lunes, 23 de octubre de 2017

Laura Lee Bahr, Fantasma


Este libro es una locura. Os cuento de qué va.

Hay tres personajes. Sara While, que está muerta, Simon Would, que está más o menos vivo, y tú. Los apellidos de los dos primeros son significativos, de eso no me cabe la menor duda, pero no me preguntéis en qué sentido lo son, porque no lo sé. Ni lo sé ni aspiro a saberlo; es absurdo pretender saber nada de nada cuando uno lee este libro. Por saber, ni siquiera sé si me ha gustado (o sea, sí, por supuesto que me ha gustado). Se me viene a la cabeza algo que me hicieron leer en la asignatura de Estética, allá en los tiempos remotos en que pasaba las tardes en la cafetería de la facultad fingiendo estudiar una carrera. Se trata de una de las definiciones del término «interesante» que proponía el autor del manual de la asignatura. Cuando vemos una película, venía a decir el buen hombre, cuando leemos una novela o cuando conocemos a una persona, normalmente somos capaces de decir si nos gusta o no, pero hay casos en los que nos resulta imposible hacerlo. ¿Te ha gustado el libro?, te preguntan. Y tú, en lugar de responder, te quedas un rato mirando al vacío y tratando de comprender qué impresión te ha producido. Podrías decir que sí, que te ha gustado, o que no, pero en ninguno de los dos casos estarías siendo del todo fiel a la verdad, porque el libro no admite una respuesta tan escueta ni tan clara. De ese libro diríamos que es interesante. Fantasma lo es. También es divertido, adictivo, irritante y muy, muy disfrutable, pero ninguno de esos epítetos basta para definirlo, y no nos cuesta comprender que ningún otro lo hará.  

Está concebido como una novela de «elige tu propia aventura», solo que aquí el lector, la narradora y los personajes no eligen un único camino, sino todos, absolutamente todos. Como es natural, los caminos pronto empiezan a mezclarse y a confundirse y a aparearse los unos con los otros, y el resultado es un lío de mil demonios, un nudo apelmazado y pastoso, lo suficientemente pringoso como para quedarse pegado en el techo si lo lanzamos con fuerza. ¿Habéis pensado alguna vez en lo que ocurriría si se os permitiera tomar no uno, sino todos los caminos que se abren ante vosotros a cada paso que dais? Exacto: bum. Eso es lo que ocurriría. Ya no seríais una persona, sino todas las personas posibles. Ya no viviríais en un mundo, sino en todos los mundos posibles. Seríais Dios, ni más ni menos, porque es sabido que si algo distingue a Dios de los mortales es que en él se dan cita no solo el pasado, el presente y el futuro, es decir, no solo lo que ha ocurrido, lo que ocurre y lo que ocurrirá, sino también todo lo que habría ocurrido de no haber ocurrido lo que ha ocurrido. Bum. Bum, bum. Una locura, amigos. ¿Cómo se las apaña Dios para hacer tantas cosas a la vez sin perder el norte? No lo sabemos; lo que es seguro es que nosotros pasaríamos un mal rato si nos viéramos en semejante tesitura. Pero no creáis que estas migajas de filosofía barata esclarecen ni mucho ni poco el libro de Laura Lee Bahr. Fantasma va mucho más allá, porque aquí los personajes no se limitan a vivir todas las vidas posibles; también mueren todas las muertes posibles. Sarah While, la narradora, está muerta, pobrecilla, es un fantasma, uno de esos fantasmas que se divierten encendiendo y apagando las luces de la casa, pero antes de serlo (no os preocupéis, que no estoy desvelando nada; todo esto ocurre en la primera página), antes de serlo estaba viva y murió: de tres formas distintas. Asfixiada, ahogada y desangrada. ¿Se puede morir de tres formas distintas? En el libro de Laura Lee Bahr, sí. La historia es una, pero los protagonistas son tres, y dado que cada uno de ellos vive muchas vidas…

Un momento, estoy cometiendo un error. Estoy intentando dilucidar Fantasma, algo absurdo desde cualquier punto de vista. He caído en tu trampa, Laura Lee Bahr (¿o debería llamarte Sarah While?). Sí, en tu trampa. Ahora comprendo cuál es tu juego, y no puedo permitirme jugarlo. Estás loca, eso es evidente, y has escrito este libro con la intención de contagiar a otros tu locura, aspiración máxima de cualquier loco. Sabes que el lector incauto no podrá resistir la tentación de poner orden en el desorden que es Fantasma, y sabes que quien se tome la tarea en serio terminará por fuerza perdiendo la chaveta. Buen intento, pero a mí no me has pillado desprevenido. Ya una vez en el pasado traté de desentrañar otra novela alucinatoria, la celebérrima Ubik, de Philip K. Dick, y mi pobre cabecita estuvo a punto de hacer crac. Juro que sufrí algo parecido a una alucinación. Me ocurrió poco después de terminar la novela. Una noche, mientras tomaba unas cervezas con un amigo en una terraza, recordé sin venir a cuento algunos pasajes de Ubik y creí entrever la solución a los problemas que allí se planteaban. Me enredé en una maraña de ideas cada vez más locas y poco a poco la realidad fue quebrándose a mi alrededor. Las personas que bebían en la mesa de al lado ya no eran personas y la terraza ya no era una terraza; eran otra cosa, pequeñas grietas a través de las cuales se vislumbraba la realidad, una realidad que yo contemplaba con ojos alucinados y que no comprendía y que tenía así como colorines azules o violetas y que daba mucho miedo. La crisis duró solo unos minutos, pero después de aquello me prometí cuidarme mucho de según qué libros. Y sin embargo heme aquí esforzándome en desentrañar el caos que es Fantasma. Afortunadamente he sabido frenar a tiempo, y os recomiendo que hagáis lo mismo. Lo dije al principio y lo repito: este libro es una locura, y quienes lo lean, si no están locos, lo estarán muy pronto. Gastad cuidado. Leer Fantasma es un juego peligroso, y vuestra oponente, Sarah While, es una jugadora de primera. ¿Oigo que alguien dice: «sí, bueno, pero qué es la vida al fin y al cabo sino un juego peligroso»? ¿No? ¿Nadie lo ha dicho? Pues yo lo he oído. Aquí está pasando algo raro. ¿Sarah? ¿Sarah While? ¿Eres tú? Hazme una señal si estás ahí. O mejor no me la hagas, házsela a ellos. Al listillo ese que dice que no teme a los fantasmas. Házsela a él, enséñale a jugar. 

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