jueves, 29 de noviembre de 2012

Crítica literaria (1)


Harold Bloom tiene de vez en cuando alguna idea brillante, pero el verdadero motivo por el que lo leemos es el mismo que nos hace buscar en internet el ranking de los actores mejor pagados o el de los mejores goles del año. En Bloom encontramos nuestra misma manía mitificadora, nuestro mismo gusto por endiosar lo que nos agrada y denigrar lo que nos desagrada, nuestra misma fe en las listas, en los pódiums, en los catálogos. Leyéndolo aprendemos que Shakespeare es el mayor psicólogo de todos los tiempos y el menos solipsista de los grandes autores, mientras que Tolstoi es el mayor de todos, aprendemos que Whitman es el mejor poeta americano, que Salinger es un buen cuentista, aunque no puede compararse con Fitzgerald, que Carver tampoco está mal, si bien es poca cosa en comparación con D. H. Lawrence o Hemingway, que Samuel Johnson es el mejor crítico de la historia, etc. El placer que sienten los admiradores de Whitman o de Shakespeare al leer a Bloom es casi idéntico al que sienten los admiradores de Messi cada vez que le dan el balón de oro. La gran diferencia (concedo que, en algunos casos, no es la única) es que los primeros creen que el simple hecho de haber optado por esa forma particular de adoración, la adoración literaria, los convierte en semidioses, como si Shakespeare y Whitman, Harold Bloom mediante, les hicieran partícipes de su divinidad, mientras que los segundos suelen dar por sentado que el único dios es Messi, si acaso Xavi o Iniesta, y que su papel se limita a adorarlos. 

sábado, 17 de noviembre de 2012

Un hombre recién llegado de Petersburgo


A medida que pasan los años me abandonan las emociones fuertes; las pequeñas, por el contrario, se multiplican, aprovechan cualquier excusa para asaltarme, como si supieran que en sí mismas no son gran cosa y quisieran paliar la escasez de aquéllas por acumulación. Hace tiempo que no me posee el demonio de los celos, hace tiempo que no siento una admiración verdaderamente incondicional, un deseo verdaderamente irrefrenable o una envidia verdaderamente enfermiza; hace tiempo que no siento gratitud, ni  piedad, ni (casi) miedo; hace tiempo que no me siento capaz de morir por nadie. En cambio, me sorprendo a menudo dejándome herir por minucias. Hoy, por ejemplo, he estado a punto de echarme a llorar al hojear por enésima vez Los hermanos Karamazov y tropezar con la siguiente frase: «un hombre recién llegado de Petersburgo.» Sólo eso: un hombre recién llegado de Petersburgo. Sé que es una frase insignificante, pero, al leerla, no sé, he pensado que de algún modo resume o condensa o anula toda mi vida y que debo dedicar el resto de mis días a profundizar en ella. He pensado que Un hombre recién llegado de Petersburgo merece ser el título de una larga novela, un novelón interminable y a la postre inconcluso, que absorba mis energías durante treinta años y me haga morir de agotamiento y me acompañe a la tumba. He pensado en mi cadáver, bajo tierra, pudriéndose lentamente junto al gran fajo de folios amarillentos, dejándose devorar por los gusanos y asintiendo en silencio mientras el fantasma de un hombre, un hombre recién llegado de Petersburgo, le cuenta al oído cómo acaba mi novela, su novela.