sábado, 20 de noviembre de 2010

William Maxwell, Adiós, hasta mañana

Es sabido que hoy en día se identifica groseramente al escritor con el sabio. Los novelistas han usurpado el papel que antaño correspondía a los brujos, los santos y los filósofos. Lo curioso es que ellos mismos se encargan de dejar claro que de sabios no tienen nada (lo demuestran, muy a su pesar, cada vez que hablan), y, aun así, nosotros les seguimos chupando el culo y abrimos bien las orejas cuando un novelista toma la palabra. Les encargamos conferencias y les hacemos entrevistas en las que opinan sobre todo lo humano y lo divino, como si sus opiniones fueran algo más que putas opiniones; como si supieran hacer algo mejor que opinar. Razonar, por ejemplo. No nos engañemos. Aprendamos esto de una maldita vez: los escritores sólo son, en el mejor de los casos, personas que saben contar historias; en el peor de los casos, son arribistas inmundos a los que no les queda más remedio que escribir novelas para salir en la tele.
Sin embargo, hay excepciones. De vez en cuando se da el caso de que a un hombre sabio le pica el gusanillo de la literatura, y se pone escribir, y su sabiduría se transparenta en sus libros. Cuando entramos en contacto con uno de esos libros sentimos que ha ocurrido un milagro. Tenemos la sensación de que ese desconocido se ha tomado la molestia de escribir con un solo objetivo: hacernos sentir que no estamos solos, hacernos saber hay alguien nos comprende. Quizá sea ese el mayor regalo que puede hacérsele a una persona: comprenderla. Sólo que, naturalmente, está al alcance de muy pocos. Está al alcance de Montaigne, y de Svevo, y de Proust. También, acabo de descubrirlo, de William Maxwell. Es un hombre sabio, y Adiós, hasta mañana, es una obra maestra. Gracias a Libros del Asteroide, que ha tomado la iniciativa de publicarlo en nuestro país, hoy tenemos un nuevo hombro en el que apoyarnos, un nuevo amigo a quien acudir en busca de consejo.

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