domingo, 5 de febrero de 2017

Madres e hijas (1)

Muchos escritores caracterizan a los niños atribuyéndoles casi exclusivamente rasgos perversos. Lo hacen para que no parezcan tontos, o para que no parezcan personajes prefabricados. Por algún motivo creen que la bondad es tonta y la maldad inteligente, que el niño que tiene pensamientos hermosos es un cliché puritano, mientras que el malvado es un personaje vivo. No sé. Yo, cada vez que hablo con un niño, encuentro algunas razones para concordar con quienes piensan así, y muchas para no hacerlo. Esta mañana, sin ir más lejos, me crucé por la acera con una madre que caminaba de la mano con su hija, que no debía de tener más de ocho años. Solo alcancé a oír un breve fragmento de conversación, pero me reconcilió con la vida para el resto del día. La madre le estaba preguntando: ¿y qué más hay en tu cabeza? Y la niña: el colegio. ¿Y qué más? Un circo. ¿Y qué más, qué más hay en tu cabeza? Y la niña, tras un breve silencio: ¡el amor! Yo ya las había dejado atrás, pero al oírlo sentí una punzada en el pecho y me giré para mirar a la niña. La madre percibió mi gesto y se volvió hacia mí. Durante un segundo nos miramos con profundo agradecimiento, con una sonrisa temblorosa en los labios. Creo que los dos teníamos ganas de llorar o de cantar. La niña, ajena a la tormenta emocional que había desatado, se soltó de la mano de su madre y dio un saltito para no pisar una baldosa roja (todos sabemos que las baldosas rojas son agujeros abiertos sobre un lago de lava). Luego volvió a cogerle la mano y siguió pensando en sus cosas.

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