lunes, 30 de octubre de 2017

Jarosław Iwaszkiewicz, Las señoritas de Wilko

Como cada mañana, cuando empieza a dolerme la cabeza levanto la vista del ordenador y observo, a través de la ventana de la biblioteca, un punto lejano, tal vez una nube, tal vez la línea del horizonte, cualquier cosa que me ayude a destensar los músculos de los ojos. Al cabo de unos segundos arrastro hacia atrás la silla, me levanto y doy un paseo por las estanterías que me rodean. Hojeo distraídamente las baldas de literatura francesa, española, polaca, y de pronto un libro llama mi atención. Por varios motivos. En primer lugar, porque no lo conozco de nada, ni al libro ni a su autor, Jarosław Iwaszkiewicz. En segundo lugar, porque lo edita Cátedra en su colección Letras Universales, lo cual siempre supone una cierta garantía. Y en tercer lugar porque nada más abrirlo me embarga la certeza de que, si lo leo, si leo ese ejemplar concreto de Las señoritas de Wilko, seré el primero en hacerlo, y nada me gusta más que desvirgar libros de la biblioteca. Desvirgar libros de librería no tiene ningún mérito (se supone que los libros de librería son nuevos, aunque tengo amigos libreros que podrían aportar información interesante al respecto); desvirgar libros de biblioteca, en cambio, es una operación sutil, en la cual intervienen resortes complejos del alma, especialmente cuando el libro, tal como parece ser el caso, lleva bastante tiempo en los estantes. El ejemplar de Las señoritas de Wilko que descansa junto al teclado mientras escribo estas líneas fue editado en 1993, y es poco probable que la biblioteca lo haya adquirido recientemente. Veinticuatro años, nada menos, y sin embargo está como nuevo. Es bonito pensar que lleva más de dos décadas ahí, a la vista de todo el mundo, ofreciéndose gratuitamente al primero que quiera llevárselo a casa, aguardando al lector esquivo que no llega, no llega, no llega, y que al fin aparece, justo cuando empezaba a perder la esperanza. Se siente uno en estos casos como el príncipe azul que con un beso despierta a la princesa de un largo sueño.

Tras sacar el libro de la estantería leo con precaución la contraportada, muy despacio, preparado para interrumpir la lectura a la menor señal de peligro. Hay que tener mucho cuidado con las contraportadas; algunas, cuando te vienes a dar cuenta, te han destripado medio libro. Yo procedo con ellas como con las películas gore: cuando veo que se acerca una escena sangrienta me llevo las manos a la cara y miro a través de los dedos, presto a taparme los ojos en cuanto la cosa se ponga fea. En este caso, por suerte, el breve texto está bien calibrado, lo que acrecienta la simpatía que empiezo a sentir por el libro. Lo abro, le echo un vistazo al índice y, tras saltarme educadamente la introducción, leo los dos primeros párrafos. Y enseguida comprendo que es el libro que ando buscando. Lo tomo en préstamo, me lo llevo a casa y hago lo que debería hacer con todos los libros: comienzo a leer del tirón, sin recabar más información sobre él o sobre el autor. ¿Qué más necesito saber para empezar a leer? Sé que el comienzo es delicioso y que el protagonista, Wictor Ruben, se parece muchísimo a mí. ¿No es bastante? ¿Por qué empeñarme en recabar opiniones, en asegurarme de que el libro cuenta con la aprobación ajena (y propia) antes de leerlo? Padezco desde hace tiempo el vicio de la sobreinformación: no leo un libro a menos que una gran variedad de lectores afines lo recomienden fervientemente. Creo que es una estrategia sensata, creo que las recomendaciones son tan útiles como los caminos señalizados, sin los cuales nos resultaría difícil orientarnos en la vasta selva de la literatura. Pero los caminos, si bien nos ahorran engorros innecesarios, también nos privan del placer de perdernos, y a todos nos gusta salir a la aventura de vez en cuando. Pasear sin ton ni son por las estanterías de la biblioteca y rozar con la mirada un libro muy finito enterrado entre dos tochazos, y sacarlo con dificultad de su escondrijo y abrirlo y leerlo y comprender que ese libro estaba ahí para ti. En mi triste vida hay pocas emociones comparables.

No es tanto que Las señoritas de Wilko sea una buena novela, que lo es, sino que es la novela que yo, hoy, necesitaba leer. Raras veces se produce ese raro milagro: leer un libro y sentir que entre todos los libros del mundo era ese, justo ese el que tenías que leer, y no en cualquier momento, sino ahora. Habría sido una lástima que la brevísima novela de Iwaszkiewicz hubiera llegado a mí en cualquier otra época de mi vida, porque tal vez no la habría entendido como lo he hecho hoy. El protagonista, Wictor Ruben, atraviesa una etapa muy parecida a la que atravieso yo (aviso, durante el resto del párrafo destripo un poco la novela). Tras quince años de ausencia regresa al hogar y allí se reencuentra con las personas (las señoritas de Wilko) que compartieron con él su juventud. Todas ellas tienen ya una vida a sus espaldas, tal como corresponde a las personas de su edad. Son mujeres, no muchachas, y también él, se mire como se mire, es un hombre adulto. Sin embargo, a sus treinta y cinco años sigue soltero; no solo no ha fundado una familia sino que ni siquiera se ha comprometido nunca seriamente con nadie: no hay en su vida nada que lo ate a la vida. Aún está, como lo estaban también ellas quince años atrás, en el punto de partida, en el punto en que todo es posible, solo que hace mucho tiempo que ha dejado de ser todo posible. No es un hombre viejo, pero es demasiado viejo para hallarse donde se halla, y no puede evitar preguntarse qué habría sido de su vida si hubiera aprovechado alguna de las oportunidades que se le ofrecieron quince años atrás, cuando él tenía veinte años… y ellas también.

Leído así, reducido a una burda moraleja, el libro puede parecer banal. No lo es. El retorno al pasado y la revelación del tiempo perdido son temas muchas veces abordados en la historia de la literatura, pero Iwaszkiewicz lo hace con una delicadeza poco frecuente. Sus observaciones psicológicas no resultan nunca rebuscadas ni gratuitas, sino oportunas e iluminadoras, y su prosa, que a un lector actual podría en un principio resultarle timorata, termina desplegando una sensualidad y un poder evocador extraordinarios.

Así al menos es como yo he leído la novela, o como la novela me ha leído a mí. Quien no atraviese una etapa parecida a la mía, tal vez lea un libro totalmente distinto, y tal vez ese libro no sea tan bueno como el que yo he tenido la suerte de leer. Pero a nadie le amarga un dulce, y creo que incluso los que no piensen, como yo, que Las señoritas de Wilko es una obra maestra, encontrarán motivos de sobra para contradecir lo que sugerí más arriba, o sea, que a veces hay que prestar oídos sordos a las recomendaciones. Leed Las señoritas de Wilko.

Eso, claro, si conseguís haceros con el libro, cosa que no es fácil. A día de hoy, 30 de octubre de 2017, está descatalogado en España, y a menos que se acuda a librerías de viejo, tampoco es posible encontrar otros libros de Iwaszkiewicz en español. Desde aquí hago un llamamiento a nuestras editoriales: ¡traducid y publicad a Iwaszkiewicz, por favor! ¿Sabéis lo bonito que quedaría este libro en Impedimenta, en Acantilado, en Libros del Asteroide, en Alba, en...?

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