domingo, 22 de septiembre de 2013

La lotería

No sé si os habéis fijado, pero los viejos son quienes más juegan a la lotería. Acercaos a una administración y echad un vistazo: sólo veréis viejos achacosos comprobando sus boletos, ajustándose las gafas y entrecerrando los ojos para descifrar la combinación ganadora, rellenando la Primitiva y el Euromillón y la Quiniela con una destreza asombrosa, como si hubieran hecho un cursillo preparatorio, como si hubieran sido adiestrados para rellenar el mayor número de boletos en el menor tiempo posible. ¿A qué viene tanta esperanza? Precisamente ellos son los que menos motivos tienen para echar la lotería. ¿Qué esperan de la riqueza? ¿En qué piensan gastarse el dinero? ¿En coches caros? La mayoría ha dejado de conducir hace tiempo. ¿En exóticos viajes alrededor del mundo? El turismo, practicado a nivel profesional, es el oficio más fatigoso que ha inventado el hombre, y no parece el más adecuado para alguien que ha llegado al límite de sus fuerzas. ¿En mujeres, en ropa de marca, en regalos, en palacios, en qué? En nada. Si les tocara la lotería no sabrían qué uso darle al dinero. Repartirían la cuarta parte entre sus hijos, meterían el resto en el banco y seguirían haciendo lo mismo que hacen a diario, lo único que a estas alturas pueden hacer: ahorrar energías (la muerte acecha y más vale guardar fuerzas para cuando haga acto de presencia). Entonces, ¿de dónde sale esa pasión senil por la lotería? Quizá, incapacitados para practicar otros deportes, se entregan a los juegos de azar como un sucedáneo liviano, poco satisfactorio en lo que se refiere al despliegue de virilidad, pero emocionante. Quizá encuentran en el pequeño y ritual desengaño semanal un reflejo de las gloriosas decepciones y las violentas derrotas del pasado. Quizá, aburridos y desocupados, tienen más tiempo para soñar que el resto de los mortales, y, poco acostumbrados a poner a trabajar la imaginación, son incapaces de soñar con nada que no sea dinero. O tal vez lo único que quieren es ganarse la atención de la gente, salir del olvido, hacer que su fortuna atraiga las miradas, aunque no sean más que miradas interesadas. Sí, probablemente es a eso a lo que aspiran, a recobrar, por medio del dinero, una dignidad que creen haber poseído en el pasado, a hacerse respetar, a inspirar miedo o envidia, cualquier cosa menos la cruel indiferencia a que se ven relegados. Aspiran, en fin, exactamente a lo mismo que todos nosotros, con la salvedad de que ellos ya se han rendido a la evidencia, ya han asumido que, para hacerse notar, sólo les queda el recurso de la lotería, del sucio dinero, mientras que los jóvenes aún tardaremos unos años en asumirlo.