domingo, 1 de julio de 2012

Otra vuelta de tuerca

De acuerdo, cierro el blog. Y ahora me pregunto: ¿qué va a ser de todos esos apuntes que borroneo a diario en la libreta de turno, qué va a ser de esa calderilla literaria que es mi pan duro de cada día? Porque eso es lo que son esos apuntes, calderilla, y ya se sabe lo que pasa con la calderilla: por vergüenza, por no abrumar a la hermosa cajera del supermercado con un montón de moneditas, dejamos que se acumulen en los bolsillos, dejamos que se pierdan entre los cojines del sofá o bajo la cama, y al cabo de unos meses aparecen convertidas en verrugas verdes, foco de enfermedades y delicia de cucarachas. ¿No venía precisamente de ahí la idea de escribir un blog, de la necesidad de dar salida a toda esa morralla? Sí. Entonces, ¿qué ha pasado? No sé, supongo que la cosa se me fue de las manos. En algún momento empecé a imponerme normas estúpidas. Por ejemplo: no debía, como hacen casi todos los blogueros, escribir por escribir, no debía publicar ningún texto que no fuera más o menos redondo, no debía publicar meros fragmentos de fragmentos de ideas, ni aforismos, ni reseñas, ni nada que pudiera interesarle únicamente a los letraheridos. Debía ceñirme estrictamente a ese tono desenfadado que ha colonizado internet, no debía escribir demasiado mal, ni demasiado bien, y, en fin, lo de siempre: debía escribir de manera que el lector se formara de mí una opinión mejor de la que merezco. Naturalmente, era imposible cumplir todas esas condiciones y seguir escribiendo espontáneamente, entre otras cosas porque todas esas naderías, los fragmentos inarticulados y las divagaciones literarias, son lo que realmente me apasiona, el pan duro que roo a diario y que ha reducido mis dientes a esquirlas diminutas, pero afiladas. Todo eso soy yo, y abandonarlo en favor de algo más elaborado o más democrático es hacerme violencia a mí mismo. Así las cosas, no es de extrañar que el blog acabara convirtiéndose en una carga, que terminara dejándolo de lado y que incluso lo expoliara (retiré sin compasión las entradas a las que podía sacarle algún provecho, y supongo que seguiré haciéndolo). El problema es que las libretas siguen ahí, creciendo día a día y pudriéndose (pudriéndome) lentamente. Casi nada de lo que hay en ellas podía publicarse en el blog tal como lo venía concibiendo. Mi error fue cambiar mi modo de escribir para adaptarlo a la idea que me había formado del blog, en vez de hacer lo contrario. Por suerte, aún estoy a tiempo de enmendarme. A partir de ahora, aquí cabe todo, absolutamente todo. Y para demostrarlo, ahí va una profundísima reflexión sobre la alopecia.

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