viernes, 18 de noviembre de 2011

El futuro de la literatura

Alfonso Reyes escribió en 1921: «Ya no hay quien no escriba para el público artículos de dos o tres líneas. En estética, microrrealismo, y en estilo, monosilabismo. Así va el mundo. Y a juzgar por el aceleramiento de la vida, así como se ha dicho que la revista matará al libro, puede asegurarse que la nota matará al artículo. No se ve, antes de aventurarse en una lectura, si el asunto nos interesa, si la firma nos merece confianza: se ve si ocupa más de tres páginas. Los libros de notas serán la literatura del mañana, y ya casi son la de hoy. También los tratados de filosofía sistemática se van transformando en “ensayos”, palabra del escepticismo.»

Si viviera hoy, quizá el gran don Alfonso (ojo, en ese don no hay ni pizca de ironía: lo admiro de veras, aunque a veces me den ganas de pegarle un cogotazo) se alegraría de comprobar que su profecía se ha cumplido en parte, porque a todos nos gusta comprobar que tenemos razón, aunque en ello nos vaya la vida. Del mismo modo, supongo, se alegraría de comprobar que en parte no se ha cumplido, porque don Alfonso amaba la literatura, y el que la ama se alegra de que perviva en todas sus formas: notas y artículos, ensayos y tratados, etcétera. En cualquier caso, sus palabras nos rechinan, como ocurre cada vez que los escritores se ponen a dar pataletas, cada vez que adoptan ese aire enfurruñado que les sale al hablar de lo hermoso que era todo en los viejos tiempos, y lo pobres y asquerosas que resultan en comparación las cosas de hoy en día, especialmente la literatura. Lo imagino aquí a mi lado, preguntándome cómo he llegado yo, en pleno siglo XXI, a su libro. Para excusarme, le explicaría que ya había leído varias cosas suyas, que su prosa me parece, como a Borges, una de las más encantadoras que pueden leerse, bla bla bla; después, con la cabeza baja, confesaría que este libro en concreto lo he encontrado tecleando en el catálogo de la biblioteca la palabra ensayos. Lo imagino meneando la cabeza con aire resignado: ya lo decía yo, ¡ya lo decía yo! ¡Ensayos! Incluso tú, que estudiaste filosofía, rehúyes los tratados serios, los gordos, y te contentas con esas migajas filosóficas que son los ensayos. ¡Y seguro que has leído ese articulito antes que ningún otro porque era el más corto! Yo me pondría un poco coloradote (en efecto, he comenzado, como siempre, por el más corto), y en cuanto se diera la vuelta empezaría a rajar de él y a hacerle muecas por la espalda. Y quizá, para completar mi venganza, escribiría en el blog una entrada sobre la pesadez de los hombres de letras, que parecen encontrar un placer masoquista en vaticinar el fin de la literatura. Hablaría de los pobres infelices que hoy tienen pesadillas con los blogs y con los libros electrónicos. No os preocupéis, muchachos, les diría. En todos los tiempos ha habido letraheridos que, como vosotros, se empeñaban en guardar luto por el futuro de la literatura, y a pesar de sus esfuerzos la literatura ha sabido sobrevivir. Figuraos, en los años veinte creían que las revistan matarían a los libros. ¡Las revistas! ¿Habrase visto algo más mierdoso y más poca cosa que una revista? Desde luego, el que no se atormenta es porque no quiere. Diría que tal vez dentro de unos años los literatos llorarían la muerte (real o, más probablemente, imaginaria) de los blogs o de los libros electrónicos o de lo que quiera que por entonces identifiquen con la literatura, y que la literatura, una vez más, no haría caso de sus lloriqueos y seguiría adelante, vaya usted a saber en qué formato. Haría una breve mención al microrrealismo que tan encendidamente denunciaba don Alfonso, y me reiría de que a un hombre como él pudiera preocuparle semejante estupidez. También en nuestros días, diría, hay escritores (sólo escritores) que, como él, no tendrían inconveniente en meterles un dedo en el ojo a otros escritores, sólo porque tienen la manía de comprimir hasta la asfixia lo que, según ellos, merece ser desarrollado en quinientas páginas; y hay escritores (sólo escritores) a los que no les importaría meter bajo tierra a otros escritores, sólo porque tienen la manía de emborronar quinientas páginas para decir lo que, según ellos, puede decirse en cinco líneas. Unos y otros, diría, se parecen a esas marujas que ya no le importan a nadie, y que sólo encuentran consuelo en putear a sus vecinas por ir demasiado maquilladas, o demasiado poco. Finalmente, si escribiera esa entrada, supongo que en algún momento empezaría a quejarme yo también, del futuro o del pasado o del presente de la literatura, y terminaría diciendo que el formato de los escritos, por suerte o por desgracia, cambiará mil y una veces a lo largo del tiempo, mientras que el lloriqueo de los escritores, por desgracia, sin duda por desgracia, seguirá siendo siempre el mismo.

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