miércoles, 12 de mayo de 2010

Ambrose Bierce, El diccionario del diablo

Aquí, en París, no es raro encontrar en los baños de las casas, junto al váter, una pequeña estantería repleta de libros. Sí, dejan libros en el baño, igual que los exploradores dejan víveres en los puestos de socorro, como si necesitaran saber que en cualquier lugar, en cualquier momento tendrán a mano un buen fajo de libros por si las cosas se ponen feas.
A ver, veamos. Es verdad que los franceses, en general, leen más que nosotros, pero también es verdad que son unos exhibicionistas. Sin ir más lejos, ahí está esa muchachita leyendo mientras camina por la calle. No sé si se han fijado, pero no lee cualquier cosa. Lee a Foucault, o a Deleuze, o a Derrida. ¿Quién puede leer a Derrida mientras esquiva a los peatones, a los coches y a las mierdas de los perros? Nadie. En realidad, nadie, incluido el propio Derrida, puede leer a Derrida, así a secas. Al que diga, sin ponerse colorado, que ha leído un libro suyo y que ha entendido más de dos palabas, habría que colgarlo de los pies y dejarlo boca abajo durante tres días: a los mentirosos tendría que ponérseles la cara roja de vergüenza, y si no tienen vergüenza, pues habrá que buscar otro modo. En fin, que los parisinos no leen mientras caminan. Sólo hacen como que leen. ¿Por qué? Aún no estoy del todo seguro, pero, de momento, la explicación que más me gusta es esta: son capaces de detectar a un paleto provinciano a medio kilómetro de distancia. Si, además, como es el caso, el paleto es extranjero, el radio del radar se extiende a un kilómetro. En cuanto las antenitas les vibran debajo de la capucha, se apresuran a sacar un libro del bolso y hacen como que leen hasta que el paleto provinciano se pierde de vista. Saben que, cuando lleguemos a nuestra triste ciudad de provincias, le diremos a todo el mundo: «los franceses son las hostia, leen a todas horas, fíjate si leen, que no paran de leer ni cuando van andando por la calle.» Y así es como se mantiene vivo el mito del parisino ilustrado.
Con lo de los libros del baño debe de pasar algo parecido. Sin embargo, hay que reconocer que este caso es distinto. Puede que los libros estén ahí para adornar, pero también es verdad que se puede leer en el váter. No se puede leer a Derrida, pero se puede leer. ¿Qué se puede leer? Eso depende, digamos, del aparato digestivo de cada cual. Si ustedes son de los que se toman su tiempo, de los que necesitan incubar el huevo antes de ponerlo, quizá les venga bien dejar en la estantería del baño un novelón de los de antes, de los gordos, algo de Tolstoi, de Dostoievski o de Proust. Si ustedes, en cambio, son de facturación rápida, es decir, si les gusta llegar, soltar el equipaje y salir pitando, les vendría bien un buen breviario. Ahora que caigo, puede que la afición de los franceses por los libros de máximas esté relacionada con la costumbre de dejar libros junto al váter. Quizás, cuando Chamfort, Vauvenargues o el gran La Rochefoucauld escribieron sus aforismos, no pensaban sino en amenizar las veladas fecales de alguna señorita. Sea como fuere, y aunque los libros de estos señores son imponderables, mi libro preferido para cagar, ese que ocupa el puesto de privilegio en mi estantería del váter, no es de un francés sino de un estadounidense. Se trata del conocidísimo Diccionario del Diablo, de Ambrose Bierce. Un libro irregular, a veces casi ramplón, pero que en sus mejores momentos (y no son pocos) rebasa en malicia al mismísimo Diccionario filosófico de Voltaire. Si ustedes son, como yo, de facturación rápida, o si, simplemente, les aburren los grandes novelones, les animo a comprarse el Diccionario y una estantería para el váter. Naturalmente, si el bolsillo no les da para tanto, pueden prescindir de la estantería y dejar el libro en el suelo, junto a la escobilla, aunque debo advertirles que una buena estantería le dará un toque sofisticado a su cuarto de baño, especialmente cuando tengan la oportunidad de decirle a sus invitados: «¿Ves esa estantería? Me la traje de París. Allí es el no va más. Ya sabes cómo son los parisinos, siempre están a la última. Y no me negarás que queda la mar de coqueta… A ver si uno de estos días me llego al quiosco y compro algunos libros, de esos que tienen los bordes dorados. Me han dicho que son los mejores…»
Para animarles a leerlo, o, según el caso, para desanimarles, les dejo algunas perlas del Diccionario del Diablo.
Fanático, adj. Dícese del que obstinada y ardorosamente sostiene una opinión que no es la nuestra.
Audacia, s. Una de las cualidades más evidentes del hombre que no corre peligro.
Ferrocarril, s. El principal entre los medios mecánicos que nos permiten alejarnos de donde estamos hacia donde no estaremos mejor. El optimista lo prefiere por su rapidez.
Espalda, s. Parte del cuerpo de un amigo que uno tiene el privilegio de contemplar en la adversidad.
Condolerse, v.r. Demostrar que el luto es un mal menor que la simpatía.
Aborígenes, s. Seres de escaso mérito que entorpecen el suelo de un país recién descubierto. Pronto dejan de entorpecer; entonces, fertilizan.
Moda, s. Déspota a quien los sabios ridiculizan y obedecen.
Amistad, s. Barco lo bastante grande como para llevar a dos con buen tiempo, pero a uno solo en caso de tormenta.

2 comentarios:

  1. me ha encantao la difinición de "Fanático", jejeje

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  2. Pues ahí va otra por el estilo:

    Egoísta, s. Persona de mal gusto, que se interesa más en sí mismo que en mí.

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