domingo, 31 de octubre de 2010

Variaciones en torno al tema del animal diabólico

Un montón de mariquitas, cabezas de pescado, un bichito adorable y azul, un fauno, un chihuahua, dos monos, una serpiente, un conejo y hasta un pollo que habla… Son animales diabólicos, son animales que muerden y tienen hambre. Acaban de comerse el premio Caja España de libro de cuentos, pero se han quedado con ganas. Están loquitos por hincarle el diente a una buena editorial, aunque les va hacer falta algo más que suerte. En principio parece que el libro sólo va a poder comprarse en internet. No os preocupéis. Yo conozco bien a esos bichos. De una forma o de otra sabrán abrirse camino hasta vuestras casas. Y entonces, ah, entonces. ¿He dicho ya que tienen hambre? ¿He dicho que muerden? Si no lo he dicho o digo ahora. Después no digáis que no avisé.

jueves, 21 de octubre de 2010

Granada, niños luchando

Ya estoy de vuelta. ¿De vuelta a dónde? Para empezar, de vuelta al blog. Y a Granada. Hace diez años habría añadido: y a mí mismo. Hace diez años.

Bien, y qué hago yo en Granada. Ni idea. Aparecí aquí de buenas a primeras. Me dejé arrastrar por la tormenta (este verano ha sido tormentoso) y la tormenta me trajo a Granada. Me podía haber llevado a cualquier sitio, pero me trajo justo aquí.

Vale, Dani, pero qué coño haces tú en Granada. De momento, pagar una miseria por el alquiler. Y pagar una miseria en el supermercado. Y en los bares. Ah, España, trae para acá ese cáliz. Había olvidado lo barato que es todo. Así da gusto. ¿Y qué más hago yo aquí? Pues leer, supongo. Eso también lo había olvidado: cómo me gusta leer. Sí, me gusta. Yo pensaba que no. O, como mínimo, no lo tenía muy claro. Pensaba que leía para convencerme de que me gusta leer. Para convenceros de que me gusta leer. Para ser un lector, así con todas sus letras, l-e-c-t-o-r. Pero un verano casi en blanco (definitivamente este verano ha sido tormentoso) ha bastado para poner las cosas en su sitio. Un buen libro, ahora lo sé, no es un florero; es una flor. No es un trofeo, es la victoria. O la derrota.

Y ahora hablemos de Granada. Me gusta Granada. Es pequeñita, y eso al principio me echaba para atrás. Cuando digo al principio me refiero a los primeros veinte minutos. Después salí a dar un paseo y eso también bastó para poner las cosas en su sitio. Granada es preciosa. Un pelín sucia y un pelín limpia, como tiene que ser. Y en invierno hace frío. Y las calles están vivísimas. Además, en Granada hay una calle que se llama Silencio, y otra que se llama Mano de hierro, y otra que se llama Niños luchando. Qué nombre para una calle: Niños luchando. Se me ponen los vellos de punta. Voy a investigar de dónde viene ese nombre. ¿O no? ¿Y si la historia es pueril y le quita todo el encanto? ¿Y si Granada es pueril y los niños ya no luchan? No sé, ya veré lo que hago. En cualquier caso, me parece un modo hermoso de rendir homenaje a unos niños, y quien dice a unos niños dice a cualquiera. El resto de las calles debería tomar ejemplo. En lugar de recordar a los grandes hombres por su nombre, que no dice nada de ellos, habría que recordarlos por lo que hicieron. Se me ocurre que podríamos acometer un pequeño proyecto terrorista, un acto de justicia poética. Allá donde encontremos una calle Descartes, tachemos los letreros y escribamos encima: Hombre dudando. Allá donde encontremos una calle Juana de Arco, Mujer ardiendo.

Ahora os dejo. En la mesita de noche me espera un libro maravilloso, que no sé cómo ha tardado tanto en llegar a mis manos, Las moras agraces. Sé que Carmen Jodra, aunque no sepa que existo, lo ha escrito para mí. Desde aquí quiero darle las gracias.