martes, 25 de octubre de 2011

24 de octubre

Todo el mundo sabe que cuando vemos una estrella o un planeta lejanos no los vemos tal como son ahora, sino tal como fueron hace tiempo. Si están, por ejemplo, a cien años luz de la Tierra, lo que vemos es la luz que emitieron cien años atrás, una luz que ha viajado durante un siglo a través del espacio, a trescientos mil kilómetros por segundo, hasta llegar a nosotros. Todo el mundo lo sabe, sí, pero no deja de dar miedo pensar que alguien, muy muy lejos de aquí, pueda observarnos a nosotros del mismo modo. Con un buen telescopio, los habitantes de un planeta situado a algo más de dos mil años luz de la Tierra podrían estar contemplando ahora mismo a Jesucristo. Un bicho alienígena, dentro de cientos o miles de años, podría ponerse las gafas de lejos y veros sentados frente al ordenador, leyendo estas líneas. Y, en fin, alguien que viva exactamente a 28 años luz de aquí, ni un día más ni un día menos, podría estar viéndome nacer en este mismo momento. Da miedo, claro, cómo no va a dar miedo saber que nada de lo que hacemos desaparece, que incluso el más mínimo gesto está lleno de fotones que viajan en el espacio incansablemente, atravesando galaxias y constelaciones, alejándose, alejándose, alejándose de nosotros a la velocidad de la luz. Hostias, sí que da miedo, porque si el universo es realmente infinito ese viaje debe de ser interminable, y de algún modo tienen razón los que dicen que vivimos eternamente. Y si no lo es, si el universo tiene un final, todas nuestras acciones, reducidas a luz, a iones, a radiación, deben de ir a parar a allí, donde tal vez rebotan o son despedazadas o perdonadas. Quizá ese final es Dios, quizá es el cielo o el infierno. Quizá es un libro o un ojo o la nada. Quizá el universo es circular y el final es la meta, que es de nuevo el final que es de nuevo la meta. Sea como fuere, amigos, si ese lugar existe (y quiero que exista, quiero que exista), nada me gustaría más que encontraros allí, mañana, pasado mañana o dentro de mil millones de años luz, invitaros a una cerveza y a un cubata y a lo que haga falta, celebrar mi cumpleaños con vosotros, coño, emborracharme y deciros a la cara esas cosas que sólo dicen los borrachos, en vez de limitarme a escribiros esas cosas que sólo escriben los cursis.

2 comentarios:

  1. En el libro El Color de la Magia se describe ese lugar en el que se acaba todo como una catarata inmensa de agua que cae al vacío, y sobre su límite tiene una cuerda a modo de vaya que retiene todo lo que pudiera caerse, y un troll de agua se encarga de recogerlo para enviarlo a otro lugar mágico... Y feliz cumpleaños!

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  2. Sea finito o infito, lo que sabemos (o parece que sabemos) del universo, es que está vacío. Porque todo está formado por átomos, y los átomos guardan en sí todo el vacío y toda la energía que imaginarse puede. Porque la distancia entre un neutron y su electron es de la misma proporción que una mosca dentro de una catedral. Y como estamos hechos de lo mismo, y la misma nada nos llena a todos; igual sí que estaban en lo cierto los que decían que dios está en todas partes; porque en todo lo que vive y perece está ese Dios inventado que quiero imaginar como metáfora de lo que la vida es y toma para sí. Me ha encantado tu post. Cómo decía Borges, los seres humanos tenemos la condena de poseer el intelecto suficiente para tomar conciencia de que no podemos comprenderlo todo,pero insufiente para poder concebir el universo en toda su grandiosidad. Qué putada ¿eh?

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