jueves, 6 de diciembre de 2012

Crítica literaria (2)

Suele pensarse que la crítica literaria es un género menor, quizá incluso perverso, la madriguera a la que se retiran los novelistas frustrados a lamerse las heridas, o la trinchera desde la que se dedican a adular a sus amigos y a conspirar contra sus enemigos. Un rápido vistazo a los suplementos culturales de El País o de El Mundo, a algunas revistas especializadas (así se hacen llamar) o a la gran mayoría de los blogs de reseñas bastaría para confirmar esta idea. Si los novelistas, según Gabriel Ferrater (la cita es de Félix de Azúa) son poetas que quieren ganar dinero, los críticos serían el siguiente paso en la escala de la degradación: novelistas fracasados que, a falta de talento para hacer dinero, se centran en ganarse la amistad o la indulgencia de los verdaderos novelistas. Sin embargo, y a pesar de El Cultural, de Babelia y de Qué leer, yo creo que la crítica literaria no es un género menor sino todo lo contrario. Es un arte exclusivo, elitista, más cercano a la poesía que a la narrativa, y no deja de serlo porque lo practiquen muchos advenedizos, del mismo modo que el oro no deja de ser oro por muchas pulseras de latón que se fabriquen. Como la poesía, la crítica literaria exige una brillantez de la que la narrativa puede prescindir a veces. Son legión los narradores que, pese a carecer de verdadero talento y ser incapaces de inspirar grandes emociones o reflexiones interesantes, saben engarzar anécdotas de forma que, al leerlas, no tengamos la sensación de haber perdido el tiempo, o de haberlo perdido de un modo más absurdo que de costumbre. En cambio, es imposible leer un suplemento cultural durante más de cinco minutos sin preguntarse por qué la mayoría de los países civilizados ha suprimido la pena de muerte, por qué, dios mío, por qué somos libres de leer esa mierda pero no de matar a quien la ha escrito. Muchos narradores de tercera fila son capaces de convertir un chascarrillo en una novela más o menos pasable, pero sólo unos pocos genios (pienso en Borges, en Steiner, en Chesterton, en Virginia Woolf, en Magris o en Alfonso Reyes) son capaces de convertir la crítica literaria en literatura, igual que sólo unos pocos saben convertir las sensaciones en poesía. 

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