domingo, 24 de diciembre de 2017

El día que les pegué a dos canis


Una vez les pegué a dos canis. Eran dos. Eran canis. Y les pegué. Fue uno de mis días más grandes, pero no lo recuerdo tan a menudo como debiera y sería una pena que cayera en el olvido, porque nada me gustaría más que ser recordado por tan heroico episodio. «¿Dani, qué Dani?», me gustaría que dijeran mis conocidos cuando hablaran de mí en el futuro. «El que les pegó a dos canis».

Debía de tener yo unos veinticinco años. Hasta entonces solo me había peleado una vez en mi vida, diez años atrás, aunque sería inexacto decir que en aquella ocasión me peleé. En realidad me pegaron. Fue un visto y no visto. Por circunstancias que no vienen al caso, unos muchachos (un grupo de diez o doce) me vieron caminar solo por la calle, gritaron «¡es él!» y se arrojaron sobre mí. Lo único que recuerdo a partir de entonces es un remolino de manos torpes agitando el aire a mi alrededor e impactando de tanto en tanto en mi cara y en mi pecho. Tras aquel incidente decidí que el pacifismo era una causa noble y lo abracé durante toda una década, pero entonces ocurrió el episodio de los canis, y algo cambió en mi interior.

En aquella época me había vuelto deportista. Decenas, centenares de músculos pequeños pero duros se repartían por todo mi cuerpo, y estaba ávido de estrenarlos. Debo decir en mi descargo que, de no haber mediado provocación, me habría limitado a darles el uso que se les da habitualmente a los músculos, o sea, contemplarlos en el espejo, ensayar posturitas, remangarse la camiseta, quizá, una noche de borrachera, y apretar con fuerza los bíceps para impresionar a nadie. Quiero creer y creo que nunca habría usado mis poderosos brazos para infligir dolor por puro capricho, pero aquellos canis me buscaron las cosquillas. No sabían, pobres, con quién se metían.

Ocurrió así.

Iba yo en bicicleta por la avenida Orgeta y Gasset de Málaga. Acababa de enfilar el puente que precede al recinto ferial y al Hipercor. Era mediados de agosto y la feria estaba en todo su apogeo. Me llegaba nítidamente el eco de las casetas, y en las aceras la muchedumbre, cual pelusas arrastradas por el viento, avanzaba hacia la música. Yo, con el sol en la cabeza y el sudor embelleciendo mis temibles músculos, subía el puente como una exhalación, apretando el manillar de la bici. De pronto oí un sonido estridente a mi espalda, un sonido inconfundible que reconocí en el acto: la motillo de un cani. Dicen que los finlandeses, habituados a vivir bajo cero, son capaces de distinguir cuarenta tipos de nieve; tal vez los canis, habituados a vivir entre motillos, sepan diferenciar una de otra por el ruido que sale de su tubo de escape, pero para mí el ruido de las motillos cani es siempre uno y el mismo, y me atrevería incluso a afirmar que, si hay dos cosas iguales en el universo, son los sonidos que emiten dos scooters trucadas. Sea como fuere, nada más oírlo lo reconocí. Quizás fui imprudente al no tomar precauciones, aunque tampoco creo que estuviera en mi mano hacer nada para evitar lo que pasó. La motillo, impulsada por los 20 cv extra que le proporcionaba el trucaje, escaló la cuesta a toda velocidad y me alcanzó enseguida. Y en cuanto lo hubo hecho, antes de que me diera tiempo a girar el cuello, uno de los dos canis que iban a bordo alargó el brazo y me propinó un terrible puñetazo en la espalda. Ocurrió en una milésima de segundo; el golpe me hizo perder el equilibrio, luché por no estrellarme contra el suelo y a duras penas lo conseguí. Entretanto, los canis se reían y me insultaban mientras se alejaban.

Difícilmente podría explicaros la rabia asesina que se apoderó de mí. Digámoslo claramente: por mucho deporte que hiciera en esa época, yo era, soy y seré siempre un canijo, un tirillas, una cosita insignificante que nunca dará miedo a nadie. Pero, amigos, hay ocasiones en que uno deja de ser uno mismo y se convierte en la Bestia. A mí solo me ha ocurrido una vez. Fue aquel día. Apreté los dientes y me lancé en su persecución. Era absurdo pretender darles caza, pero a mí no me importaba que fuera absurdo, y no me rendí ni siquiera cuando la motillo se perdió a lo lejos y salió de mi campo de visión. Jamás los habría alcanzado si ellos se hubieran preocupado lo más mínimo por no ser alcanzados, pero debía de importarles muy poco, o tal vez simplemente se olvidaron de mí en cuanto me dejaron atrás, el caso es que pasado el puente tomaron la primera curva a la derecha y se dirigieron a la fachada trasera del Hipercor. Treinta segundos más tarde fui yo quien tomó la curva y los vio, de pie, uno al lado del otro, meando contra la fachada.

Me bajé de la bici hecho una furia. Gritaba y hacía aspavientos con los brazos. «¿Estáis locos? ¡Por poco me matáis!». Avancé hacia ellos echando espumarajos por la boca. Los canis, al principio, dieron un paso atrás, pero luego el más corpulento (me sacaba al menos treinta kilos) debió de pensar que resultaba deshonroso dejarse amedrentar por un tirillas como yo, de modo que dio un paso al frente. «¿A ti qué te pasa? ¿Te vas a poner chulo?», dijo al más puro estilo cani. Yo seguía gritando como un loco, pero la inercia de mis sólidas creencias pacifistas, o sea, la cobardía, me impedía abandonarme por completo a la Bestia. Él, haciendo gala de la legendaria perspicacia cani, comprendió que yo era un mosquita muerta y decidió aprovechar la ocasión para intimidarme un poco y exhibirse ante su amigo. Dio un paso hacia mí, dijo «ya te estás pasando» y me agarró del cuello. Y entonces yo, amigos, cogí su brazo y lo apreté y lo retorcí, y el cani, doblegado, emitió un gemidito y cayó al suelo. Aquello era algo nuevo para mí, y me asusté. Le solté el brazo. El cani, sintiéndose humillado, y probablemente pensando que le había pillado en un descuido, se levantó y volvió a la carga, pero yo, no sé cómo, le estrujé de nuevo el brazo y lo derribé. El otro cani, que debía de pertenecer a mi misma casta de cobardes, se había mantenido al margen, pero al ver que su amigo necesitaba ayuda acudió corriendo. Yo lo enfrenté con el rostro desencajado; él saltó hacia atrás y se cubrió la cabeza. Los miré, primero al uno y después al otro, en posición de guardia. El que estaba en el suelo se puso en pie y retrocedió. Trató de salvar su honor con un comentario desdeñoso. «Vale, chaval, te lo has currado. Ahora vete, anda, vete, que si no al final te vamos a tener que meter». Yo no era yo. Era la Bestia. «¿Qué?», dije. «¿Que me vais a meter?», y mordiéndome los labios, los ojos inyectados en sangre, amagué con infligirles un golpe mortal. Los canis, los dos, hicieron el gesto que había hecho el más cobarde hacía unos segundos: se agacharon y se protegieron la cabeza con los brazos. Yo los observé durante un instante desde lo alto, desde una altura inconmensurable. Es una lástima que las cosas sean así, pero mentiría si dijera que no me sentía el hombre más feliz del mundo.

Les di la espalda, subí a la bici y los miré por encima del hombro. Les sostuve la mirada hasta que ellos la bajaron. Cuando ya me marchaba, un hombre que había presenciado la escena desde la esquina me salió al paso. «Muy bien hecho», dijo. «Esos niñatos… Alguien tenía que enseñarles». Yo, cohibido, acepté el apretón de manos que me ofrecía. Y me marché.

Y ese fue el día que les pegué a dos canis.

Unos años más tarde volví a sufrir otra agresión. Un cani me abofeteó en un bar sin ningún motivo. El bar estaba lleno de amigos míos; algunos vieron la agresión, protestaron y se terminó desatando una terrible pelea. Yo, sin embargo, hice todo lo posible por evitarla. Aquella noche no fui la Bestia sino yo mismo, una persona cabal, prudente, dispuesta a soportar una bofetada injusta para evitar un mal mayor. Fui, ni más ni menos, la clase de persona que quiero ser, y sin embargo a nadie le sorprenderá saber que, de los dos episodios, no es este último el que todavía hoy me hace sentir un picorcillo agradable cuando lo recuerdo, sino el otro, el del día que les pegué a dos canis.   

viernes, 8 de diciembre de 2017

Pedro Mairal, La uruguaya


Pero qué buena es esta novela. A Pedro Mairal, ahora mismo, deben de pitarle los oídos de lo lindo: cientos de escritores, rojos de envidia, estarán poniéndolo a parir tras leer La uruguaya. Y no es para menos, porque no está bonito presumir de estilo como él lo hace. Podría haber cometido alguna torpeza aquí y allá, esparcir cada tres páginas una frase dubitativa o un adverbio rebuscado, la clase de flaquezas que al lector envidioso, o sea, al escritor, le alivian y le congracian con el libro que sostiene en las manos. «Pero no, hombre, no», dice en estos casos el lector envidioso disimulando mal la alegría, «aquí pecas de estilista y aquí de lo contrario, se ve a la legua que esta frase no la escribiste así de primeras, dudaste, consultaste el diccionario de dudas, si lo sabré yo, te debatiste durante días entre obedecer a tu instinto o al diccionario, y al final fuiste cobarde y obedeciste al diccionario». Pedro Mairal podría haber mostrado un poco de humildad, un poco de respeto para con el resto de los escritores, pero ha preferido optar por la insolencia de una prosa deslumbrante. Él sabrá lo que hace. La uruguaya le ha valido un premio y la devoción de muchos lectores, pero también lo ha hecho odioso a ojos de sus colegas. Muy bajo tendrá que caer con su próximo libro para que se lo perdonen.

No voy a contar de qué va La uruguaya porque no hace falta. Bueno, sí, por qué no. Va de un escritor cuarentañero que atraviesa una crisis existencial o algo por el estilo. Problemas con su mujer, problemas económicos, un mocoso que da mucho trabajo y unos libros que dan poco dinero. En resumen, va de lo mismo que el 30% de las novelas escritas en la actualidad por escritores menores de cincuenta años (otro 30% va de las crisis existenciales de escritores treintañeros, y otro 30, de las de escritores veinteañeros). Lo que distingue a La uruguaya de la mayoría de sus congéneres es que es buenísima. Así, sin más. Este libro es pura alegría de leer, es una borrachera sin resaca, es un baile a la pata coja en el filo del tejado. También es una bonita historia de amor y una demostración de que el ingenio no tiene por qué estar reñido con la gravedad. Y un libro muy finito de apenas 140 páginas.

¿Sois capaces de leer 140 páginas de una sentada? Si no lo sois, lo sois. Con La uruguaya lo sois. Leerla es como bajar unas escaleras en trineo a toda hostia. Sin embargo, mi recomendación es que no la leáis aún. Esperad un poco. Tarde o temprano os llegará, como a todos, el temido bache lector: esa etapa tristona en que ningún libro consigue reconciliaros con el placer de leer. Reservad La uruguaya para entonces. Llegado el momento, os alegraréis de no haber gastado este seguro de vida.