lunes, 13 de junio de 2011

El fin de algo

Anoche, a las cuatro de la mañana, tropecé con un control policial en la carretera. Mientras me acercaba noté que el corazón me latía muy fuerte. Las manos me temblaban. Y, sin embargo, quería que me pararan: que me miraran con recelo, que me cachearan, que registraran el coche y que no encontraran nada. Según parece, aún queda en mí un resto de esa culpable conciencia adolescente que me hacía sentir liviano, transparente, libre, cuando no llevaba hachís. Paradme, cabrones, pensaba. Sé que no os fiáis de mí, sé que queréis joderme, pero os vais a quedar con las ganas. Dos policías cortaron el paso al coche que me precedía y le ordenaron detenerse en el arcén. Luego llegó mi turno: un policía me apuntó con la linterna, me echó un vistazo a través de la ventanilla y con un gesto aburrido me indicó que siguiera adelante. Experimenté un ligero alivio: aunque quería que me parasen, siempre es un alivio quitarse a la policía de encima. Pero después, a medida que los perdía de vista, me fui sintiendo más y más pequeño, más y más insignificante. Llegué a casa con la extraña sensación de haber encogido varios centímetros. Estuve un buen rato mirándome al espejo, tratando de comprender por qué me sentía tan decepcionado. Al principio creí que se debía a que no pude demostrarles que no era un tipo peligroso. Ahora comprendo que se debe a que ellos me lo han demostrado a mí.

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