sábado, 16 de julio de 2011

Para compartirla

Donde quiera que voy llevo conmigo una libretita en la que voy apuntando las chorradas que se me ocurren, algunas de las cuales (pocas, poquísimas) acaban apareciendo en el blog. Hoy he llegado a la última página de una de esas libretas y he ido a comprar otra. Como siempre, afronto la elección como si de ella dependiera mi suerte. Es absurdo, pero cada vez que estreno una libreta siento que empieza una nueva etapa, igual que nos ocurre a veces cuando cambiamos de peinado o de zapatos; igual que nos ocurre siempre cuando cambiamos de ciudad. Lo más importante es la elección del color. Bueno, no, hay otras cosas importantes. Por ejemplo, si las hojas son de cuadraditos, éstos tienen que estar impresos en un tono muy suave, casi invisible. De lo contrario se superponen a la tinta del bolígrafo y la lectura se hace trabajosa, como si leyéramos las palabras a través de unas rejillas. También son importantes la calidad del papel, el grosor de las pastas y el tipo de encuadernación. Pero el color de las tapas tiene una importancia distinta, tal vez más sustancial: lo demás puede intervenir directa o indirectamente en la escritura; el color interviene en mi estado de ánimo. En esta ocasión tenía que elegir entre una libreta color mostaza, que al principio me llamó la atención porque nunca he usado una libreta mostaza; una roja que descarté enseguida porque la última era roja; una de un verde apagado, triste, más apropiada para el otoño o el invierno que para el verano; y ésta, que estaba enterrada al fondo del montón. En cuanto la vi supe que era la mía. Es de un hermoso verde eléctrico: inevitablemente me hizo pensar en los tiempos de la facultad, cuando asociaba un color a cada asignatura en función de las pastas de las libretas (quizá eso mismo me haga asociar, en el futuro, un color a cada etapa de mi vida). La ética era amarilla, la teoría del conocimiento, gris, y la filosofía oriental roja. Y verde, de un hermoso verde eléctrico, era la mejor asignatura de todas: filosofía de la vida, de María Victoria Parrilla. Ahora, siete años después de asistir a sus clases, ese verde vuelve a mí. Es curiosa esa alianza entre el siete y el verde, porque el verde, acaba de ocurrírseme, es a los colores lo que el siete a los números. A él me encomiendo. Verde, dame fuerza para escribir y alegría para compartirla.

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