martes, 14 de febrero de 2017

Lettre prioritaire internationale

Suena el portero automático. El cartero. «¿Daniel Morales?», dice. «Tengo un paquete para usted». ¿Un paquete? ¿Qué paquete? No estoy esperando ningún paquete. Bajo las escaleras a toda prisa, nervioso, y cuando al fin lo tengo entre las manos comprendo de qué se trata. Un regalo. Una amiga me envía unos libros desde París. Los hojeo con emoción, los toco, los miro mucho, y mientras lo hago me acuerdo de la reina Cristina de Suecia, que también acostumbraba a recibir libros de ciudades lejanas, si bien sus métodos de aprovisionamiento eran muy distintos. Es cierto que gastó sumas importantísimas en comprar libros y manuscritos por toda Europa, pero también lo es que su colección no habría llegado a ser tan vasta de no ser por el poderío militar de su país. Cuando sus soldados entraban en un territorio, una de las cosas que nunca dejaban de hacer era saquear las mejores bibliotecas. Introducían los libros, que a veces se contaban por millares, en barriles y los enviaban a Suecia, donde aquella reina tan joven, tan feíta y tan ávida de conocimientos aguardaba el botín con impaciencia. Creo que puedo imaginar lo que sintió Cristina cuando su ejército, ya en las postrimerías de la Guerra de los Treinta Años, entró en Praga y se hizo con la legendaria colección imperial de Hradćany. Nada más conocer la noticia escribió a su primo Carlos Gustavo, por entonces comandante en jefe, pidiéndole encarecidamente que le enviara la biblioteca y los restantes tesoros que albergaba el palacio. Ignoro si la reina tenía el hábito de comerse las uñas, pero no me resulta difícil imaginarla mordisqueándoselas mientras el trofeo era transportado a través de media Europa. También creo que me hago una idea de lo que ocurrió en su nada agraciada cabecita cuando al fin llegó a Estocolmo la preciosa mercancía, entre la cual, además de muchos cuadros de maestros italianos, joyas, piezas de orfebrería, un león vivo y toda clase de objetos raros, había libros y códices de incalculable valor. Sí, sé exactamente cómo se sintió la reina Cristina. Hoy me han llegado por sorpresa unos libros de París. Mi botín no incluye Tizianos ni leones vivos, pero sí algún que otro tesoro escondido entre las páginas. Mi botín es otro; la emoción, la misma. (Gracias, Silvia).

domingo, 5 de febrero de 2017

Madres e hijas (1)

Muchos escritores caracterizan a los niños atribuyéndoles casi exclusivamente rasgos perversos. Lo hacen para que no parezcan tontos, o para que no parezcan personajes prefabricados. Por algún motivo creen que la bondad es tonta y la maldad inteligente, que el niño poseído por pensamientos hermosos es un cliché puritano, mientras que el poseído por el mal es un personaje vivo. No sé. Yo, cada vez que hablo con un niño, encuentro algunas razones para concordar con quienes piensan así, y muchas para no hacerlo. Esta mañana, sin ir más lejos, me crucé por la acera con una madre que caminaba de la mano con su hija, que no debía de tener más de ocho años. Solo alcancé a oír un breve fragmento de conversación, pero me reconcilió con la vida para el resto del día. La madre le estaba preguntando: ¿y qué más hay en tu cabeza? Y la niña: el colegio. ¿Y qué más? Un circo. ¿Y qué más, qué más hay en tu cabeza? Y la niña, tras un breve silencio: ¡el amor! Yo ya las había dejado atrás, pero al oírlo sentí una punzada en el pecho y me giré para mirar a la niña. La madre percibió mi gesto y se volvió hacia mí. Durante un segundo nos miramos con profundo agradecimiento, con una sonrisa temblorosa en los labios. Creo que los dos teníamos ganas de llorar o de cantar. La niña, ajena a la tormenta emocional que había desatado, se soltó de la mano de su madre y dio un saltito para no pisar una baldosa roja (todos sabemos que las baldosas rojas son agujeros abiertos sobre un lago de lava). Luego volvió a cogerle la mano y siguió pensando en sus cosas.