martes, 15 de febrero de 2011

No sé qué vamos a hacer con él

No me preguntéis cómo ha llegado a ocurrir esto, simplemente ha ocurrido. Estoy sentado en mi cuarto: a mi derecha, en el suelo, una caja de cartón levemente ensangrentada; sobre mi regazo, un gatito muy pequeño. Hace un par de horas estaba tirado en la calle, empapado, con un pegote de sangre coagulada en la nariz. Ahora está dormido. Al principio no quería que lo tocara, pero es tan pequeñín que no ha sabido oponer resistencia. Unas pocas caricias han bastado para tranquilizarlo. Ha sido hermoso. A cada caricia se le iba ablandando el cuerpo, y la cabeza, que al principio estaba tensa y erguida, fue dejándose caer poco a poco en mi brazo. Llamadme cursi, pero no puedo ni quiero negarlo: me ha emocionado sentir cómo esa cabeza diminuta pesaba más y más, más, más, hasta que al fin se quedó dormido. He apagado la luz. Estoy escribiendo estas líneas con el brillo de la pantalla al mínimo: no quiero que se despierte. De vez en cuando estornuda. No sé qué vamos a hacer con él.

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