sábado, 26 de agosto de 2017

Apenas ayer (fantasía veraniega)



¿Ocurrió de verdad? Podría haber ocurrido, eso es seguro. Ayer mismo, como quien dice. Apenas ayer.

Era verano, una fresca mañana de junio. Mi primer día de playa del año. La Trotona, bicicleta fiel, avanzaba suavemente por el paseo marítimo, y la brisa me levantaba el flequillo. Beret cantaba en mis auriculares y me ponía los vellitos de punta. «Soy polvo de estrellas, lo sé. Sigo en mi cuarto menguante…». Me emocionaba escucharlo y me emocionaba saber que un chico de mi edad, veinte años, podía atesorar tanto talento. Porque yo, aunque no os lo creáis, tenía veinte años apenas ayer. Me bajé de la bici y caminé hacia la orilla. La luz tibia del sol penetraba con humildad en el mar, como la mantequilla en el pan caliente. Me quité la camiseta, respiré hondo. Juro que no hube de encorvarme y caminar agachado bajo una bóveda de sombrillas para alcanzar el agua; solo había, aquí y allá, algún bañista mañanero, solitario, silencioso. Nadie destripaba a gritos dos toallas más allá la última temporada de Juego de tronos, nadie sentía el generoso impulso de compartir con el resto de la concurrencia, a todo volumen, su playlist de reggaetón. No había ayer en la playa, creedme, un niño que, en lugar de ponerse las chanclas o meterse en el agua, daba saltos con los pies desnudos sobre la arena ardiente, sin parar de gritar: «¡Quema, uh, quema, papá, quema!», ni un padre que, con voz atronadora, le gritaba que se callara. Ayer, ayer mismo, apenas ayer solo había en la playa silencio y sol y cielo y un mar enorme. Entré en el agua. Lo hice despacio, caminando de puntillas y dando saltitos cada vez que una ola pretendía cubrirme la cintura, hasta que una más grande que las otras comenzó a formarse a lo lejos. Yo le vi las intenciones, que no eran buenas. Di un paso atrás y traté de huir, pero era demasiado tarde, así que me tiré de cabeza. ¡Lo fría que estaba el agua! Helada, como debe ser. Qué gusto, por dios. El primer baño del verano es mi momento preferido del año. Sale uno más limpio de ese baño que de todas las misas del mundo juntas. Si cantar es rezar dos veces, nadar en el mar es cantar cien veces. Eso, claro, si el agua está limpita, cosa que en mi ciudad rara vez ocurre. Pero ayer (esta es mi fantasía y hago con ella lo que quiero) estaba reluciente. Ni bolsas de plástico, ni compresas usadas, ni espuma sospechosamente amarillenta, nada, no había rastro de la nutrida y especiada mierda que aliña las playas de mi ciudad en verano. Nadé con fruición, buceé con los ojos abiertos y pude ver nítidamente, a solo unos metros, un grupo de pececillos que se alejaban meneando las colitas, y más allá, al fondo, una silueta humana, femenina, que me indicaba por gestos que me acercara. Yo, prudente, me hice el loco, le di la espalda y cambié de dirección, porque sé que las sirenas tienen fama de arpías. Nadé hacia tierra firme y regresé a la toalla.

Abrí el libro que llevaba en la mochila, Las señoritas de Wilko, de Jarosław Iwaszkiewicz. Durante media hora acompañé a Wictor Ruben en su regreso al pasado. Seguí con interés pero sin pasión las desventuras de ese hombre cansado que regresa después de quince años al lugar donde fue joven, a su casa natal, que abandonó a los veinte. Mientras leía me rondaba la sospecha de que aquel libro tendría mucho que decirme al cabo de unos años, pero ayer, apenas ayer, quien tenía mucho que decirme era Beret, de manera que cerré el libro y volví a ponerme los auriculares. «Ni el pretérito es tan simple ni el futuro tan perfecto…». Tumbado bocarriba, con los ojos cerrados, escuché una canción tras otra, hasta que unas gotitas muy frías cayeron en mi ombligo. Eras tú, toda mojada; acababas de salir del agua y te escurrías el pelo, diabla, sobre mi vientre. Me sorprendió que te tomaras tantas confianzas: casi no nos conocíamos. Habíamos sido compañeros de clase un par de años atrás, en el instituto, pero nunca habíamos tenido mucho trato. Te excusaste: estabas sola en la playa y te aburrías tanto que no habías podido resistirte a molestarme un poco. «¿Qué escuchas?», dijiste señalando mis auriculares. «Beret». «Ah, ¡Beret!». Y cantaste: «Si el amor fuera ciego solo nos enamoraríamos de la oscuridad…». Luego dijiste: «Ahora vengo», y fuiste a por tu toalla y la pusiste junto a la mía. Tenías el pelo rosa, las uñas pintadas de negro y una barriguita adorable. Miré al sol y susurré: «Detente. No te muevas. Que no acabe nunca este día». Él no hizo caso, siguió su camino, pero no me importó porque ya nada me importaba. Quedaban muchas horas de felicidad por delante, el día estaba empezando y aún era posible creer que jamás terminaría. Nos bañamos juntos y nos tumbamos juntos al sol, cada cual en su toalla. Tú te dormiste y yo fingí que me dormía. Y te vi dormir. Olías a arena. A agua. A bikini mojado. Te olí con ganas, olí tus labios, tus párpados, tu nariz. Acerqué mi rostro a tu rostro y aspiré con fuerza, y fue entonces cuando abriste por sorpresa los ojos y dijiste, sonriendo: «¿Huelo bien?». Y me atrajiste hacia ti. Era verano, joder, juro por lo más sagrado que era verano.

Un suspiro. Eso fue lo que duró. El sol, entretanto, había seguido su curso y comenzaba a ocultarse. Yo le grité: «¡Detente! ¡No te muevas! ¡Ni se te ocurra moverte!». Pero a él solo le dio tiempo a mirarme compadecido durante un segundo. «Lo siento…», parecía decir. «No depende de mí…».

Desapareció, y el día desapareció con él, para siempre.

¿Ocurrió de verdad? Podría haber ocurrido, eso es seguro. Ayer mismo, como quien dice. Apenas ayer.

sábado, 5 de agosto de 2017

El desafío

Si entro en la cocina de madrugada y, al encender la luz, veo una cucaracha sobre la encimera, me asusto. Pero si, para colmo, la cucaracha no huye ni se esconde, me ofendo. Se supone que las cucarachas temen a los humanos. Somos mucho más fuertes, por el amor de dios. Si quisiera podría aplastarla con un dedo. ¡Con un dedo la destriparía si me diera la gana! ¿Por qué no huye? ¿A qué juega? ¿Qué quiere de mí?