martes, 9 de noviembre de 2010

Mis queridos absurdos

Después de una temporada entre yanquis, un tiempo de dramas realistas y desapasionados (sí, ya sé que la literatura estadounidense no es sólo eso, pero), uno vuelve al territorio mostruoso de la adolescencia: le da por releer a sus más queridos absurdos, Kafka, Bernhard, Beckett, ¿y qué es lo que encuentra? No sabría decirlo, las palabras se hacen baba antes de salir de la boca. Lo que sí sabría decir es qué es lo que no encuentra: dramas domésticos, café y cigarrillos, whisky con hielo en el porche al atardecer, policías traumatizados y ex alcohólicos imperturbables, niños en el jardín, amas de casa, amas de casa, amas de casa. Hace sólo dos semanas habría dicho sin dudar que la literatura norteamericana es, de largo, la mejor del siglo veinte. Hoy ya no estoy tan seguro. Sé que volveré a leer a todos esos yanquis que últimamente me han hecho vibrar (y que alguna que otra vez me han hecho correrme); lo sé, y por eso no levantaré ninguna palabra en su contra. Pero hoy leído a Bernhard y sólo quiero encerrarme en la buhardilla de los Höller, hoy he leído a Beckett y sólo quiero comprarme un paraguas, sentarme en un banco y contar escaleras, hoy he leído a Kafka y sólo quiero ayunar, encerrarme en una jaula, morir ahogado y asesinar a mi padre. Quiero morderme los dientes, mirarme a los ojos, tragarme la lengua. Eso y sólo eso es lo que quiero. Hablad, mis queridos absurdos, os oigo!

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