domingo, 19 de noviembre de 2017

Shirley Jackson, Siempre hemos vivido en el castillo


Todos conocemos la escena: unos niños observan desde lejos, sin atreverse a acercarse, un siniestro caserón. En el pueblo se dice que quien entra en él no vive para contarlo. Está habitado por una bruja, una vieja solterona que quedó marcada por un crimen cometido siglos atrás, o quizá por un monstruo deforme nacido de la unión de una mujer y una bestia. Se cuentan muchas historias sobre esa casa y sus temibles habitantes, y aunque nadie cree en ellas, nadie las desoye, por si acaso. Todos conocemos la escena: cientos de cuentos góticos adoptan este punto de partida. Siempre hemos vivido en el castillo no es uno de ellos.

Aquí el caserón maldito no es un misterio que los protagonistas han de abordar desde fuera, cautelosamente, desdoblando una tras otra las distintas capas del enigma hasta resolverlo. No, en la novela de Shirley Jackson el caserón es la casa de los protagonistas, nuestra casa; tenemos acceso a todas sus habitaciones, o a casi todas. Podemos sentarnos a la mesa de la cocina y saborear los deliciosos platos de Constance, preparados con las hierbas que ella misma cultiva en el jardín. Podemos recorrer la parcela y acompañar a Merricat a su escondrijo. Podemos incluso bajar a la despensa y acariciar los vetustos botes de conservas. Estamos en nuestra casa y conocemos sus secretos: sabemos cuánto hay de mentira en lo que dice la gente del pueblo. Y cuánto hay de verdad. Y quizá por eso, porque lo sabemos, no dejamos de sentirnos un pelín inquietos en nuestra propia casa. Aquí han pasado cosas, cosas terribles. Cosas que es mejor callar.


Quien dice esto, quien ahora habla, soy yo, el lector: un híbrido, el punto de encuentro o de fusión entre la persona que sostiene el libro y la que narra la historia, Merricat. Ella nunca hablaría así. Merricat no se siente intranquila en casa, es feliz, muy feliz, o lo sería si la detestable gente del pueblo las dejaran en paz. Los malditos pueblerinos odian a las dos hermanas, las odian y las temen, y si bien Merricat y Constance son las chicas más dulces del mundo, tal vez no hagan mal los del pueblo en temerlas un poquitín. Después de todo, ambas tienen amplios conocimientos micológicos, podría decirse que son casi expertas en cuestión de setas venenosas. Que nadie piense mal: no es que las setas les interesen por motivos torcidos, lo que pasa es que en el bosquecillo que tienen por jardín crecen en abundancia, y necesitan conocerlas para no comerse una venenosa por equivocación. También crecen casualmente en el jardín ciertas plantas tóxicas: la cicuta, el estramonio, la belladona. ¿Qué ocurriría si Constance o Merricat, en lugar de ser las chicas más dulces del mundo, estuvieran un poco mal de la cabeza? Ocurriría que los niños que señalan el caserón desde lejos y se burlan de ellas tendrían motivos para preocuparse. Y también los padres de los niños, que no son menos crueles, y cualquier otra persona que se atreviera a ofenderlas. Pero por suerte ni Constance ni Merricat están mal de la cabeza. 


En Siempre hemos vivido en el castillo, lo que menos importa es la resolución del enigma. ¿Qué pasó realmente? ¿Quién lo hizo? Da igual. El placer algebraico que nos proporcionan las novelas de Agatha Christie es irrelevante aquí: de lo que se trata no es de resolver la ecuación, sino de sumergirse en un universo extraño y gozarlo sensualmente, tocarlo, olerlo, respirarlo, igual que se disfruta un aroma. Si nunca os habéis quedado arrobados durante horas ante un cuadro o un paisaje lúgubre, quizá no le saquéis todo el jugo a este libro. En cambio, lo disfrutaréis enormemente si sois de los que gustan de adentrarse sin prisa, con todo el tiempo del mundo por delante, en los lugares propicios a la ensoñación: jardines sombríos, polvorientos desvanes, la noche. Leer Siempre hemos vivido en el castillo a ratitos, ahora veinte minutos, mañana otros veinte, no tiene mucho sentido: hay que entrar en él como quien entra en un sueño o en una alucinación, y una vez dentro, hay que alargar la experiencia tanto como sea posible, de lo contrario se corre el riesgo de no volver a encontrar la puerta de entrada. Es lo que pasa con las alucinaciones y con los sueños, que una vez que despertamos es difícil retomarlos. Claro que, si alucinamos demasiado, puede darse el caso opuesto: que no encontremos la puerta de salida. Existe ese riesgo, no digo que no. Leer este libro es soñar un sueño parecido al que soñamos al tomar ciertas plantas alucinógenas, ciertas setas, por ejemplo. Y las setas son peligrosas. Según cómo te sienten, el viaje puede ser bueno o malo. Y si ocurre, dios no lo quiera, que te llevas por error a la boca la seta equivocada, el viaje puede ser el último.

Otros blogs que han escrito sobre el libro: 
Juvenil, fantástica o lo que se tercie
Devoradora de libros
Un libro al día

1 comentario:

  1. Que buenísimo es este libro, uno de mis favoritos. Tienes además razóne n lo que dices, no es un libro para leer salteado, es para dejarse entrar en él,
    Besos

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