domingo, 26 de marzo de 2017

Y hablando de revoluciones


Y hablando de revoluciones, parece que la tecnológica trae aparejada otra, otra revolución más: la industrial. Dicen por ahí que es la cuarta, otros hablan de la tercera. En cualquier caso, ya se han hecho oír las acostumbradas voces de alarma. Si un robot hace fácilmente el trabajo de diez personas, dicen, ¿qué será de esas diez personas, qué será de las miles o millones que se quedarán sin empleo? La seguridad social colapsará, los parados saturarán los bancos de los parques y la situación pronto se volverá insuperable. No, amigos, no nos alarmemos tanto. La historia está llena de situaciones insuperables que, de tan superadas que están, ya ni se recuerdan. Se me viene a la cabeza la gran crisis de empleo que azotó Roma en una de las épocas de mayor expansión imperial. Aquella gran potencia que tanto presumía de instituciones democráticas tenía la manía (cada cual tiene las suyas) de someter a los pueblos vecinos y no tan vecinos, y convertir a muchos de sus habitantes en esclavos. Y los esclavos, ya se sabe, trabajaban gratis, lo cual suponía un problema para los empleados de toda clase de negocios, que no podían competir con semejantes sueldos y terminaban de patitas en la calle. La cosa pintaba mal. Los esclavos llegaban a Roma a montones. En una ocasión llegaron cuarenta mil de una tacada, y en otra, cincuenta mil. Las muchedumbres de desempleados vagaban por las calles, ociosas, cada vez más envilecidas. La situación parecía insuperable, pero sabéis qué, se superó. Se tomaron las medidas inadecuadas, como siempre, y, como siempre, algunos se hicieron de oro y la mayoría simplemente salió del paso. Y la vida siguió siendo maravillosa, y el Imperio siguió creciendo (hasta que hizo «crac» varios siglos más tarde), y cada cual siguió rebañando todo lo que podía del plato propio y del ajeno. De eso hace más de dos mil años, y aquí seguimos, cometiendo las mismas maldades y sufriendo los mismos miedos. Siempre andamos preocupados por nuestro futuro, pero no hay de qué preocuparse. «Bicho malo nunca muere», decimos en mi tierra. Pues eso.

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