jueves, 23 de diciembre de 2010

Caricatura

La caricatura, es sabido, se centra en los rasgos generales y presta poca atención a las particularidades. No es tanto el arte de ridiculizar a alguien como el arte de encuadrarlo en un grupo ridículo. No nos reímos de Paris Hilton porque tenga una moto rosa y un coche rosa y ochocientos vestidos rosa, sino porque representa a la perfección el papel de la rubia tonta. Cuantos más matices desarrolle una personalidad, más difícil será encajarla en uno de esos moldes estereotipados. Pues bien, yo no entiendo de matices. Soy el sueño de cualquier caricaturista. Hago, pienso y siento exactamente lo que se espera que haga, piense y sienta un tipo como yo. No soy la excepción que confirma la regla, sino la prueba que confirma la regla. O a lo mejor no. A lo mejor no lo soy pero quiero creer que lo soy. A lo mejor lo soy pero quiero creer que no lo soy. A lo mejor sólo me estoy dejando llevar por el narcisismo enfermizo de la autohumillación.

Sea como fuere, todo esto viene a cuento de algo que me ocurrió hace poco y que me hizo pensar, una vez más, en Kuno Tatewaki (gracias, google), uno de los personajes más cruelmente caricaturizados de Ranma. Puede que lo recordéis: era aquel chico que siempre iba cargado con un puñado de rosas (le gustaba regalárselas a su amadísima), que hablaba del modo más empalagoso posible y que gustaba de ir al cementerio a escribir poemas cursis. Si le quitamos las rosas, ése soy yo. Cuando llego a una nueva ciudad, lo primero que hago es visitar los parques, después las librerías de viejo, después doy un largo paseo por los extrarradios (esa zona de nadie donde acaba la ciudad y empieza el miedo), y por último, sin proponérmelo, como si un hilo invisible tirara de mí, acabo plantándome en el cementerio.

En el de aquí, en el de Granada, me llevé una impresión muy fuerte. Tras la consabida retahíla de nichos y epitafios clónicos («Tus hijos y tus nietos no te olvidan», «Tu familia no te olvida»), llegué a un rincón apartado en el que me llamó la atención algo extraño: las fechas. Allí estaba el nicho de Cristina Fernández, que nació el 21 de marzo de 1982 y murió el 30 de marzo de 1982. En la lápida se leía: «Cristina, te queremos un montón.» Allí estaban los nichos de Javier y Alejandro García, cuyos padres debieron de sufrir lo indecible. Javier había muerto antes de cumplir los diez meses, y Alejandro, que nació cinco años después, vivió sólo dos añitos. Imagino a esos padres luchando durante cinco años por sobreponerse a la pérdida, reuniendo el coraje necesario para traer otro niño al mundo, y al fin, cuando parecía que la vida les daba otra oportunidad... No, no lo imagino, nadie puede imaginar algo así. Allí estaba también el nicho de Laura Jiménez, que nació el 2 de abril de 2003 y murió el 6 de mayo de de 2004. Era el único nicho que no tenía flores: en su lugar, sus padres habían colocado un perrito de peluche, un sonajero amarillo, verde, azul, blanco, rojo, y una muñeca rubísima. El epitafio era el más desolado que he leído jamás. Decía simplemente: «Laura, no queremos olvidarte.»

No voy a decir que me eché a llorar, porque no es verdad. Tampoco voy a decir que un escalofrío me recorrió la espalda, porque es verdad. Sólo voy a decir que desde entonces esa frase me asalta en sueños y me da miedo y me da pena y ya he dicho que me da miedo y no sé por qué pero me hace sentir muy solo y por favor por favor ya no quiero oírla más. Laura, no queremos olvidarte. Laura, no queremos olvidarte.

1 comentario:

  1. snifff snifff, ay omaita que casi lloro o al leer la dichosa frasecita

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