viernes, 8 de diciembre de 2017

Pedro Mairal, La uruguaya


Pero qué buena es esta novela. A Pedro Mairal, ahora mismo, deben de pitarle los oídos de lo lindo: cientos de escritores, rojos de envidia, estarán poniéndolo a parir tras leer La uruguaya. Y no es para menos, porque no está bonito presumir de estilo como él lo hace. Podría haber cometido alguna torpeza aquí y allá, esparcir cada tres páginas una frase dubitativa o un adverbio rebuscado, la clase de flaquezas que al lector envidioso, o sea, al escritor, le alivian y le congracian con el libro que sostiene en las manos. «Pero no, hombre, no», dice en estos casos el lector envidioso disimulando mal la alegría, «aquí pecas de estilista y aquí de lo contrario, se ve a la legua que esta frase no la escribiste así de primeras, dudaste, consultaste el diccionario de dudas, si lo sabré yo, te debatiste durante días entre obedecer a tu instinto o al diccionario, y al final fuiste cobarde y obedeciste al diccionario». Pedro Mairal podría haber mostrado un poco de humildad, un poco de respeto para con el resto de los escritores, pero ha preferido optar por la insolencia de una prosa deslumbrante. Él sabrá lo que hace. La uruguaya le ha valido un premio y la devoción de muchos lectores, pero también lo ha hecho odioso a ojos de sus colegas. Muy bajo tendrá que caer con su próximo libro para que se lo perdonen.

No voy a contar de qué va La uruguaya porque no hace falta. Bueno, sí, por qué no. Va de un escritor cuarentañero que atraviesa una crisis existencial o algo por el estilo. Problemas con su mujer, problemas económicos, un mocoso que da mucho trabajo y unos libros que dan poco dinero. En resumen, va de lo mismo que el 30% de las novelas escritas en la actualidad por escritores menores de cincuenta años (otro 30% va de las crisis existenciales de escritores treintañeros, y otro 30, de las de escritores veinteañeros). Lo que distingue a La uruguaya de la mayoría de sus congéneres es que es buenísima. Así, sin más. Este libro es pura alegría de leer, es una borrachera sin resaca, es un baile a la pata coja en el filo del tejado. También es una bonita historia de amor y una demostración de que el ingenio no tiene por qué estar reñido con la gravedad. Y un libro muy finito de apenas 140 páginas.

¿Sois capaces de leer 140 páginas de una sentada? Si no lo sois, lo sois. Con La uruguaya lo sois. Leerla es como bajar unas escaleras en trineo a toda hostia. Sin embargo, mi recomendación es que no la leáis aún. Esperad un poco. Tarde o temprano os llegará, como a todos, el temido bache lector: esa etapa tristona en que ningún libro consigue reconciliaros con el placer de leer. Reservad La uruguaya para entonces. Llegado el momento, os alegraréis de no haber gastado este seguro de vida. 

2 comentarios:

  1. Verás, a veces sucede que te ponen tan bien un libro que pierdes pie para valorarlo porque esperas algo que es realmente inalcanzable. Y eso es una faena porque eres consciente de que tu pero es más una ilusión que una realidad. Me sucedió justo con La uruguaya, tanto me dijeron que... sí, me gustó, pero no me despego esa sensación de haberlo desaprovechado esperando que fuera algo así como el santo grial de los libros
    Besos

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    1. Sí, las expectativas rara vez añaden placer a la lectura, y a menudo restan. Yo no diría que esta es una de las grandes novelas de nuestro tiempo, pero sí una muy buena novela corta con la que echar un rato estupendo. Lo que pasa es que cuando disfruto con un libro me gusta dejarme llevar por el entusiasmo. Es (lo digo muchas veces) como hablar de la persona de la que estás enamorado: sabes que hay otras más guapas y más listas, pero lo que te apetece pensar, y decir, es que no hay otra como ella. No sé. Yo venía de leer un libro que me había aburrido y La uruguaya me reconcilió con el placer de la lectura, así que solo tengo palabras buenas para ella, aunque no sea Anna Karenina. Espero que aun así la disfrutaras, y que disfrutes un poquito más lo que ahora te traigas entre manos.

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