martes, 7 de noviembre de 2017

Edward Hallett Carr, Los exiliados románticos


La vida de Alexander Herzen da para muchas novelas, para muchos ensayos, para un buen drama de época y para una mejor tragicomedia política. Muchos libros se han escrito sobre él y muchos más podrían escribirse. Dudo que alguno sea comparable a este. 

Herzen fue un perfecto ejemplar de esa rara especie que se propagó por Rusia en el siglo XIX: la de los aristócratas revolucionarios. Hijo y heredero de un gran terrateniente, podría haber disfrutado de su riqueza en paz, pero la brutalidad del régimen de Nicolás I lo sublevaba, y optó por la vía difícil. A los veintidós años fue detenido y confinado en una remota ciudad de provincias por participar en reuniones presuntamente subversivas. Tres años más tarde se le permitió regresar a Moscú y llegó incluso a desempeñar un cargo en el Ministerio del Interior, hasta que cometió una imprudencia: en una carta a su padre se tomó la libertad de cuestionar la labor de la policía de Petersburgo. Era un comentario inocente y circunstancial, pero a las autoridades que abrieron la carta y la leyeron les bastó para volver a desterrarlo a otra ciudad remota. El sentimiento de injusticia lo abrumó; cinco años más tarde, tras heredar la fortuna de su recién fallecido padre, abandonó Rusia en busca de una atmósfera menos opresiva.

Todo esto y muchas más cosas se nos cuentan en el primer capítulo del libro. Los dieciséis restantes no son menos intensos.

Herzen en familia. A la derecha,
su inseparable Ogarev
A partir de entonces su vida fue un interminable periplo europeo. Suiza, Italia, Inglaterra, Fracia, de nuevo Suiza, de nuevo Italia… Por algún motivo Herzen parecía incapaz de asentarse en ningún sitio, y apenas comenzaba a echar raíces decidía marcharse junto con toda su familia. Escribía sin descanso contra la asfixiante tiranía de Nicolás I, y allá adonde iba se convertía en el centro de la actividad revolucionaria local. Los revolucionarios siempre han tenido buen olfato; en cuanto Herzen llegaba a una ciudad, los activistas autóctonos captaban el embriagador aroma a dinero que desprendía, y no tardaban en arracimarse en torno a él.

Su vida política fue convulsa, y su vida sentimental lo fue aún más. Ni el más abigarrado folletín podría competir con el torrente de personajes que en ella intervienen. Amigos y amantes entran y salen de escena, reaparecen tras largos años de ausencia, se enredan en imposibles triángulos amorosos, se retan a muerte, conspiran, caen en la locura o en la melancolía alcohólica, enferman, se arruinan y mueren. Quien piense que Balzac o Dostoievski exageraban los tormentos de sus personajes, que lea la biografía de Herzen. Eran otros tiempos: los novelistas no eran los únicos que inflaban las pasiones, las personas de carne y hueso también lo hacían. El lector del siglo XXI, demasiado descreído o demasiado apático para dejarse arrastrar por las tramas desenfrenadas de los folletines decimonónicos, encontrará en Los exiliados románticos una excusa perfecta para revolcarse sin escrúpulos en el barrizal de las Grandes Pasiones. Lo que aquí se cuenta no es melodramática invención: es, fue la vida real.

Memorias de Herzen
El libro, con todo, adolece de una seria carencia, y es que Herzen no debe su fama a su apasionante vida privada, sino a su legado intelectual, y poco se habla de él en Los exiliados románticos. ¿Qué pensaba Aleksandr Herzen, cuáles eran sus ideas o su ideología, si es que la tenía? Sabemos que defendía la abolición de la servidumbre y que, al contrario que algunos de sus amigos más radicales, era un demócrata constitucionalista, pero poco más. Edward Hallett Carr pasa de puntillas sobre la faceta que hace de Herzen un hombre importante, y no solo interesante. Leyendo Los exiliados románticos, uno no puede evitar acordarse de la observación que en 1943 hacía Borges sobre los biógrafos contemporáneos, quienes estaban tan fascinados por los pormenores sentimentales de sus biografiados que olvidaban aludir a las obras que los hacían célebres. «En 1943», escribía Borges, «lo paradójico es una biografía de Miguel Ángel que tolere alguna mención de las obras de Miguel Ángel». Diez años antes, en 1933, fecha en que se publica Los exiliados románticos, esta curiosa práctica biográfica ya estaba vigente.

Bakunin
Aun así, sería injusto decir que el interés del libro es meramente folletinesco. El retrato que ofrece de algunos personajes históricos resulta esclarecedor, y la narración de sus intrigas ayuda a comprender el ambiente intelectual y político de la época, todo ello sin perder ni un solo instante el pulso narrativo. Las aventuras de Bakunin nos mantienen, como suele decirse, pegados al asiento (la crónica de su expedición con los revolucionarios polacos a bordo del Ward Jackson es impagable), y no menos intensas son las correrías del taimado Nechaev, oscuro sujeto, una de cuyas más célebres y abominables audacias sirvió de inspiración a Dostoievski para escribir Los demonios.

Los últimos capítulos del libro (la segunda mitad entera, en realidad) son una divertidísima y conmovedora galería de personajes extravagantes, muchos de los cuales figuran asimismo como secundarios de lujo en las biografías de otras celebridades de la época. El viperino príncipe Dolgorukov, culpable ante la posteridad de los enredos que llevaron a Pushkin a la muerte, la severísima Malwida von Meysenburg, amiga de Nietzsche y de Wagner, o el derrochador, y a la postre arruinado, príncipe Yuri Golitsiná. Poco importa que el lector haya tropezado o no con ellos en otros libros; difícilmente será insensible a las vicisitudes de estas pobres criaturas, excéntricas, lunáticas, derrotadas, condenadas a arañar las paredes de su época en busca de un asidero, una frágil ramita a la que aferrarse en su imparable caída.


Nacer, crecer, ilusionarse, desilusionarse, morir. Nuestro destino, en el siglo XXI, es el mismo que el suyo en el XIX, pero nos queda un consuelo: pensar que algún día un nuevo Edward Hallett Carr mirará hacia atrás y narrará nuestra historia. Pongámoselo fácil, amigos y amigas, démosle material para convertirla en un libro tan apasionante como Los exiliados románticos.

No hay comentarios:

Publicar un comentario