lunes, 30 de enero de 2012

Quemar dinero

En el mejor de los mundos posibles, el nuestro, el buen ciudadano tiene un solo deber: gastar dinero. Se le puede perdonar que atraque a las viejas, que le dé por quemar a los mendigos o se líe a machetazos con los gatos callejeros. Si él no lo hace, otro lo hará. Además, ¿de qué iban a ocuparse los policías si no hubiera delincuentes? De nada. Se quedarían sin trabajo y, sin trabajo, no ganarían dinero y no podrían gastarlo. Por otro lado, lo normal es que al delincuente lo acaben pillando, y el linchamiento público del criminal (ayer en la picota, hoy en el telediario) ha sido siempre una herramienta utilísima para aleccionar a otros buenos ciudadanos. Y cabe la posibilidad de que alguien cuente su historia en un libro o en una película, libro o película que, con un poco de suerte, se convertirá en un bombazo y animará al populacho a gastar dinero. En el mejor de los mundos posibles, el nuestro, el buen ciudadano es una especie de tullido moral, un lisiado al que le han arrancado el órgano de hacer el mal: por más que lo intente, el mal individual que sea capaz de hacer acabará convirtiéndose en un bien colectivo. Que haga, pues, lo que quiera, pero que no deje de gastar dinero. Si atraca una joyería, que se gaste el botín en un buen coche. Si le roba el bolso a su abuela, que se compre un teléfono nuevo. Y si no le llega para un teléfono, que se busque un pantalón o una camiseta. En Zara las hay baratísimas, en Primark están de rebajas todo el año. Y si es persona escrupulosa, poco dada a la ostentación, que se gaste el dinero en alguno de los llamados bienes primarios, lechuga, tomate, orégano, un par de calcetines, un cepillo de dientes (los dentistas recomiendan cambiarlo cada tres meses), una cuchilla de afeitar, un cortaúñas, jabón, un bote de polvos para que no le huelan los pies. El caso es gastar. Gastar dinero. ¿Para qué coño lo queremos si no? ¿Para quemarlo? Sí, ya sé que lo difícil no es gastarlo sino conseguirlo. Pero, en fin, como dice la sabiduría popular: el que algo quiere, algo le cuesta. Y habíamos quedado en que lo que queremos es gastar dinero, ¿no? Vaya, alguien dice que no. Parece que tenemos un graciosillo. ¿Y qué es lo que quiere usted, si puede saberse? ¿Un coche nuevo, una camiseta nueva, un cepillo de dientes nuevo, un cortaúñas, jabón? ¿De verdad me está diciendo que lo que usted quiere es jabón, y no, sencillamente, gastar dinero? ¿Y un bote de polvos para que no le huelan los pies? Esto es inaudito. He aquí un hombre que quiere un bote de polvos para que no le huelan los pies. La cosa no deja de ser curiosa, patológica diría yo, pero creo que podremos pasarlo por alto, siempre y cuando esté dispuesto a gastar dinero para agenciarse los dichosos polvos. ¿Está usted dispuesto? ¿Sí? Entonces no hay problema, es usted bienvenido. Al fin y al cabo, lo que importa no es la intención sino el resultado. Gastar dinero, eso es lo que importa. Es nuestro único deber. Y no parece gran cosa en comparación con todos los derechos que ganamos a cambio. Señores, seamos sensatos. Nos ha costado mucho llegar adonde hemos llegado, no lo echemos a perder. Sé que son tiempos difíciles, pero hay que hacer un esfuerzo. Gastemos dinero. Compremos. Si no compráramos teléfonos nuevos, los fabricantes de teléfonos no podrían seguir fabricando teléfonos, y, en consecuencia, dejarían de crear empleo. Por nuestra parte, nosotros, sus empleados, dejaríamos de cobrar puntualmente a primeros de mes y tendríamos que renunciar a cambiar de teléfono cada dos semanas. ¿De verdad les apetece pasar el resto de sus días con el mismo teléfono? Y otra cosa. Un asunto capital, sustancial, humanísimo, que rara vez, ay, nos paramos a considerar. ¿Qué sería del dinero si dejáramos de gastarlo? ¿Qué sería de las risueñas monedas, que tantas veces nos han alegrado el día con su tintineo? ¿Qué sería de los humildes billetes de cinco euros, que nos sirven infatigablemente, dejándose manosear sin reparos por gente de la más baja estofa? ¿Qué sería de los soberbios billetes de quinientos, que ninguno de nosotros ha visto y que quizá no existen, pero que iluminan nuestros sueños y nos llenan de esperanza y de fe en el futuro? Yo les diré, señores, lo que sería de ellos: se aburrirían, se anquilosarían y finalmente morirían de pena. En poco tiempo comenzarían a oler mal y habría que enterrarlos. Y no sería justo. ¡No sería justo! Después de todo lo que nos han dado, después de tantos teléfonos nuevos, de tantos cepillos de dientes, de tanto jabón, seríamos unos desagradecidos (por no usar otra palabra) si a la menor dificultad los abandonáramos. Además, no nos engañemos, ¿en qué íbamos a gastar nuestro tiempo si no tuviéramos dinero que gastar? ¿Qué coño íbamos a hacer con él, quemarlo? Pues sí, joder, sí, quemarlo.

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