viernes, 17 de junio de 2011

Patricio Pron, El mundo sin las personas que lo afean y lo arruinan

El último año de carrera me matriculé en filosofía social. No lo habría hecho si hubiera sabido que Manuel Toscano era uno esos profesores que se toman en serio la asistencia a clase: nunca dijo claramente que fuera obligatoria, pero lo dio a entender. Y a mí me salían sarpullidos en cuanto algo me sonaba a obligatorio. Estaba en esa edad en que uno cree que nadie tiene derecho a opinar sobre cómo debe hacer las cosas (¿lo sigo estando?), y tenía una alarmante facilidad para proyectar hacia fuera mi propia soberbia. Se creerá muy importante, murmuraba entre clase y clase en los pasillos de la facultad. Se creerá que si no nos empapamos de Su sabiduría no sabremos nunca de qué va el mundo. Naturalmente, me negué a darle el gusto. Aunque sus clases me parecían interesantes (hoy ya no me duele reconocerlo), sólo aparecí por allí dos o tres veces en todo el año.
Sin embargo, me puso buena nota. Y yo, extrañado, fui a verle a su despacho para que me explicara a qué se debía la sorpresa. Es decir, para intentar rebañarle algún piropo. En lugar de eso, me dijo algo que desde entonces he recordado muchísimas veces, casi cada vez que leo un libro reciente. Dijo (no con estas palabras) que mi trabajo no era gran cosa pero que estaba escrito en español, en un lenguaje comunicable. Al parecer, la mayoría de sus alumnos escribía en una especie de lenguaje incompleto, un lenguaje en ruinas, que hubiera quedado a medio hacer o se hubiera desmoronado, compuesto de palabras que no encajaban entre sí o que sólo lo hacían a presión, sin llegar a formar un sentido, del mismo modo que los simples sonidos no llegan a formar una melodía si no están bien colocados. En esas circunstancias, el simple hecho de que un texto fuera más o menos inteligible bastaba para asegurarle una buena nota.
Pues bien, desde que me he empezado a interesar por los escritores jóvenes (el término es vago, lo sé, porque hoy los escritores siguen siendo jóvenes promesas hasta la edad de jubilación obligatoria), la sensación de estar leyendo ese tipo de redacciones escolares (o mejor, preescolares) ha sido más que recurrente. Igual que mi profesor, me he acostumbrado a leer textos tan jodidamente malos que cuando alguno está escrito correctamente me dan ganas de aplaudir. Y eso no puede ser. Es penoso. Yo no sé si hay que escribir correctamente, pero sí sé que eso, en cualquier caso, es poco: no basta, no puede bastar que algo esté escrito correctamente para que merezca la pena leerlo. Sí, ya sé, os oigo: es que vivimos malos tiempos, dice alguien suspirando, no se le pueden pedir peras al olmo, se lamenta otro, en el país de los ciegos, el tuerto es el rey. De acuerdo, pero, aunque eso fuera verdad, en esto de la literatura las fronteras están a un tiro de piedra, y es facilísimo dar un saltito y plantar el pie en un país más rico. Es de imbéciles venerar a un tuerto cuando en el estante de al lado sigue habiendo reyes clarividentes. No sé vosotros, pero yo prefiero ser el último esclavo de Dostoievski que el secretario personal de Ken Follet (y conste que hablo desde la máxima admiración hacia mi queridísimo Ken, cuya espesa y luminosa cabellera me parece envidiable).
Todo esto lo vengo pensando hace años (sé que es ridículo invertir más de treinta segundos en pensar esta chorrada, pero, en fin, uno no hace lo que quiere sino lo que puede). Si no lo había escrito antes es porque no tenía una buena excusa para hacerlo. Ahora la tengo. Una excusa que es también un motivo de celebración: al fin he dado con un magnífico libro escrito por un joven escritor de mi tiempo. Se trata de El mundo sin las personas que lo afean y lo arruinan, de Patricio Pron. De los libros de mis coetáneos (veinte años arriba, veinte años abajo) que he tenido la suerte o la desgracia de leer, es probablemente el más interesante, y sin duda el más ambicioso. Entre otras cosas, tiene varios cuentos magistrales, como el perfecto Un cuento sobre la nieve o el imperfecto La visita al maestro. Es, creo, el libro de un hombre que no sólo aspira a hacerse ver (a eso aspiramos todos), sino también a hacer ver. El libro de un hombre que tal vez nunca aprenda a no darse importancia, pero que ya ha aprendido a dársela a otros. Quizá, simplemente, es el libro de un hombre que ama la literatura.

1 comentario:

  1. Hola,
    conozco al profesor Manuel Toscano y creo que tu anécdota da un reflejo fiel de su estilo.
    Además, enhorabuena, pienso comprarme ese libro de Patricia Pon, me has intrigado (también ilusionado) y yo no suelo leer literatura española.
    Suerte

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