sábado, 18 de junio de 2011

Melodrama (que nadie se ofenda, sólo es literatura)

Lo bueno de estar de vuelta en Málaga es que siempre tengo los nervios a flor de piel, y eso me ayuda a liberar ciertas cargas. Aquí, en lugar de preguntarme si tengo derecho a ponerme melodramático, me pongo melodramático sin más. Es estupendo. Me imagino a mí mismo quemando todos mis libros, pisoteando la tarjeta de crédito y arrojando al mar el teléfono. Me imagino enfilando una carretera abandonada rumbo a ninguna parte, a pie, descalzo, con los bolsillos vacíos y el corazón lleno de remordimientos. De vez en cuando llueve y tengo que guarecerme en una gruta. Allí me desnudo y me masturbo y me acurruco en posición fetal, y así paso varios días, escuchando el gruñido de mis tripas, tiritando y tosiendo como un descosido, hasta que un guarda forestal oye mis gemidos y me rescata. Me lleva a su cabaña, donde le cuento mis cuitas al calor de la hoguera. Me da de comer y de beber, y cuando cree que estoy dormido me acaricia el pelo. Vivimos juntos un par de meses, yo sabiendo que él me ama y él sabiendo que nunca podré corresponderle. El día de mi partida (para entonces ya es invierno y el bosque está  cubierto de nieve), me regala un abrigo y me desea suerte. Yo le regalo un beso. En la historia no faltan los amores sórdidos, las borracheras, el hambre. Hay un grupo de mendigos que me acogen cariñosamente y que en cuanto me despisto me apalean y me roban hasta los calzoncillos. Hay también un perro vagabundo, un viejo misterioso, un niño al que le falta el ojo izquierdo, un gato al que le falta el ojo izquierdo, una profecía, un asesinato, un intento de suicidio, un fantasma. Y ese momento sublime en que me arrodillo y grito y lloro y amenazo al cielo con los puños y le pido al diablo que venga a por mí. A partir de entonces la historia cambia. Aparece un desconocido que me facilita un carné de identidad falso, un traje azul, un billete de diez euros y un peine. Es todo lo que necesitas, dice. Y, en efecto, eso basta para hacerme rico, para sobornar a un banquero, para verme envuelto en una oscura trama inmobiliaria, en fin, lo de siempre: drogas, sexo, putas de lujo, coches caros, una fiesta de bikinis en mi yate. Miedo, de repente miedo. Me observan, me vigilan. Una breve crisis paranoica, una nueva huida y más carreteras abandonadas, más guardas forestales, más vagabundos. Es genial, me imagino todo eso y no me siento ridículo. Me regodeo en el patetismo como un cerdo en un charco, y doy gracias por ello. Gracias, Málaga. Gracias a todos los que lo hacéis posible. Os quiero a muerte.

2 comentarios:

  1. cada vez más, leerte me pone la piel de gallina. Y me gusta. Gracias!

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