sábado, 22 de enero de 2011

Envidia

Este verano estuve en un bar muy cool. Un sitio de gente guapa, guapa de verdad. Restaurante por un lado, bar de copas por otro. Ambientación exquisita. La música lounge te ponía fino fino, tierno pero no guarro. Y los neones azules lo envolvían todo en una penumbra irreal que te hacía sentir que flotabas en el fondo del océano. Allí no había mujeres, sino sirenas. Eran todas tan lindas que te entraban ganas de chuparlas, de morderlas, de refregarte a lo bestia, o, como mínimo, de hacerte una foto con ellas y mandársela a tu exnovia. Y los hombres, ah, los hombres. A mí no me gustan los hombres, pero no me habría importado que me gustaran los de allí. Estoy seguro de que tenían músculos desconocidos, recónditos músculos repartidos por los rincones más insospechados del cuerpo, músculos montaraces, como esos animales que se esconden en la espesura de la selva y de los que no sabemos nada, sí, tenían músculos para los que la ciencia aún no ha inventado un nombre, y sabían hacerlos resaltar bajo la ropa ajustada, desafiando a la intrépida exploradora que se atreviera a internarse en tierras salvajes. A su lado, yo debía de parecer un muñeco inflable desinflado.

Ya llevábamos allí un ratito cuando descubrimos que desde el interior del bar se accedía directamente a un gimnasio, o al revés. De hecho (eso lo descubrí más tarde), el bar era un anexo a un gran centro deportivo, con piscina, gimnasio y no sé cuántas cosas más. Al principio aquello me sorprendió, pero luego me pareció lo más natural del mundo. Después de todo, hoy en día, el deporte y la vida nocturna no sólo no se oponen sino que se complementan: uno va al gimnasio para ponerse cachas (por favor, que nadie me diga que lo hace para estar saludable), y uno sale de fiesta para lucir palmito. Para follar también, claro, pero eso es secundario: lo que nos gusta no es tanto desear, ni muchísimo menos satisfacer el deseo, como sentirnos deseados. Follar es algo maravilloso, pero aún mejor es saber que todas las tías quieren follarnos. Y para conseguirlo, según parece, lo mejor que podemos hacer es reventarnos en el gimnasio, darnos una duchita rápida, meternos en un bar antes de que los músculos se desinflen y quedarnos allí de pie, entornando los ojos y apretando el cuerpo, hasta que las chicas nos vean y se nos echen encima. En realidad, lo extraño no es que aquel gimnasio tuviera su propio bar de copas, sino que no lo tengan todos los gimnasios: es un negocio redondo.

Bien, ¿y por qué escribo todo esto? Por envidia, naturalmente. Que yo recuerde, nunca he visto en mi cuerpo un solo músculo, ni siquiera uno pequeñito. Bueno, sí, creo que una vez me salió un abdominal, aunque, ahora que lo pienso, a lo mejor era una roncha. Mil veces he soñado con el momento en que deje atrás mis prejuicios (o ellos me dejen atrás a mí) y me decida al fin a apuntarme al gimnasio. En mis sueños, el tipo que viene a atenderme es un hombre bajito y compacto, muy parecido a las torres del ajedrez. Me mira de arriba abajo, sonríe compasivamente y dice: «Buenos días, ¿qué le pongo?» «Pues, a ver… Póngame un par de pectorales, pero duros, ¿eh?, no de ésos pellejosos que a la primera de cambio se atocinan y se ponen blanduchos. Póngame también unos tríceps, medianitos, no hace falta que sean muy grandes porque los tríceps apenas se ven. Y cinco o seis bíceps, ¿cómo, qué sólo puede ponerme dos? Vale, pero que sean bien gordos…» Después, con los músculos recién puestos, me planto en el bar del gimnasio y la camarera me sonríe y soy el rey de la noche y me hago muchas fotos y me follo a una rubia, no, a dos. Y, lo mejor de todo, al día siguiente cuelgo las fotos en facebook y paso el resto de la tarde (qué digo, el resto de la semana) leyendo y contestando los cientos de comentarios que escriben mis admiradores. ¿De dónde ha salido esa rubia? Me gusta tu camiseta. A mí me gusta más lo que hay debajo. Mm, pervertida. Es que estás buenísimo. Jejeje, gracias. Joder, tío, cómo te lo montas. QUIERO SER TÚ!!! XD XD XD. Mil veces lo he soñado, pero a la hora de la verdad me abruma la cantidad de cosas que me quedan por hacer; no sé si debo empezar por abrirme una cuenta en facebook, por salir a buscar ropa ajustada, por apuntarme al gimnasio o por comprarme un teléfono nuevo, uno de ésos modernos que sacan fotos perfectas incluso en la penumbra del bar. Me quedo atascado, indeciso, trato de moverme pero las manos y los pies me tartamudean, y acabo abriendo un libro o emborrachándome, que para el caso es lo mismo.

En fin, machotes, yo sé que no os importa lo que piensen de vosotros, yo sé que estáis más allá de los piropos, pero, como a nadie le amarga un dulce, os mando mi más sincera y cariñosa envidia. Espero que os aproveche.

domingo, 16 de enero de 2011

O lo peor

Cuando algo nos pesa en la conciencia, lo mejor que puede pasarnos (o lo peor, según se mire) es descubrir que alguien a quien admiramos comparte nuestro pecado… Y que se siente orgulloso de él. Hoy, tras varios días preguntándome si tiene sentido seguir volcando mi mierda en el blog (en realidad, lo que me preguntaba era cuánta mierda puede uno echarse encima antes de empezar a oler mal), ha venido en mi auxilio Canetti, aforista genial a ratos, a ratos viejo gruñón. Oigámoslo: Di tus cosas más personales, dilas, es lo único que importa, no te avergüences, las generales están en el periódico. Como máxima no es gran cosa (no es una de esas frases que uno se tatúa en la frente para recordarla cada vez que se mire al espejo), pero creo que me ha ayudado a salir del paso.

domingo, 9 de enero de 2011

Reencuentro


Reencontrar a un amigo después de algún tiempo es como entrar en nuestra propia habitación a oscuras: aunque nos resulta familiar avanzamos a tientas, tropezando con los muebles, palpando las paredes y las puertas, descifrando con torpeza unas formas sobradamente conocidas, hasta que logramos hacernos una imagen del lugar y empezamos a movernos con soltura. Sí, los reencuentros son siempre confusos. Al principio nos sentimos desorientados, la vista y el oído y la memoria nos inspiran desconfianza, y decidimos encomendarnos al sentido más fiel: cerramos los ojos y acariciamos el rostro del amigo, igual que se acaricia un mapa, acariciamos las cejas y las mejillas y los párpados, acariciamos la nariz y la barbilla y los labios, hasta que las manos nos dicen que no hay duda, que es él.

Reencontrarse con la soledad después de algún tiempo es algo parecido. Hay una sola diferencia: el rostro que desciframos en la oscuridad no es el de un amigo, sino el nuestro.