miércoles, 24 de noviembre de 2010

Ciudad K

Hurgando en el blog de Alejandro Díaz del Pino he ido a parar aquí. Sólo he visto la mitad del capítulo 9, pero al llegar al sketch de las putas eruditas me he reído tanto que no he podido evitar darle al pause para colgarlo en el blog. ¿Quién coño es esta gente? ¿Por qué nadie me ha avisado de que ahora en la tele salen cosas como ésta? Y, sobre todo, ¿qué autobús hay que tomar para llegar a Ciudad K?

sábado, 20 de noviembre de 2010

William Maxwell

Es sabido que hoy en día se identifica groseramente al escritor con el sabio. Los novelistas han usurpado el papel que antaño correspondía a los brujos, los santos y los filósofos. Lo curioso es que ellos mismos se encargan de dejar claro que de sabios no tienen nada (lo demuestran, muy a su pesar, cada vez que hablan), y, aun así, nosotros les seguimos chupando el culo y abrimos bien las orejas cuando un novelista toma la palabra. Les encargamos conferencias y les hacemos entrevistas en las que opinan sobre todo lo humano y lo divino, como si sus opiniones fueran algo más que putas opiniones; como si supieran hacer algo mejor que opinar. Razonar, por ejemplo. No nos engañemos. Aprendamos esto de una maldita vez: los escritores sólo son, en el mejor de los casos, personas que saben contar historias; en el peor de los casos, son arribistas inmundos a los que no les queda más remedio que escribir novelas para salir en la tele.

Sin embargo, hay excepciones. De vez en cuando se da el caso de que a un hombre sabio le pica el gusanillo de la literatura, y se pone escribir, y su sabiduría se transparenta en sus libros. Cuando entramos en contacto con uno de esos libros sentimos que ha ocurrido un milagro. Tenemos la sensación de que ese desconocido se ha tomado la molestia de escribir con un solo objetivo: hacernos sentir que no estamos solos, hacernos saber hay alguien nos comprende. Quizá sea ése el mayor regalo que puede hacérsele a una persona: comprenderla. Sólo que, naturalmente, está al alcance de muy pocos. Está al alcance de Montaigne, y de Svevo, y de Proust. También, acabo de descubrirlo, de William Maxwell. Es un hombre sabio. Tal vez por eso es tan poco conocido en nuestro país. Por suerte, desde hace unos años, la buena gente de Libros del Asteroide se viene empeñando en rellenar ese hueco. Benditos sean. Gracias a ellos, hoy tenemos un nuevo hombro en el que apoyarnos, un nuevo amigo a quien acudir en busca de consejo.

martes, 9 de noviembre de 2010

Mis queridos absurdos

Después de una temporada entre yanquis, un tiempo de dramas realistas y desapasionados (sí, ya sé que la literatura estadounidense no es sólo eso, pero), uno vuelve al territorio mostruoso de la adolescencia: le da por releer a sus más queridos absurdos, Kafka, Bernhard, Beckett, ¿y qué es lo que encuentra? No sabría decirlo, las palabras se hacen baba antes de salir de la boca. Lo que sí sabría decir es qué es lo que no encuentra: dramas domésticos, café y cigarrillos, whisky con hielo en el porche al atardecer, policías traumatizados y ex alcohólicos imperturbables, niños en el jardín, amas de casa, amas de casa, amas de casa. Hace sólo dos semanas habría dicho sin dudar que la literatura norteamericana es, de largo, la mejor del siglo veinte. Hoy ya no estoy tan seguro. Sé que volveré a leer a todos esos yanquis que últimamente me han hecho vibrar (y que alguna que otra vez me han hecho correrme); lo sé, y por eso no levantaré ninguna palabra en su contra. Pero hoy leído a Bernhard y sólo quiero encerrarme en la buhardilla de los Höller, hoy he leído a Beckett y sólo quiero comprarme un paraguas, sentarme en un banco y contar escaleras, hoy he leído a Kafka y sólo quiero ayunar, encerrarme en una jaula, morir ahogado y asesinar a mi padre. Quiero morderme los dientes, mirarme a los ojos, tragarme la lengua. Eso y sólo eso es lo que quiero. Hablad, mis queridos absurdos, os oigo!

domingo, 7 de noviembre de 2010

El buga

Ahora resulta que tengo coche, un súper buga. Lo he heredado de mi abuelo. Es un Citroen Sexo y tiene sólo 12 añitos: está hecho un chaval. Cuando nació lo pintaron de verde, pero el nene ha salido respondón. Le gusta más el negro y se ha rebelado. En el capó y en el techo hay cada vez más manchas oscuras: está mudando la piel. Yo le dejo y no le hago reproches, porque creo que tiene todo el derecho del mundo a elegir su color. Y porque quiero que esté a gusto. Y porque el negro es un color muy bonito.

Cuando lo ven por la carretera, con su chapa oxidada y sus ruedas enclenques, los demás coches sienten la irrefrenable obligación de adelantarle. ¡No van a consentir que un buga esmirriado vaya más rápido que ellos! El buga se aparta de su camino, se pega todo lo que puede a la derecha y los observa impasible mientras se alejan. Quizás alguna vez, hace tiempo, soñó con tener trescientos caballos y un tubo de escape gordo y plateado, pero ahora es un buga sereno, estoico, nunca tiene prisa por llegar a ningún sitio y no entiende de competiciones. Le gusta pararse a contemplar el paisaje a los dos lados del asfalto. Y se pone muy triste si atropella a un insecto; prefiere acercarse a ellos despacito y verlos posarse blandamente en el parabrisas. De vez en cuando, incluso, si aparece en el retrovisor un buga aún más viejo que él, uno de esos bugas que hace años que no pisan el carril izquierdo, reduce la velocidad y le deja adelantarlo, sólo para darle una alegría. Así de bueno es el buga. ¡Es más bueno que ojú!

El buga, dicho sea de paso, se llama así sólo provisionalmente. Manolo también tuvo un buga en su momento, y ya se sabe que en familia queda feo ponerle el mismo nombre a los niños. Le he pedido permiso, y él me ha explicado que no está capacitado para concedérmelo ni para denegármelo. Será el propio buga quien lo decida. Según Manolo, el buga es siempre uno y el mismo, pero se encarna en coches sucesivos para vivir eternamente. Si mi coche es el buga, lo seguirá siendo aunque lo llame de otro modo. Por si acaso, he pensado varios nombres alternativos. Troncomóvil, Sexomóvil o La Furgo son algunos de ellos.

Ah, ya está aquí, me marcho. El buga ha venido a recogerme, quiere que le dé un buen fregoteo. Por esta vez voy a ceder, porque mi abuelo lo llevaba todos los días al campo y la verdad es que por dentro empieza a parecerse a una muela picada. Pero que esto no sirva de precedente. No pienso convertirme en uno de esos peleles que se pasan el día revoloteando alrededor de su coche, sacándole brillo a las llantas y a los cristales y a los espejos, como los pececillos que se arriman a un pez gordo para desparasitarlo. No, buga, entre tú y yo no va a pasar nada de eso. Tú y yo somos amigos. No eres mi dueño y no soy tu siervo. Quiero que esto quede bien claro antes de emprender el viaje.