domingo, 7 de noviembre de 2010

El buga

Ahora resulta que tengo coche, un súper buga. Lo he heredado de mi abuelo. Es un Citroen Sexo y tiene sólo 12 añitos: está hecho un chaval. Cuando nació lo pintaron de verde, pero el nene ha salido respondón. Le gusta más el negro y se ha rebelado. En el capó y en el techo hay cada vez más manchas oscuras: está mudando la piel. Yo le dejo y no le hago reproches, porque creo que tiene todo el derecho del mundo a elegir su color. Y porque quiero que esté a gusto. Y porque el negro es un color muy bonito.

Cuando lo ven por la carretera, con su chapa oxidada y sus ruedas enclenques, los demás coches sienten la irrefrenable obligación de adelantarle. ¡No van a consentir que un buga esmirriado vaya más rápido que ellos! El buga se aparta de su camino, se pega todo lo que puede a la derecha y los observa impasible mientras se alejan. Quizás alguna vez, hace tiempo, soñó con tener trescientos caballos y un tubo de escape gordo y plateado, pero ahora es un buga sereno, estoico, nunca tiene prisa por llegar a ningún sitio y no entiende de competiciones. Le gusta pararse a contemplar el paisaje a los dos lados del asfalto. Y se pone muy triste si atropella a un insecto; prefiere acercarse a ellos despacito y verlos posarse blandamente en el parabrisas. De vez en cuando, incluso, si aparece en el retrovisor un buga aún más viejo que él, uno de esos bugas que hace años que no pisan el carril izquierdo, reduce la velocidad y le deja adelantarlo, sólo para darle una alegría. Así de bueno es el buga. ¡Es más bueno que ojú!

El buga, dicho sea de paso, se llama así sólo provisionalmente. Manolo también tuvo un buga en su momento, y ya se sabe que en familia queda feo ponerle el mismo nombre a los niños. Le he pedido permiso, y él me ha explicado que no está capacitado para concedérmelo ni para denegármelo. Será el propio buga quien lo decida. Según Manolo, el buga es siempre uno y el mismo, pero se encarna en coches sucesivos para vivir eternamente. Si mi coche es el buga, lo seguirá siendo aunque lo llame de otro modo. Por si acaso, he pensado varios nombres alternativos. Troncomóvil, Sexomóvil o La Furgo son algunos de ellos.

Ah, ya está aquí, me marcho. El buga ha venido a recogerme, quiere que le dé un buen fregoteo. Por esta vez voy a ceder, porque mi abuelo lo llevaba todos los días al campo y la verdad es que por dentro empieza a parecerse a una muela picada. Pero que esto no sirva de precedente. No pienso convertirme en uno de esos peleles que se pasan el día revoloteando alrededor de su coche, sacándole brillo a las llantas y a los cristales y a los espejos, como los pececillos que se arriman a un pez gordo para desparasitarlo. No, buga, entre tú y yo no va a pasar nada de eso. Tú y yo somos amigos. No eres mi dueño y no soy tu siervo. Quiero que esto quede bien claro antes de emprender el viaje.

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