domingo, 12 de marzo de 2017

Aquí tampoco

Me gusta perderme en los barrios más aburridos de la ciudad, esas grandes urbanizaciones de chalets adosados, llenas de zonas ajardinadas, salpicadas de pistas de pádel y de tenis, el paraíso soñado de las parejas jóvenes con hijos. Paseo por sus calles silenciosas y me siento a salvo, no sé de qué ni de quién, pero a salvo. Las recorro trazando elipses, alejándome lentamente del centro de la ciudad, o lo que es lo mismo, hacia la periferia de estos barrios ya de por sí periféricos, y a medida que me adentro en las afueras (bonito oxímoron) me siento más en mi sitio, hasta que, llegado a cierto punto, me detengo y pienso: «me gustaría vivir aquí». ¿Qué es lo que me ha cautivado? No lo sé, quizá el sonido de un avión que cruza el cielo remarcando el silencio del lugar, quizá el aroma de alguna planta o la simple y pura sensación de tiempo detenido. En cualquier caso, apenas  he terminado de pronunciar interiormente la frase cuando al tomar una curva aparece ante mí una residencia de ancianos. No falla, siempre una residencia de ancianos allí donde más en mi sitio me siento. Como síntoma es bastante elocuente, pero no me aflijo, al contrario, lo celebro. «Me gustaría vivir aquí», repito, ahora en voz alta, en tono desafiante, como si un observador indiscreto se hubiera reído de mí y de mis predilecciones. Mi voz asusta a un pájaro que escapa ruidosamente entre los matorrales, y yo, tras un breve sobresalto, aspiro una gran bocanada de aire limpio y me reafirmo en lo que acabo de decir. «Me gustaría vivir aquí, con los viejos. Sentarme en mi butaca junto a la ventana y escuchar la ramas de los árboles mecidas por la brisa, aguardar durante horas a que un avión cruce el cielo para tener al fin algo que contar, secarme, secarme muy despacito, sin hacer ni padecer ruido, entre enfermeros dominicanos y pastillas para la tensión y viejos ejemplares del Reader's Digest». Pronuncio estas palabras en voz alta o en silencio, de pie en mitad de la acera, contemplando el sitio que mi corazón ha elegido como hogar, y es en ese preciso instante cuando capto algo por el rabillo del ojo. Allá arriba, en una ventana de la segunda planta, las cortinas se han movido. Una silueta se adivina en la penumbra. Las cortinas se abren del todo, la silueta se acerca al exterior y se muestra. Se trata de un anciano. Tiene los ojos vidriosos y la tez surcada de manchas. Lleva una camiseta de tirantes, y los brazos fláccidos, endebles, blanquísimos, lo sostienen a duras penas cuando se apoya en el alféizar. Por un segundo creo que va a hablarme, que va a decir mi nombre, pero no tardo en comprender que ni siquiera ha reparado en mí. Tras asomarse a la ventana y asegurarse de que no hay enfermeros a la vista, saca de algún sitio un cigarro y se lo lleva a la boca. Yo, desde la acera de enfrente, lo veo fumar aprisa, dando cortas y rápidas caladas y procurando que el humo no entre en la habitación. El miedo a ser sorprendido le impide disfrutar el cigarro, pero, pienso, la sensación de peligro debe de compensar con creces la pérdida de placer. Probablemente la clandestinidad de hoy le hace revivir la de antaño, la de aquellos cigarros no menos furtivos que fumaba en la adolescencia. Las rápidas y cortas caladas le traen de vuelta el pasado, las correrías de cuando era poco más que un niño, las monedas robadas del bolso de su madre, los primeros vasos de vino, los primeros veranos, los besos con sabor a tabaco. Vive, el anciano vuelve a vivirlo todo apoyado en el alféizar. Sin embargo, de pronto se detiene. Algo le ha hecho desviar la vista hacia el fondo de la calle, y me ha visto. Y del susto ha arrojado el cigarro, todavía a medio fumar, a la calle. Durante unos segundos me mira aterrorizado, temiendo que forme parte del equipo del geriátrico y que me chive a los enfermeros, pero enseguida comprende que no soy más que un transeúnte y el miedo de su mirada se transforma en odio. Le he estropeado el mejor momento del día. ¿Qué hago yo allí, en mitad de la nada, espiando a los viejos de la residencia? ¿No tengo nada mejor que hacer? Intento disculparme mediante gestos, pero él no está interesado en mis disculpas. Me lanza una mueca de asco y vuelve a entrar en la habitación, maldiciendo y cerrando la ventana tras de sí. Yo bajo la cabeza y comienzo a caminar. «Me gustaría vivir aquí…», dice una vocecilla socarrona dentro de mí. Qué idiota, como si no supiera de sobra que aquí tampoco. 

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