miércoles, 27 de julio de 2011

El más grande novelista que jamás ha existido

Bolaño, no recuerdo dónde, decía que Wittgenstein era el más grande filósofo del siglo XX. Lo decía y se quedaba tan pancho, él que sin duda no había leído ni una mínima parte de los filósofos del siglo XX. Por el contrario, Vargas Llosa, que ha leído un montón de novelas, escribió sobre Coetzee: «el surafricano J. M. Coetzee es uno de los mejores novelistas vivos y no digo el mejor porque, para hacer una afirmación semejante, habría que haberlos leído a todos. Pero, entre los que conozco…» Quizá ambas declaraciones sean representativas de un modo de entender la literatura. Quizá Vargas Llosa (que es un gran novelista) la entienda como un camino ascendente hacia el Nobel, y Bolaño (que también lo fue), como un camino ascendente hacia el cariño, la devoción o el rencor de los lectores.

Yo he dicho a menudo (sobre todo estando borracho), que Dostoievski es el más grande novelista que jamás ha existido. Si Vargas Llosa me hubiera oído decirlo, y si además de oírme le hubiera parecido digno de atención lo que un borracho como yo pudiera opinar, tal vez me habría corregido. Debes hablar con más propiedad, me habría dicho. Debes limitarte a decir que es el más grande novelista que has leído. En un mundo razonable y aburrido le daría la razón (y no sólo eso: más tarde, cuando me repusiera de la emoción de haber cruzado unas palabras con él, correría a contárselo a mis amigos: oh, dios mío, les diría, ¡qué hombre! He ahí una persona que no se deja dominar por sus gustos. ¡Y qué manera de expresarse! Y esas cejas, y el flequillo, y la corbata… ¡Es tan elegante! Menos mal que por fin le han dado el Nobel, porque mira que si llega a morirse antes de que se lo den, si llega a morirse... ¡Ay, no quiero ni pensarlo!). Por suerte, no vivimos en ese mundo, y nadie me va a negar el gusto de decir que nunca ha habido un novelista como Dostoievski. ¡Ni lo ha habido ni lo habrá! Lo digo bien alto y sin matices: decirlo de otro modo sería como no decirlo, o, peor aún, como decir lo contrario. Introducir en un piropo una duda razonable equivale a anularlo, casi a invertirlo. Es como decirle a una muchacha: oye, chica, eres guapísima. Yo diría que eres la muchacha más guapa del mundo, pero quién soy yo para decir eso, ¡yo, que sólo he conocido a mi hermana y a mi madre! A mí, ya te digo, me pareces muy guapa, pero seguramente haya por ahí miles de muchachas más guapas que tú, sólo que no he tenido la suerte de encontrarlas. Dicho así, es prácticamente un insulto. Un insulto, además, doblemente dañino, porque no sólo afecta a quien va dirigido, sino también a quien lo formula. Al primero (a la muchacha, a Dostoievski, a Coetzee) se le niega el derecho a ser amado como dios manda, es decir, ciegamente; y el segundo (el enamorado, el lector) se niega a sí mismo el deber (el privilegio) de amar a su amado como dios manda, es decir, endiosándolo.

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