domingo, 9 de enero de 2011

Reencuentro


Reencontrar a un amigo después de algún tiempo es como entrar en nuestra propia habitación a oscuras: aunque nos resulta familiar avanzamos a tientas, tropezando con los muebles, palpando las paredes y las puertas, descifrando con torpeza unas formas sobradamente conocidas, hasta que logramos hacernos una imagen del lugar y empezamos a movernos con soltura. Sí, los reencuentros son siempre confusos. Al principio nos sentimos desorientados, la vista y el oído y la memoria nos inspiran desconfianza, y decidimos encomendarnos al sentido más fiel: cerramos los ojos y acariciamos el rostro del amigo, igual que se acaricia un mapa, acariciamos las cejas y las mejillas y los párpados, acariciamos la nariz y la barbilla y los labios, hasta que las manos nos dicen que no hay duda, que es él.

Reencontrarse con la soledad después de algún tiempo es algo parecido. Hay una sola diferencia: el rostro que desciframos en la oscuridad no es el de un amigo, sino el nuestro.

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