sábado, 22 de diciembre de 2012

Mis diez libros de 2012


Leo pocas novedades. No me jacto de ello, pero tampoco me avergüenzo. Me gustaría leer más novedades, igual que me gustaría leer más clásicos, más libros olvidados, más reediciones; como no puedo abarcarlo todo, prefiero sacrificar las novedades (aunque también leo algunas), y no me siento especialmente culpable por no estar al día de lo que se publica cada temporada. Ésta es la selección de los libros que más me han gustado en 2012, no de 2012. Por lo demás, confieso que este año he leído muy poco; tengo la sospecha de que algunos de los libros que hubiera querido leer y no he leído habrían podido colarse en la lista y desplazar a algunos de los que están. Aunque también creo que los que están son magníficos y no desmerecen en absoluto. El orden es más o menos arbitrario.

1. Correr tras el propio sombrero, de Chesterton. Definitivamente, el Chesterton que más me gusta es el ensayista. No sé si he leído todos los ensayos de este libro (estoy casi seguro de que no), pero tampoco quiero saberlo. Normalmente, cuando leo un libro de ensayos o de cuentos, de textos aislados, voy señalando en el índice los que ya he leído para no volver a leerlos. A veces, claro, leo uno y se me olvida anotarlo, y luego, cuando empiezo a leerlo de nuevo, me doy cuenta de que ya lo he leído y lo abandono. Con este libro, sin embargo, he renunciado a señalar (a descartar) los ensayos ya leídos, porque no me canso de releerlos. Cada vez que tropiezo con uno de los que he olvidado señalar, en lugar de apresurarme a pasar al siguiente, me siento tan hechizado como la primera vez y no puedo evitar leerlo de nuevo hasta el final, saboreando el rencuentro con el humor incomparable de Chesterton y con su incomparable forma de argumentar, que se parece tan poco a la argumentación silogística clásica como a la estúpida concatenación de fanfarronadas contemporánea. Chesteron no se parece ni a Kant ni a Derrida, sino a un niño que tira piedras sobre un tejado, o al lagarto Jesuscristo o lagarto de Dios (también llamado basilisco), que es capaz de correr sobre el agua, o, en fin, a cualquiera de esos vejetes a los que puede verse correr tras su propio sombrero en los días ventosos. Si hay un escritor al que nunca hay que dejar de leer, ése es Chesterton (sin contar a Montaigne, por supuesto).

2. El adversario, de Emmanuel Carrère. Ya hablé de este libro aquí. No tengo nada que añadir.

3. En busca del barón Corvo, de A. J. A. Symons. ¿Qué decir de este libro? No es sólo que reúna lo mejor del género epistolar, de la sátira, la hagiografía, el libro de memorias, el ensayo, el panfleto y la novela psicológica, picaresca, de aventuras, literaria, histórica, policíaca, religiosa, social, cómica, dramática y costumbrista. No es sólo eso, no. ¿Qué más es, entonces? Mucho, muchísimo más. Todos los que estéis interesados en las cacareadas relaciones entre genio y locura debéis leer este libro. Todos los que disfrutéis siguiendo las aventuras de un personaje desgarrado debéis leer este libro. Todos los que os riáis con el mejor humor inglés debéis leer este libro. Todos los que apreciéis la escritura amable y sin boato de un autor inteligentísimo debéis leer este libro. Todos, salvo los que no busquéis en la literatura más de lo que puede encontrarse en cualquier serie de televisión, debéis leer este libro.  

4. Knockemstiff, de Donald Ray Pollock. No nos engañemos: pese a Sade y sus epígonos, pese a Bukowski y sus imitadores, hay pocos libros de los que pueda decirse que son verdaderamente salvajes. Éste es uno de ellos.

5. El teatro de Sabbath, de Philip Roth. He aquí un libro que representa a la perfección el misterio de la creación literaria (habéis oído bien: el misterio de la creación literaria. ¿A alguien le incomoda el tono pomposo? ¡Pues que no siga leyendo!) ¿Qué coño es escribir? Escribir es sentarse cada mañana ante el escritorio y pulir durante horas, con una paciencia de alquimista o de relojero, una materia que no es sólida ni líquida ni gaseosa, pero que está dura como el acero (la muy puñetera se resiste) y que es frágil como la tiza: el menor movimiento en falso basta para hacerla desmoronarse. No me cabe la menor duda de que así es como el señor Roth escribió El Teatro de Sabbath, pero, al mismo tiempo, no me entra en la cabeza que un libro semejante pueda escribirse de ese modo, es decir, que pueda escribirse, sin más. ¿Se desliza un huracán por la llanura? No, un huracán arrasa la llanura. ¿Cruza la pradera una estampida de ñus? No, la devasta. A mí no me sorprendería escuchar que, en un rapto de furia, concentrando todas sus fuerzas y sudando como un pollo asado, Philip Roth escupió o exhaló esta novela, o incluso que la parió o la cagó o la eyaculó, acompañada de toda clase de vísceras, pero me resulta incomprensible que la escribiera poquito a poco, en su escritorio, quizá en alpargatas y con una taza de café al alcance de la mano. ¿Cuánto tardó en escribirla, un año? ¿Quién podría soportar el esfuerzo de pasarse un año entero cagando o eyaculando durante horas todas las mañanas? ¿Qué es escribir, pregunto? ¡Qué coño es eso de escribir!

6. Natalia Ginzburg, en general. No he leído mucho de ella, pero sus ensayos (aquí y aquí) son un alto en el camino, un lugar tranquilo en el que detenerse a charlar con un amigo, el remanso en el que, si fuéramos vacas, nos pararíamos a pastar hierba buena y suavecita, libre de cardos, o quizás con alguna que otra espinita escondida aquí y allá (cuando quiere, la Ginzburg sabe gastar mala leche), pero en cualquier caso nutritiva y agradable al paladar. De sus novelas, sólo he leído una muy corta; poco, sin duda, pero suficiente para saber que las leeré todas. 

7. Benjamin Black, también en general. (Y ahora voy a extenderme). Yo creo que la alta estima de la que hoy goza la novela policial se debe a la democratización de la literatura y a la consiguiente decadencia de las clases letradas. Hasta no hace mucho, la minoría culta estudiaba a Leibniz o a Santo Tomás o a Darwin, y leía novelas para distraerse. Las novelas eran un pasatiempo poco instructivo pero más o menos digno (y digo más o menos, porque en sus inicios se las tenía por una absoluta pérdida de tiempo). La alfabetización del vulgo, sin embargo, contribuyó a elevar su estatus y favoreció la proliferación de géneros narrativos menos dignos, entre los que destaca la tardía novela policial. Desde sus inicios hubo intelectuales que confesaban leerlas, quizá con un puntito de soberbia, si bien se daba por supuesto que reservaban sus mejores neuronas para otros menesteres. Pero la cosa fue a más, o a menos, según se mire: a medida que aumentaba el número de gente con estudios, tenía por fuerza que bajarse el baremo para que todos entraran en el club de la élite cultural. Ya no se les exigía el tesón imprescindible para descifrar a Aristóteles, sino sólo la mínima constancia necesaria para leer novelas. Los nuevos intelectuales, ni que decir tiene, agradecieron que se les librara de tan penoso esfuerzo y se limitaron a hacer lo mínimo que se les pedía, leer novelas, y no es de extrañar que esta tarea, que antes había sido una simple distracción, pasara rápidamente a ser considerada un trabajo agotador y trascendental. Privados de su tradicional pasatiempo, o, más bien, aplastados por él, los hombres doctos necesitaban jueguecitos más livianos con los que entretenerse en sus ratos de ocio. El cine y la tele se ofrecieron abnegadamente a ocupar ese puesto ingrato. Como era de esperar, los intelectuales vieron (o no lo vieron) cómo sus neuronas se reblandecían y cómo su materia gris adquiría el preocupante tono verdoso que suele acompañar al enmohecimiento. Ahora, las gente culta cree que Santo Tomás fue un personaje de la Biblia y Aristóteles un dios o un héroe de la mitología griega, como Hiperión (¿quién era Hiperión?) o Zeus (ah, ése sí me suena). Para los nuevos intelectuales, leer novelas (¡incluso las más vulgares de todas, las novelas policiales!) es un trabajo costosísimo y solemne, casi sagrado, que les hace acreedores de la veneración del populacho y de todas las becas y subvenciones del mundo. Es patético, pero supongo que, descartados Leibniz y Darwin, descartado todo lo que exija verdadero esfuerzo, debemos agradecer que aún se tomen la molestia de leer algo, aunque sólo sean novelas policiales; dentro de poco (si es que no está ocurriendo ya) se limitarán a ver películas de los Coen y series de la HBO, y descansarán de tan duro trabajo viendo porno en internet y programas del corazón en la tele. En fin. Volviendo al tema principal, me gustaría saber si a vosotros no os ha pasado que habéis leído a Chandler o a Hammett o a Simenon y habéis pensado: ¿esto es todo? ¿Esto se supone que es un clásico de la literatura contemporánea, lo mejorcito de la novela policial (o negra, o detectivesca, o... añadan los forofos todos los distingos o matices que quieran)? ¡No me lo creo, no me creo que esto sea todo! Pues bien, no lo es. Por suerte, algunos buenos escritores han decidido aprovechar el tirón comercial de la literatura policíaca para escribir buenas novelas policíacas. Eso sí, quede claro que no dejan de ser un mero entretenimiento: el lector de Benjamin Black, en tanto que lector de Benjamin Black, es un simple lector, no un intelectual (y ni muchísimo menos un sabio). Por otro lado, lo digo desde ya: Benjamin Black (John Banville) me cae gordísimo, me parece un pedante insoportable, pero sus libros son las mejores novelas policiales que he leído. 

8. Atando cabos, de Annie Proulx. Me redimo del tocho anterior con un comentario escueto y convencionalísimo: Atando cabos es una novela tierna y cruel, formalmente atrevida, fresquísima y muy triste. ¿Os parece que son pocos piropos? Si la leéis comprobaréis que no son pocos, sino poquísimos.

9. El mundo según Garp, de John Irving. La palabra es entrañable. La palabra es divertida. La palabra es trepidante. La palabra es (¿la he dicho ya?) entrañable. El mundo según Garp ha vendido no sé cuántos millones de ejemplares; es, por tanto, uno de esos libros de los que algunos dicen desdeñosamente que son para todos los públicos. Pues bien, yo creo que no lo es. Sin ir más lejos, no es un libro para los lectores revenidos que hablan desdeñosamente, sin haberle dado una oportunidad y atendiendo sólo a las cifras de ventas, de libros para todos los públicos. Desde luego que no es un libro para ellos. Y, la verdad, me alegro de que no lo sea y de que se priven a sí mismos de leerlo. No sería justo que disfrutaran de él. No se lo merecen. 

10. Last but not least… ¡El Diario de Ana Frank! ¿Cómo? ¿Perdón? ¿Es una broma? No, ni mucho menos. El Diario de Ana Frank es uno de esos (cientos de) libros que uno da por leídos sin haberlos leído, hasta que un día se descubre a sí mismo pasando las páginas y preguntándose cómo ha podido eludirlo durante tanto tiempo. Si alguno de vosotros tuvo la mala suerte de verse obligado a leerlo en el colegio y lo leyó con desgana, con aversión, os ruego que os hagáis un favor y lo leáis de nuevo, libremente. Quizás algunas novelas me han emocionado tanto como el diario de esta niña formidable, pero ninguna me ha mocionado más. 





4 comentarios:

  1. gracias por compartir esto con los demás.

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  2. Te hice caso con El barón Corvo. Magistral

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  3. Y ahora que lo veo, con Natalia Ginsburg también te hice caso y también me encantó. Me hago la lista de "pendientes" a base de recomendaciones y una es tan desagradecida que después se olvida de donde sacó la recomendación.

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