viernes, 18 de noviembre de 2011

El futuro de la literatura

Alfonso Reyes escribió en 1921: «Ya no hay quien no escriba para el público artículos de dos o tres líneas. En estética, microrrealismo, y en estilo, monosilabismo. Así va el mundo. Y a juzgar por el aceleramiento de la vida, así como se ha dicho que la revista matará al libro, puede asegurarse que la nota matará al artículo. No se ve, antes de aventurarse en una lectura, si el asunto nos interesa, si la firma nos merece confianza: se ve si ocupa más de tres páginas. Los libros de notas serán la literatura del mañana, y ya casi son la de hoy. También los tratados de filosofía sistemática se van transformando en “ensayos”, palabra del escepticismo.»

Si viviera hoy, quizá el gran don Alfonso (ojo, en ese don no hay ni pizca de ironía: lo admiro de veras, aunque a veces me den ganas de pegarle un cogotazo) se alegraría de comprobar que su profecía se ha cumplido en parte, porque a todos nos gusta comprobar que tenemos razón, aunque en ello nos vaya la vida. Del mismo modo, supongo, se alegraría de comprobar que en parte no se ha cumplido, porque don Alfonso amaba la literatura, y el que la ama se alegra de que perviva en todas sus formas: notas y artículos, ensayos y tratados, etcétera. En cualquier caso, sus palabras nos rechinan, como ocurre cada vez que los escritores se ponen a dar pataletas, cada vez que adoptan ese aire enfurruñado que les sale al hablar de lo hermoso que era todo en los viejos tiempos, y lo pobres y asquerosas que resultan en comparación las cosas de hoy en día, especialmente la literatura. Lo imagino aquí a mi lado, preguntándome cómo he llegado yo, en pleno siglo XXI, a su libro. Para excusarme, le explicaría que ya había leído varias cosas suyas, que su prosa me parece, como a Borges, una de las más encantadoras que pueden leerse, bla bla bla; después, con la cabeza baja, confesaría que este libro en concreto lo he encontrado tecleando en el catálogo de la biblioteca la palabra ensayos. Lo imagino meneando la cabeza con aire resignado: ya lo decía yo, ¡ya lo decía yo! ¡Ensayos! Incluso tú, que estudiaste filosofía, rehúyes los tratados serios, los gordos, y te contentas con esas migajas filosóficas que son los ensayos. ¡Y seguro que has leído ese articulito antes que ningún otro porque era el más corto! Yo me pondría un poco coloradote (en efecto, he comenzado, como siempre, por el más corto), y en cuanto se diera la vuelta empezaría a rajar de él y a hacerle muecas por la espalda. Y quizá, para completar mi venganza, escribiría en el blog una entrada sobre la pesadez de los hombres de letras, que parecen encontrar un placer masoquista en vaticinar el fin de la literatura. Hablaría de los pobres infelices que hoy tienen pesadillas con los blogs y con los libros electrónicos. No os preocupéis, muchachos, les diría. En todos los tiempos ha habido letraheridos que, como vosotros, se empeñaban en guardar luto por el futuro de la literatura, y a pesar de sus esfuerzos la literatura ha sabido sobrevivir. Figuraos, en los años veinte creían que las revistan matarían a los libros. ¡Las revistas! ¿Habrase visto algo más mierdoso y más poca cosa que una revista? Desde luego, el que no se atormenta es porque no quiere. Diría que tal vez dentro de unos años los literatos llorarían la muerte (real o, más probablemente, imaginaria) de los blogs o de los libros electrónicos o de lo que quiera que por entonces identifiquen con la literatura, y que la literatura, una vez más, no haría caso de sus lloriqueos y seguiría adelante, vaya usted a saber en qué formato. Haría una breve mención al microrrealismo que tan encendidamente denunciaba don Alfonso, y me reiría de que a un hombre como él pudiera preocuparle semejante estupidez. También en nuestros días, diría, hay escritores (sólo escritores) que, como él, no tendrían inconveniente en meterles un dedo en el ojo a otros escritores, sólo porque tienen la manía de comprimir hasta la asfixia lo que, según ellos, merece ser desarrollado en quinientas páginas; y hay escritores (sólo escritores) a los que no les importaría meter bajo tierra a otros escritores, sólo porque tienen la manía de emborronar quinientas páginas para decir lo que, según ellos, puede decirse en cinco líneas. Unos y otros, diría, se parecen a esas marujas que ya no le importan a nadie, y que sólo encuentran consuelo en putear a sus vecinas por ir demasiado maquilladas, o demasiado poco. Finalmente, si escribiera esa entrada, supongo que en algún momento empezaría a quejarme yo también, del futuro o del pasado o del presente de la literatura, y terminaría diciendo que el formato de los escritos, por suerte o por desgracia, cambiará mil y una veces a lo largo del tiempo, mientras que el lloriqueo de los escritores, por desgracia, sin duda por desgracia, seguirá siendo siempre el mismo.

martes, 25 de octubre de 2011

24 de octubre

Todo el mundo sabe que cuando vemos una estrella o un planeta lejanos no los vemos tal como son ahora, sino tal como fueron hace tiempo. Si están, por ejemplo, a cien años luz de la Tierra, lo que vemos es la luz que emitieron cien años atrás, una luz que ha viajado durante un siglo a través del espacio, a trescientos mil kilómetros por segundo, hasta llegar a nosotros. Todo el mundo lo sabe, sí, pero no deja de dar miedo pensar que alguien, muy muy lejos de aquí, pueda observarnos a nosotros del mismo modo. Con un buen telescopio, los habitantes de un planeta situado a algo más de dos mil años luz de la Tierra podrían estar contemplando ahora mismo a Jesucristo. Un bicho alienígena, dentro de cientos o miles de años, podría ponerse las gafas de lejos y veros sentados frente al ordenador, leyendo estas líneas. Y, en fin, alguien que viva exactamente a 28 años luz de aquí, ni un día más ni un día menos, podría estar viéndome nacer en este mismo momento. Da miedo, claro, cómo no va a dar miedo saber que nada de lo que hacemos desaparece, que incluso el más mínimo gesto está lleno de fotones que viajan en el espacio incansablemente, atravesando galaxias y constelaciones, alejándose, alejándose, alejándose de nosotros a la velocidad de la luz. Hostias, sí que da miedo, porque si el universo es realmente infinito ese viaje debe de ser interminable, y de algún modo tienen razón los que dicen que vivimos eternamente. Y si no lo es, si el universo tiene un final, todas nuestras acciones, reducidas a luz, a iones, a radiación, deben de ir a parar a allí, donde tal vez rebotan o son despedazadas o perdonadas. Quizá ese final es Dios, quizá es el cielo o el infierno. Quizá es un libro o un ojo o la nada. Quizá el universo es circular y el final es la meta, que es de nuevo el final que es de nuevo la meta. Sea como fuere, amigos, si ese lugar existe (y quiero que exista, quiero que exista), nada me gustaría más que encontraros allí, mañana, pasado mañana o dentro de mil millones de años luz, invitaros a una cerveza y a un cubata y a lo que haga falta, celebrar mi cumpleaños con vosotros, coño, emborracharme y deciros a la cara esas cosas que sólo dicen los borrachos, en vez de limitarme a escribiros esas cosas que sólo escriben los cursis.

jueves, 20 de octubre de 2011

Temporada 3, capítulo 11, 00:54:00

Más acá de la antigüedad clásica, lo más parecido a una obra de arte total es una tragedia de Shakespeare. Más acá del siglo XVII, lo más parecido a una tragedia de Shakespeare es una novela de Dostoievski. Y más acá del siglo XIX, lo más parecido a una novela de Dostoievski es The wire.

martes, 27 de septiembre de 2011

Joubert

Cioran asegura que en una ocasión se negó a conocer a un hombre sólo porque supo que era insensible a Dostoievski y a la música. Cuando leí la anécdota, hace años, pensé que se trataba de uno de los estúpidos desplantes de Cioran, o, en caso de ser falsa, de una de sus estúpidas fanfarronerías. Hoy creo entender que fue un acto de prudencia. Para él, Dostoievski o la música no eran meros pasatiempos, ni siquiera placeres más o menos refinados, sino expresiones o facetas de su propio carácter. Nadie que fuera incapaz de confraternizar con ellos podría hacerlo con él; a la larga, intentar ganarse su amistad le acarrearía únicamente desengaños. Pues bien, desde ahora, yo me niego a conocer a todo el que sea insensible a Joubert.

sábado, 24 de septiembre de 2011

Lo que tienen que decirme


Han vuelto. No sé quiénes son, no sé qué son, pero han vuelto. Poco a poco irán ganando terreno, en silencio, como la carcoma, y acabarán apoderándose de toda la casa. Lo sé, ya ha ocurrido otras veces. Esperan a que deshaga las maletas, esperan a que ordene los armarios  y coloque los libros,  esperan a que me instale en esta fiesta aburrida que es mi vida cotidiana, y entonces vuelven. Vosotros no entendéis, no, vosotros no entendéis, pero yo sé.  Es, por ejemplo, la ventana, no, las puertas, no, el flexo, el flexo acurrucado al fondo de la cama, mirándome, ¿me mira?, no, es simplemente el flexo, ¿entendéis?, esperando, paciente, inmóvil, hora tras hora, noche tras noche,  mientras el resto de la casa permanece a oscuras, o ese espejo enorme que hay al fondo del pasillo, él si me mira, él sí me mira, yo sí te miro, maldito, un día acabaré por romperlo, o los platos, los platos sucios que aparecen de pronto donde menos te lo esperas, en un cajón, en el suelo, en la mesita de noche, con restos secos de espaguetis o de arroz, a veces con una mosca flotando en la sopa, por no hablar de los libros, ¿quién los cambia de sitio en cuanto me doy la vuelta, quién los saca de sus estantes y los amontona en el escritorio, en la bañera, en el fregadero? Son ellos. Han vuelto. En mitad de la noche me despiertan susurrándome al oído, ahora, dicen, ahora, y yo salto de la cama y corro por la casa a oscuras en busca de la libreta que ellos han escondido, ahora, ahora, y yo tropiezo con los muebles y maldigo y sigo buscando, ahora, ahora, y yo sudo, gimo, escupo,  ahora, escucha, y ése es el momento en el que a veces se apiadan de mí y encuentro la libreta, justo a tiempo de escribir lo que tienen que decirme.

jueves, 15 de septiembre de 2011

Vida nueva, escena 7, toma 839

De un tiempo a esta parte, raro es el año que no cambio de vida al menos una vez. Antes, esos cambios respondían a una búsqueda de novedad; últimamente, creo que responden a una búsqueda de perfección, si es que puede llamársela así. No cambio de vida para hacer algo nuevo, sino para tratar de hacer bien lo que ya he hecho mal cientos de veces. Es como si estuviera rodando una película y no acabara de gustarme cómo queda una escena, una escena muy estúpida, y a pesar de las protestas del resto del reparto me negara a darla por buena y no hiciera más que repetirla, repetirla, repetirla, mientras a mi alrededor la gente se aburre y decide seguir avanzando sin mí. No sé si será así de aquí en adelante o si algún día me rendiré y pasaré página; sé que la cosa no tiene visos de cambiar a corto plazo. El último intento de reescribir (de corregir) ese terco capítulo data de hace sólo unas semanas, y supongo que aún me llevará varios meses darlo por errado. Por algún motivo, debo de haber pensado que una nueva mudanza me hará bien, que en esta vieja casita de la zona norte Málaga encontraré lo que no he encontrado en la zona sur, lo que no encontré en Santiago, en Salamanca, en París ni en Granada. Sí, debo de haberlo pensado, y, aunque parezca increíble, lo sigo pensando. Nunca acabará de sorprenderme la ingenuidad del hombre, la facilidad con que olvidamos el golpe que acabamos de darnos y nos dirigimos de nuevo, sonrientes y esperanzados, hacia la misma piedra; nunca acabará de sorprenderme y nunca acabaré de agradecerla. No es para menos. El paso de la brutalidad simiesca a la estupidez humana debió de ser uno de los saltos más duros de la evolución. A la naturaleza, sin duda, le costó lo suyo dar con una fórmula tan productiva, y una vez que la halló la repartió generosamente entre todas las personas, sin escatimar lo más mínimo. ¿Qué sería de nosotros si no pudiéramos creer, contra todas las evidencias, que esta vez sí, que ahora sí, que aquí sí? ¿Y qué sería, dios mío, de las agencias inmobiliarias? Aquí y ahora: parece un mantra, parece el eslogan de una marca de cerveza, pero es sólo un pretexto para aplazar la muerte. Aquí y ahora, muchachos: vida nueva.

jueves, 28 de julio de 2011

Matar a Victoria Beckham

Últimamente algunos críticos literarios andan preocupadillos por el auge de los blogs. Los bloggers, por su parte, empiezan a creerse que acabarán reemplazando a los suplementos culturales y que se convertirán en los nuevos gurús de la literatura. Unos y otros sueñan con guiar a las masas lectoras, con marcar el rumbo de la literatura del futuro. Pobrecillos, alguien debería decirles que en este negocio ni pinchan ni cortan. Aquí, como en todo, los que mandan son los de siempre: ¡los guapos! Ved si no esta noticia. O, si preferís, os la resumo: Victoria Beckham, por lo visto, se ha leído un libro entero. Y claro, leerse un libro y no divulgarlo es como operarse las tetas y no ponerse escote. Así que le ha contado a la prensa que Matar a un ruiseñor es su libro favorito. Naturalmente, las ventas del libro se han disparado. Y cuando digo disparado, quiero decir disparado, no como cuando es un crítico el que apadrina una novela: han aumentado en un 123 por ciento (mierda, no encuentro la tecla ésa del porcentaje, la de los dos circulitos con la raya en medio). La noticia me ha entristecido, porque me apetecía mucho leer esa novela, y si ahora va y la recomienda doña Victoria, pues como que se le quitan a uno las ganas. Suerte que ya hace tiempo que vi la película (hace tiempo que la vi por primera vez); de lo contrario, sólo por llevarle la contraria a la Beckham, quizá me habría negado a verla y me habría perdido una de las mejores películas del cine mundial. Y ahora, con vuestro permiso, me voy. Tengo que fregar los platos.

miércoles, 27 de julio de 2011

El más grande novelista que jamás ha existido

Bolaño, no recuerdo dónde, decía que Wittgenstein era el más grande filósofo del siglo XX. Lo decía y se quedaba tan pancho, él que sin duda no había leído ni una mínima parte de los filósofos del siglo XX. Por el contrario, Vargas Llosa, que ha leído un montón de novelas, escribió sobre Coetzee: «el surafricano J. M. Coetzee es uno de los mejores novelistas vivos y no digo el mejor porque, para hacer una afirmación semejante, habría que haberlos leído a todos. Pero, entre los que conozco…» Quizá ambas declaraciones sean representativas de un modo de entender la literatura. Quizá Vargas Llosa (que es un gran novelista) la entienda como un camino ascendente hacia el Nobel, y Bolaño (que también lo fue), como un camino ascendente hacia el cariño, la devoción o el rencor de los lectores.

Yo he dicho a menudo (sobre todo estando borracho), que Dostoievski es el más grande novelista que jamás ha existido. Si Vargas Llosa me hubiera oído decirlo, y si además de oírme le hubiera parecido digno de atención lo que un borracho como yo pudiera opinar, tal vez me habría corregido. Debes hablar con más propiedad, me habría dicho. Debes limitarte a decir que es el más grande novelista que has leído. En un mundo razonable y aburrido le daría la razón (y no sólo eso: más tarde, cuando me repusiera de la emoción de haber cruzado unas palabras con él, correría a contárselo a mis amigos: oh, dios mío, les diría, ¡qué hombre! He ahí una persona que no se deja dominar por sus gustos. ¡Y qué manera de expresarse! Y esas cejas, y el flequillo, y la corbata… ¡Es tan elegante! Menos mal que por fin le han dado el Nobel, porque mira que si llega a morirse antes de que se lo den, si llega a morirse... ¡Ay, no quiero ni pensarlo!). Por suerte, no vivimos en ese mundo, y nadie me va a negar el gusto de decir que nunca ha habido un novelista como Dostoievski. ¡Ni lo ha habido ni lo habrá! Lo digo bien alto y sin matices: decirlo de otro modo sería como no decirlo, o, peor aún, como decir lo contrario. Introducir en un piropo una duda razonable equivale a anularlo, casi a invertirlo. Es como decirle a una muchacha: oye, chica, eres guapísima. Yo diría que eres la muchacha más guapa del mundo, pero quién soy yo para decir eso, ¡yo, que sólo he conocido a mi hermana y a mi madre! A mí, ya te digo, me pareces muy guapa, pero seguramente haya por ahí miles de muchachas más guapas que tú, sólo que no he tenido la suerte de encontrarlas. Dicho así, es prácticamente un insulto. Un insulto, además, doblemente dañino, porque no sólo afecta a quien va dirigido, sino también a quien lo formula. Al primero (a la muchacha, a Dostoievski, a Coetzee) se le niega el derecho a ser amado como dios manda, es decir, ciegamente; y el segundo (el enamorado, el lector) se niega a sí mismo el deber (el privilegio) de amar a su amado como dios manda, es decir, endiosándolo.

sábado, 16 de julio de 2011

Para compartirla

Donde quiera que voy llevo conmigo una libretita en la que voy apuntando las chorradas que se me ocurren, algunas de las cuales (pocas, poquísimas) acaban apareciendo en el blog. Hoy he llegado a la última página de una de esas libretas y he ido a comprar otra. Como siempre, afronto la elección como si de ella dependiera mi suerte. Es absurdo, pero cada vez que estreno una libreta siento que empieza una nueva etapa, igual que nos ocurre a veces cuando cambiamos de peinado o de zapatos; igual que nos ocurre siempre cuando cambiamos de ciudad. Lo más importante es la elección del color. Bueno, no, hay otras cosas importantes. Por ejemplo, si las hojas son de cuadraditos, éstos tienen que estar impresos en un tono muy suave, casi invisible. De lo contrario se superponen a la tinta del bolígrafo y la lectura se hace trabajosa, como si leyéramos las palabras a través de unas rejillas. También son importantes la calidad del papel, el grosor de las pastas y el tipo de encuadernación. Pero el color de las tapas tiene una importancia distinta, tal vez más sustancial: lo demás puede intervenir directa o indirectamente en la escritura; el color interviene en mi estado de ánimo. En esta ocasión tenía que elegir entre una libreta color mostaza, que al principio me llamó la atención porque nunca he usado una libreta mostaza; una roja que descarté enseguida porque la última era roja; una de un verde apagado, triste, más apropiada para el otoño o el invierno que para el verano; y ésta, que estaba enterrada al fondo del montón. En cuanto la vi supe que era la mía. Es de un hermoso verde eléctrico: inevitablemente me hizo pensar en los tiempos de la facultad, cuando asociaba un color a cada asignatura en función de las pastas de las libretas (quizá eso mismo me haga asociar, en el futuro, un color a cada etapa de mi vida). La ética era amarilla, la teoría del conocimiento, gris, y la filosofía oriental roja. Y verde, de un hermoso verde eléctrico, era la mejor asignatura de todas: filosofía de la vida, de María Victoria Parrilla. Ahora, siete años después de asistir a sus clases, ese verde vuelve a mí. Es curiosa esa alianza entre el siete y el verde, porque el verde, acaba de ocurrírseme, es a los colores lo que el siete a los números. A él me encomiendo. Verde, dame fuerza para escribir y alegría para compartirla.

lunes, 20 de junio de 2011

Día de limpieza

Nunca abandonéis a dos cables juntos en un cajón: hallarán el modo de enredarse y convertirán ese cajón en un lugar hostil. No lo hacen por maldad: sólo obedecen su instinto. Están sujetos a la Ley de Atracción de Desamparados, la misma que hace que los españoles, al llegar al extranjero, se las arreglen para conocer únicamente a españoles; la misma que hace que los calvos, cuando entran en un bar, busquen con esperanza otros calvos.

sábado, 18 de junio de 2011

Melodrama (que nadie se ofenda, sólo es literatura)

Lo bueno de estar de vuelta en Málaga es que siempre tengo los nervios a flor de piel, y eso me ayuda a liberar ciertas cargas. Aquí, en lugar de preguntarme si tengo derecho a ponerme melodramático, me pongo melodramático sin más. Es estupendo. Me imagino a mí mismo quemando todos mis libros, pisoteando la tarjeta de crédito y arrojando al mar el teléfono. Me imagino enfilando una carretera abandonada rumbo a ninguna parte, a pie, descalzo, con los bolsillos vacíos y el corazón lleno de remordimientos. De vez en cuando llueve y tengo que guarecerme en una gruta. Allí me desnudo y me masturbo y me acurruco en posición fetal, y así paso varios días, escuchando el gruñido de mis tripas, tiritando y tosiendo como un descosido, hasta que un guarda forestal oye mis gemidos y me rescata. Me lleva a su cabaña, donde le cuento mis cuitas al calor de la hoguera. Me da de comer y de beber, y cuando cree que estoy dormido me acaricia el pelo. Vivimos juntos un par de meses, yo sabiendo que él me ama y él sabiendo que nunca podré corresponderle. El día de mi partida (para entonces ya es invierno y el bosque está  cubierto de nieve), me regala un abrigo y me desea suerte. Yo le regalo un beso. En la historia no faltan los amores sórdidos, las borracheras, el hambre. Hay un grupo de mendigos que me acogen cariñosamente y que en cuanto me despisto me apalean y me roban hasta los calzoncillos. Hay también un perro vagabundo, un viejo misterioso, un niño al que le falta el ojo izquierdo, un gato al que le falta el ojo izquierdo, una profecía, un asesinato, un intento de suicidio, un fantasma. Y ese momento sublime en que me arrodillo y grito y lloro y amenazo al cielo con los puños y le pido al diablo que venga a por mí. A partir de entonces la historia cambia. Aparece un desconocido que me facilita un carné de identidad falso, un traje azul, un billete de diez euros y un peine. Es todo lo que necesitas, dice. Y, en efecto, eso basta para hacerme rico, para sobornar a un banquero, para verme envuelto en una oscura trama inmobiliaria, en fin, lo de siempre: drogas, sexo, putas de lujo, coches caros, una fiesta de bikinis en mi yate. Miedo, de repente miedo. Me observan, me vigilan. Una breve crisis paranoica, una nueva huida y más carreteras abandonadas, más guardas forestales, más vagabundos. Es genial, me imagino todo eso y no me siento ridículo. Me regodeo en el patetismo como un cerdo en un charco, y doy gracias por ello. Gracias, Málaga. Gracias a todos los que lo hacéis posible. Os quiero a muerte.

viernes, 17 de junio de 2011

Y no la guerra

Yo hace tiempo que lo tengo claro: si la novela es la máxima expresión artística del siglo XIX y el cine lo es del XX, en lo que llevamos de XXI la medalla se la lleva el porno. Juro con la mano sobre el Kamasutra que algunos vídeos amateur me han emocionado más que los mejores momentos de Orson Welles. Ea, ya lo he dicho. Y ahora, aunque no tenga mucho que ver, una foto.


El mundo sin las personas que lo afean y lo arruinan

El último año de carrera me matriculé en filosofía social. No lo habría hecho si hubiera sabido que Manuel Toscano era uno esos profesores que se toman en serio la asistencia a clase: nunca dijo claramente que fuera obligatoria, pero lo dio a entender. Y a mí me salían sarpullidos en cuanto algo me sonaba a obligatorio. Estaba en esa edad en que uno cree que nadie tiene derecho a opinar sobre cómo debe hacer las cosas (¿lo sigo estando?), y tenía una alarmante facilidad para proyectar hacia fuera mi propia soberbia. Se creerá muy importante, murmuraba entre clase y clase en los pasillos de la facultad. Se creerá que si no nos empapamos de Su sabiduría no sabremos nunca de qué va el mundo. Naturalmente, me negué a darle el gusto. Aunque sus clases me parecían interesantes (hoy ya no me duele reconocerlo), sólo aparecí por allí dos o tres veces en todo el año.

Sin embargo, me puso buena nota. Y yo, extrañado, fui a verle a su despacho para que me explicara a qué se debía la sorpresa. Es decir, para intentar rebañarle algún piropo. En lugar de eso, me dijo algo que desde entonces he recordado muchísimas veces, casi cada vez que leo un libro reciente. Dijo (no con estas palabras) que mi trabajo no era gran cosa pero que estaba escrito en español, en un lenguaje comunicable. Al parecer, la mayoría de sus alumnos escribía en una especie de lenguaje incompleto, un lenguaje en ruinas, que hubiera quedado a medio hacer o se hubiera desmoronado, compuesto de palabras que no encajaban entre sí o que sólo lo hacían a presión, sin llegar a formar un sentido, del mismo modo que los simples sonidos no llegan a formar una melodía si no están bien colocados. En esas circunstancias, el simple hecho de que un texto fuera más o menos inteligible bastaba para asegurarle una buena nota.

Pues bien, desde que me he empezado a interesar por los escritores jóvenes (el término es vago, lo sé, porque hoy los escritores siguen siendo jóvenes promesas hasta la edad de jubilación obligatoria), la sensación de estar leyendo ese tipo de redacciones escolares (o mejor, preescolares) ha sido más que recurrente. Igual que mi profesor, me he acostumbrado a leer textos tan jodidamente malos que cuando alguno está escrito correctamente me dan ganas de aplaudir. Y eso no puede ser. Es penoso. Yo no sé si hay que escribir correctamente, pero sí sé que eso, en cualquier caso, es poco: no basta, no puede bastar que algo esté escrito correctamente para que merezca la pena leerlo. Sí, ya sé, os oigo: es que vivimos malos tiempos, dice alguien suspirando, no se le pueden pedir peras al olmo, se lamenta otro, en el país de los ciegos, el tuerto es el rey. De acuerdo, pero, aunque eso fuera verdad, en esto de la literatura las fronteras están a un tiro de piedra, y es facilísimo dar un saltito y plantar el pie en un país más rico. Es de imbéciles venerar a un tuerto cuando en el estante de al lado sigue habiendo reyes clarividentes. No sé vosotros, pero yo prefiero ser el último esclavo de Dostoievski que el secretario personal de Ken Follet (y conste que hablo desde la máxima admiración hacia mi queridísimo Ken, cuya espesa y luminosa cabellera me parece envidiable).

Todo esto lo vengo pensando hace años (sé que es ridículo invertir más de treinta segundos en pensar esta chorrada, pero, en fin, uno no hace lo que quiere sino lo que puede). Si no lo había escrito antes es porque no tenía una buena excusa para hacerlo. Ahora la tengo. Una excusa que es también un motivo de celebración: al fin he dado con un magnífico libro escrito por un joven escritor de mi tiempo. Se trata de El mundo sin las personas que lo afean y lo arruinan, de Patricio Pron. De los libros de mis coetáneos (veinte años arriba, veinte años abajo) que he tenido la suerte o la desgracia de leer, es probablemente el más interesante, y sin duda el más ambicioso. Entre otras cosas, tiene varios cuentos magistrales, como el perfecto Un cuento sobre la nieve o el imperfecto La visita al maestro. Es, creo, el libro de un hombre que no sólo aspira a hacerse ver (a eso aspiramos todos), sino también a hacer ver. El libro de un hombre que tal vez nunca aprenda a no darse importancia, pero que ya ha aprendido a dársela a otros. Quizá, simplemente, es el libro de un hombre que ama la literatura.

lunes, 13 de junio de 2011

El fin de algo

Anoche, a las cuatro de la mañana, tropecé con un control policial en la carretera. Mientras me acercaba noté que el corazón me latía muy fuerte. Las manos me temblaban. Y, sin embargo, quería que me pararan: que me miraran con recelo, que me cachearan, que registraran el coche y que no encontraran nada. Según parece, aún queda en mí un resto de esa culpable conciencia adolescente que me hacía sentir liviano, transparente, libre, cuando no llevaba hachís. Paradme, cabrones, pensaba. Sé que no os fiáis de mí, sé que queréis joderme, pero os vais a quedar con las ganas. Dos policías cortaron el paso al coche que me precedía y le ordenaron detenerse en el arcén. Luego llegó mi turno: un policía me apuntó con la linterna, me echó un vistazo a través de la ventanilla y con un gesto aburrido me indicó que siguiera adelante. Experimenté un ligero alivio: aunque quería que me parasen, siempre es un alivio quitarse a la policía de encima. Pero después, a medida que los perdía de vista, me fui sintiendo más y más pequeño, más y más insignificante. Llegué a casa con la extraña sensación de haber encogido varios centímetros. Estuve un buen rato mirándome al espejo, tratando de comprender por qué me sentía tan decepcionado. Al principio creí que se debía a que no pude demostrarles que no era un tipo peligroso. Ahora comprendo que se debe a que ellos me lo han demostrado a mí.

miércoles, 25 de mayo de 2011

Grace Paley

Leer a Grace Paley es una experiencia terrible. Cada dos páginas nos asalta la impresión de que ahí delante, frente a nosotros, hay una mujer a la que la vida ha maltratado, una mujer acostumbrada a sufrir, una mujer dura que, llegada al límite de sus fuerzas, la emprende a patadas con la escoba y con el plumero, arroja a los niños por la ventana y se desploma en el sofá. La vemos encender la tele y agarrar una botella de whisky, la vemos hurgar en el botiquín en busca de los somníferos, y, mientras bebe un trago tras otro y se traga una pastilla tras otra, la oímos contar chistes crueles sobre sí misma. Lo peor de todo es que son chistes buenísimos y no podemos evitar reírnos.

Llegar tarde

Supongo que en Irlanda conocerá poca gente aquella historia tan linda (y probablemente apócrifa) de Fray Luis de León, ésa que tanto les gusta contar a los buenos profesores de instituto y a los malos profesores de universidad. Y aquí pocos conocemos la de Eamon de Valera, el primer presidente de la república de Irlanda. Es curioso, porque son la misma historia. Fray Luis, ya sabéis, daba clases en la universidad cuando lo arrestaron los chupacirios de la santísima inquisición. Estuvo entre rejas durante cinco años. Una vez que lo soltaron y volvió a dar clases, lo primero que les dijo a sus alumnos fue: Como decíamos ayer… Por su parte, Eamon de Valera fue arrestado mientras daba un discurso incendiario en favor de la independencia de Irlanda. Al salir de prisión, un año más tarde, sus feligreses lo acosaron para que volviera a hablar, y él, que seguramente llevaba varios meses preparando la respuesta, dijo: Como iba diciendo antes de ser tan bruscamente interrumpido… Hasta ahora, siempre había dado por supuesto que tanto el uno como el otro no pretendían otra cosa que asegurarse un puesto de honor en el anecdotario patrio, pero ya no estoy tan seguro. Es decir, sigo pensando que pretendían eso, aunque puede que no sólo eso. ¿Por qué he cambiado de opinión? Fácil: porque me he dado cuenta de que dar explicaciones es un coñazo (y recibirlas, aún más). Me imagino a Fray Luis y al otro ante la multitud, tratando de encontrar el mejor modo de explicar lo que habían estado haciendo todo aquel tiempo, por qué no se habían dejado ver de vez en cuando para tranquilizar a los parroquianos, por qué estaban tan pálidos y ojerosos, por qué se habían quedado en los huesos. Imagino su lucha interior, sus ganas de agradar y su miedo a resultar aburridos (y a ir de nuevo a la cárcel, claro), y, sobre todo, imagino la mueca de asco que debieron de hacer cuando decidieron mandarlo todo a la mierda. A tomar por culo, yo no le debo a nadie ninguna explicación. Voy a hacerme el tonto. Voy a hacer como si en vez de haber pasado una temporada en la cárcel hubiera ido un momentito al baño, a ver si cuela… Como iba diciendo…


Salvando las distancias, a mí me venía pasando algo parecido con el blog: antes de retomarlo quería explicar las razones de la larga ausencia; quería justificarme y pedir perdón y dar las gracias y hola amigos, os debo una disculpa, veréis, lo que ha pasado... Y como no acababa de encontrar el modo de hacerlo, o, más bien, no tenía ningunas ganas de hacerlo, lo iba postergando y postergando y ya se sabe que postergar algo es el modo más fácil de dejarlo de lado. Además, no recuerdo dónde leí que las únicas personas libres son las que saben llegar tarde a una cita y no dar explicaciones. Pues eso. Se acabó. Baste decir que he vuelto a Málaga y que el mundo es una mierda. Y una vez resumidos los últimos meses de mi interesantísima vida, voy a escribir de nuevo sobre lo que me vaya apeteciendo cuando me vaya apeteciendo. Por ejemplo, sobre Grace Paley.

martes, 15 de febrero de 2011

No sé qué vamos a hacer con él

No me preguntéis cómo ha llegado a ocurrir esto, simplemente ha ocurrido. Estoy sentado en mi cuarto: a mi derecha, en el suelo, una caja de cartón levemente ensangrentada; sobre mi regazo, un gatito muy pequeño. Hace un par de horas estaba tirado en la calle, empapado, con un pegote de sangre coagulada en la nariz. Ahora está dormido. Al principio no quería que lo tocara, pero es tan pequeñín que no ha sabido oponer resistencia. Unas pocas caricias han bastado para tranquilizarlo. Ha sido hermoso. A cada caricia se le iba ablandando el cuerpo, y la cabeza, que al principio estaba tensa y erguida, fue dejándose caer poco a poco en mi brazo. Llamadme cursi, pero no puedo ni quiero negarlo: me ha emocionado sentir cómo esa cabeza diminuta pesaba más y más, más, más, hasta que al fin se quedó dormido. He apagado la luz. Estoy escribiendo estas líneas con el brillo de la pantalla al mínimo: no quiero que se despierte. De vez en cuando estornuda. No sé qué vamos a hacer con él.

sábado, 5 de febrero de 2011

Esquizofrenia o cansancio


Llevo treinta horas sin dormir, y la última vez que lo hice dormí sólo tres horas. La cosa no tendría importancia si no llevara repitiéndose, con distintas variaciones, más de una semana. Más de un año, en realidad, y más de cinco, pero ésta es una de las peores rachas que recuerdo. Me obligo a permanecer despierto durante el día para caer rendido de noche. Si no me permites dormir ahora, le digo a mi cuerpo al caer el sol, que sepas que de día seré yo el que no te lo permita a ti. Pero mi cuerpo no se deja engañar, ni mucho menos sobornar. Aquí es él quien manda y lo sabe. Y le gusta la noche.

No es la primera vez que en momentos como éste me acuerdo de David Nebreda. Normalmente me irritan los profetas de la mierda y la  locura, pero creo que él es un artista genuino. Es fotógrafo. La mayoría de los fotógrafos manipula el escenario para establecer las condiciones adecuadas a la creación. Él, que sólo hace autorretratos, prefiere manipular su cuerpo. Se lacera, se mutila y se cubre de excrementos. Se somete a largos periodos de ayuno y a cualquier ejercicio que conduzca al agotamiento extremo. Es, en rigor, un asceta. Como yo. La diferencia es que él lo es a conciencia y yo a mi pesar. La diferencia es que él es un fotógrafo brillante y yo, aparte de narcisista, no sé lo que soy. La diferencia es que David Nebreda es esquizofrénico y yo no. ¿O sí? No lo creo, aunque empieza a haber signos alarmantes. Anoche, por ejemplo, mientras intentaba dormir, me vi a mí mismo abrir la puerta y entrar en mi habitación. Permanecimos en silencio durante horas, yo echado en la cama y yo mismo de pie, mirándonos a los ojos, hasta que empezó a entrar luz por la ventana y me levanté y le cedí a mí mismo mi sitio entre las sábanas.

¿Esquizofrenia?
Aún es pronto para arriesgar un diagnóstico.
Confío en que sea sólo cansancio.

Iba  a  añadir  una  última diferencia entre David Nebreda y yo. Iba  a decir que él es un místico y yo no, pero tampoco de eso  estoy seguro.

William Blake, otro místico (sé que todos conocéis la cita), escribió: el camino del exceso lleva al palacio de la sabiduría. Yo no sé si este agotamiento extremo tiene algo que ver con la sabiduría; sé que no se parece en nada a un palacio, sé que dentro de poco no sabré vivir sin él, y sé que la iglesia ha canonizado a algunos que no hicieron mucho más de lo que yo estoy haciendo: llevar el cansancio al extremo de sufrir alucinaciones. Con un poco de suerte me libraré de ser un puto escritor y me convertiré en un santo. Quizá una de estas noches se abra la puerta de mi habitación y en vez de verme a mí mismo vea el rostro de Dios. O del Diablo.

sábado, 22 de enero de 2011

Envidia

Este verano estuve en un bar muy cool. Un sitio de gente guapa, guapa de verdad. Restaurante por un lado, bar de copas por otro. Ambientación exquisita. La música lounge te ponía fino fino, tierno pero no guarro. Y los neones azules lo envolvían todo en una penumbra irreal que te hacía sentir que flotabas en el fondo del océano. Allí no había mujeres, sino sirenas. Eran todas tan lindas que te entraban ganas de chuparlas, de morderlas, de refregarte a lo bestia, o, como mínimo, de hacerte una foto con ellas y mandársela a tu exnovia. Y los hombres, ah, los hombres. A mí no me gustan los hombres, pero no me habría importado que me gustaran los de allí. Estoy seguro de que tenían músculos desconocidos, recónditos músculos repartidos por los rincones más insospechados del cuerpo, músculos montaraces, como esos animales que se esconden en la espesura de la selva y de los que no sabemos nada, sí, tenían músculos para los que la ciencia aún no ha inventado un nombre, y sabían hacerlos resaltar bajo la ropa ajustada, desafiando a la intrépida exploradora que se atreviera a internarse en tierras salvajes. A su lado, yo debía de parecer un muñeco inflable desinflado.

Ya llevábamos allí un ratito cuando descubrimos que desde el interior del bar se accedía directamente a un gimnasio, o al revés. De hecho (eso lo descubrí más tarde), el bar era un anexo a un gran centro deportivo, con piscina, gimnasio y no sé cuántas cosas más. Al principio aquello me sorprendió, pero luego me pareció lo más natural del mundo. Después de todo, hoy en día, el deporte y la vida nocturna no sólo no se oponen sino que se complementan: uno va al gimnasio para ponerse cachas (por favor, que nadie me diga que lo hace para estar saludable), y uno sale de fiesta para lucir palmito. Para follar también, claro, pero eso es secundario: lo que nos gusta no es tanto desear, ni muchísimo menos satisfacer el deseo, como sentirnos deseados. Follar es algo maravilloso, pero aún mejor es saber que todas las tías quieren follarnos. Y para conseguirlo, según parece, lo mejor que podemos hacer es reventarnos en el gimnasio, darnos una duchita rápida, meternos en un bar antes de que los músculos se desinflen y quedarnos allí de pie, entornando los ojos y apretando el cuerpo, hasta que las chicas nos vean y se nos echen encima. En realidad, lo extraño no es que aquel gimnasio tuviera su propio bar de copas, sino que no lo tengan todos los gimnasios: es un negocio redondo.

Bien, ¿y por qué escribo todo esto? Por envidia, naturalmente. Que yo recuerde, nunca he visto en mi cuerpo un solo músculo, ni siquiera uno pequeñito. Bueno, sí, creo que una vez me salió un abdominal, aunque, ahora que lo pienso, a lo mejor era una roncha. Mil veces he soñado con el momento en que deje atrás mis prejuicios (o ellos me dejen atrás a mí) y me decida al fin a apuntarme al gimnasio. En mis sueños, el tipo que viene a atenderme es un hombre bajito y compacto, muy parecido a las torres del ajedrez. Me mira de arriba abajo, sonríe compasivamente y dice: «Buenos días, ¿qué le pongo?» «Pues, a ver… Póngame un par de pectorales, pero duros, ¿eh?, no de ésos pellejosos que a la primera de cambio se atocinan y se ponen blanduchos. Póngame también unos tríceps, medianitos, no hace falta que sean muy grandes porque los tríceps apenas se ven. Y cinco o seis bíceps, ¿cómo, qué sólo puede ponerme dos? Vale, pero que sean bien gordos…» Después, con los músculos recién puestos, me planto en el bar del gimnasio y la camarera me sonríe y soy el rey de la noche y me hago muchas fotos y me follo a una rubia, no, a dos. Y, lo mejor de todo, al día siguiente cuelgo las fotos en facebook y paso el resto de la tarde (qué digo, el resto de la semana) leyendo y contestando los cientos de comentarios que escriben mis admiradores. ¿De dónde ha salido esa rubia? Me gusta tu camiseta. A mí me gusta más lo que hay debajo. Mm, pervertida. Es que estás buenísimo. Jejeje, gracias. Joder, tío, cómo te lo montas. QUIERO SER TÚ!!! XD XD XD. Mil veces lo he soñado, pero a la hora de la verdad me abruma la cantidad de cosas que me quedan por hacer; no sé si debo empezar por abrirme una cuenta en facebook, por salir a buscar ropa ajustada, por apuntarme al gimnasio o por comprarme un teléfono nuevo, uno de ésos modernos que sacan fotos perfectas incluso en la penumbra del bar. Me quedo atascado, indeciso, trato de moverme pero las manos y los pies me tartamudean, y acabo abriendo un libro o emborrachándome, que para el caso es lo mismo.

En fin, machotes, yo sé que no os importa lo que piensen de vosotros, yo sé que estáis más allá de los piropos, pero, como a nadie le amarga un dulce, os mando mi más sincera y cariñosa envidia. Espero que os aproveche.

domingo, 16 de enero de 2011

O lo peor

Cuando algo nos pesa en la conciencia, lo mejor que puede pasarnos (o lo peor, según se mire) es descubrir que alguien a quien admiramos comparte nuestro pecado… Y que se siente orgulloso de él. Hoy, tras varios días preguntándome si tiene sentido seguir volcando mi mierda en el blog (en realidad, lo que me preguntaba era cuánta mierda puede uno echarse encima antes de empezar a oler mal), ha venido en mi auxilio Canetti, aforista genial a ratos, a ratos viejo gruñón. Oigámoslo: Di tus cosas más personales, dilas, es lo único que importa, no te avergüences, las generales están en el periódico. Como máxima no es gran cosa (no es una de esas frases que uno se tatúa en la frente para recordarla cada vez que se mire al espejo), pero creo que me ha ayudado a salir del paso.

domingo, 9 de enero de 2011

Reencuentro


Reencontrar a un amigo después de algún tiempo es como entrar en nuestra propia habitación a oscuras: aunque nos resulta familiar avanzamos a tientas, tropezando con los muebles, palpando las paredes y las puertas, descifrando con torpeza unas formas sobradamente conocidas, hasta que logramos hacernos una imagen del lugar y empezamos a movernos con soltura. Sí, los reencuentros son siempre confusos. Al principio nos sentimos desorientados, la vista y el oído y la memoria nos inspiran desconfianza, y decidimos encomendarnos al sentido más fiel: cerramos los ojos y acariciamos el rostro del amigo, igual que se acaricia un mapa, acariciamos las cejas y las mejillas y los párpados, acariciamos la nariz y la barbilla y los labios, hasta que las manos nos dicen que no hay duda, que es él.

Reencontrarse con la soledad después de algún tiempo es algo parecido. Hay una sola diferencia: el rostro que desciframos en la oscuridad no es el de un amigo, sino el nuestro.