, me voy. Tengo que fregar los platos.

miércoles, 27 de julio de 2011

El más grande novelista que jamás ha existido

Bolaño, no recuerdo dónde, decía que Wittgenstein era el más grande filósofo del siglo XX. Lo decía y se quedaba tan pancho, él que sin duda no había leído ni una mínima parte de los filósofos del siglo XX. Por el contrario, Vargas Llosa, que ha leído un montón de novelas, escribió sobre Coetzee: «el surafricano J. M. Coetzee es uno de los mejores novelistas vivos y no digo el mejor porque, para hacer una afirmación semejante, habría que haberlos leído a todos. Pero, entre los que conozco…» Quizá ambas declaraciones sean representativas de un modo de entender la literatura. Quizá Vargas Llosa (que es un gran novelista) la entienda como un camino ascendente hacia el Nobel, y Bolaño (que también lo fue), como un camino ascendente hacia el cariño, la devoción o el rencor de los lectores.

Yo he dicho a menudo (sobre todo estando borracho), que Dostoievski es el más grande novelista que jamás ha existido. Si Vargas Llosa me hubiera oído decirlo, y si además de oírme le hubiera parecido digno de atención lo que un borracho como yo pudiera opinar, tal vez me habría corregido. Debes hablar con más propiedad, me habría dicho. Debes limitarte a decir que es el más grande novelista que has leído. En un mundo razonable y aburrido le daría la razón (y no sólo eso: más tarde, cuando me repusiera de la emoción de haber cruzado unas palabras con él, correría a contárselo a mis amigos: oh, dios mío, les diría, ¡qué hombre! He ahí una persona que no se deja dominar por sus gustos. ¡Y qué manera de expresarse! Y esas cejas, y el flequillo, y la corbata… ¡Es tan elegante! Menos mal que por fin le han dado el Nobel, porque mira que si llega a morirse antes de que se lo den, si llega a morirse... ¡Ay, no quiero ni pensarlo!). Por suerte, no vivimos en ese mundo, y nadie me va a negar el gusto de decir que nunca ha habido un novelista como Dostoievski. ¡Ni lo ha habido ni lo habrá! Lo digo bien alto y sin matices: decirlo de otro modo sería como no decirlo, o, peor aún, como decir lo contrario. Introducir en un piropo una duda razonable equivale a anularlo, casi a invertirlo. Es como decirle a una muchacha: oye, chica, eres guapísima. Yo diría que eres la muchacha más guapa del mundo, pero quién soy yo para decir eso, ¡yo, que sólo he conocido a mi hermana y a mi madre! A mí, ya te digo, me pareces muy guapa, pero seguramente haya por ahí miles de muchachas más guapas que tú, sólo que no he tenido la suerte de encontrarlas. Dicho así, es prácticamente un insulto. Un insulto, además, doblemente dañino, porque no sólo afecta a quien va dirigido, sino también a quien lo formula. Al primero (a la muchacha, a Dostoievski, a Coetzee) se le niega el derecho a ser amado como dios manda, es decir, ciegamente; y el segundo (el enamorado, el lector) se niega a sí mismo el deber (el privilegio) de amar a su amado como dios manda, es decir, endiosándolo.

sábado, 16 de julio de 2011

Para compartirla

Donde quiera que voy llevo conmigo una libretita en la que voy apuntando las chorradas que se me ocurren, algunas de las cuales (pocas, poquísimas) acaban apareciendo en el blog. Hoy he llegado a la última página de una de esas libretas y he ido a comprar otra. Como siempre, afronto la elección como si de ella dependiera mi suerte. Es absurdo, pero cada vez que estreno una libreta siento que empieza una nueva etapa, igual que nos ocurre a veces cuando cambiamos de peinado o de zapatos; igual que nos ocurre siempre cuando cambiamos de ciudad. Lo más importante es la elección del color. Bueno, no, hay otras cosas importantes. Por ejemplo, si las hojas son de cuadraditos, éstos tienen que estar impresos en un tono muy suave, casi invisible. De lo contrario se superponen a la tinta del bolígrafo y la lectura se hace trabajosa, como si leyéramos las palabras a través de unas rejillas. También son importantes la calidad del papel, el grosor de las pastas y el tipo de encuadernación. Pero el color de las tapas tiene una importancia distinta, tal vez más sustancial: lo demás puede intervenir directa o indirectamente en la escritura; el color interviene en mi estado de ánimo. En esta ocasión tenía que elegir entre una libreta color mostaza, que al principio me llamó la atención porque nunca he usado una libreta mostaza; una roja que descarté enseguida porque la última era roja; una de un verde apagado, triste, más apropiada para el otoño o el invierno que para el verano; y ésta, que estaba enterrada al fondo del montón. En cuanto la vi supe que era la mía. Es de un hermoso verde eléctrico: inevitablemente me hizo pensar en los tiempos de la facultad, cuando asociaba un color a cada asignatura en función de las pastas de las libretas (quizá eso mismo me haga asociar, en el futuro, un color a cada etapa de mi vida). La ética era amarilla, la teoría del conocimiento, gris, y la filosofía oriental roja. Y verde, de un hermoso verde eléctrico, era la mejor asignatura de todas: filosofía de la vida, de María Victoria Parrilla. Ahora, siete años después de asistir a sus clases, ese verde vuelve a mí. Es curiosa esa alianza entre el siete y el verde, porque el verde, acaba de ocurrírseme, es a los colores lo que el siete a los números. A él me encomiendo. Verde, dame fuerza para escribir y alegría para compartirla.