martes, 13 de julio de 2010

Leería

Durante los últimos cuatro años, mientras he estado viviendo fuera, no habré puesto el despertador más de diez veces. Dormía cuando el sueño llegaba y me despertaba cuando el sueño se iba. No tenía que acostarme temprano porque no tenía que levantarme temprano, nadie me esperaba en la oficina o en el almacén del supermercado o en las aulas de la universidad. Nadie me pedía explicaciones porque entrara o saliera a las cinco de la tarde o de la noche, nadie se echaba la mano al reloj si me veía aparecer en cualquier sitio a cualquier hora. Abreviando: no tenía horario, y me sobraba tiempo para hacer lo que me diera la gana. Ni que decir tiene que no era más feliz que los otros, esas pobres personillas que van por ahí haciendo tic tac, tic tac, tic tac, abriéndose el pecho de vez en cuando para comprobar que los engranajes y las manecillas siguen funcionando, esas criaturas sincronizadas que se pasan la vida adelantándose y atrasándose, poniéndose en hora, cambiándose las pilas y dándose cuerda para bailar al son del minutero. No era, digo, más feliz que ellos (y no era, por tanto, mejor que ellos en ningún sentido). ¿Por qué? Muy fácil: porque me sobraba tiempo para hacer todo lo que me diera la gana, pero no lo hacía. Quizá lo habría hecho si hubiera tenido fuerza o talento o huevos. Quizá no. Quién sabe. Nietzsche escribió que todo lo decisivo surge a pesar de. Es bonito y es tranquilizador pensar que ése era el problema: que yo lo tenía todo a favor. El tiempo estaba ahí, a mi alrededor, por todas partes, fácil como una chica fácil y dúctil como la plastilina, sólo que mucho más duro.

Ahora, ¿de vuelta? en Málaga, sólo han pasado unos días y ya he puesto el despertador más veces que en los últimos cuatro años. Me acuesto tarde y me levanto temprano, duermo mucho menos que antes, y, curiosamente, en lugar de tener más tiempo tengo muchísimo menos. Sigo sin hacer casi nada de lo que quiero hacer, con la única diferencia de que ahora me amparo en una excusa barata (¡no tengo tiempo!), y puedo regodearme en lo desgraciadito que soy y en lo mal que me trata el mundo. Puedo regodearme y me regodeo. Quejarse es una gozada. Dicen que algunos ciegos ven las voces de colores, que ven un color o otro según quién hable y cómo hable. Me juego lo que sea a que se mueren de asco cuando nos oyen quejarnos: las quejas deben de tener el color de la mierda. Por suerte, la mayoría de nosotros no somos ciegos, vemos muchas cosas o muy pocas, pero no, en cualquier caso, las voces (en el mejor de los casos nos limitamos a oírlas), así que podemos seguir quejándonos sin ningún riesgo. Y compadecernos, eso también podemos hacerlo a diestro y siniestro, y cada vez que lo hagamos seremos un poco menos dignos de seguir viviendo, pero no importará demasiado porque no lo sabremos. Por poder, podemos incluso arrepentirnos. Naturalmente, todo esto lo digo para justificar lo que voy a hacer a continuación, lo que ya estoy haciendo, lo que parece que últimamente no sé dejar de hacer. Me quejo y me compadezco y me arrepiento, todo en uno. Un cóctel delicioso, especialmente recomendable para pasar una noche de viernes. Vale, Dani, hijo mío, si te apetece quejarte un poco no pasa nada, todo el mundo lo hace y no creo que se sientan culpables, pero como no lo hagas pronto me parece a mí que esta gente se va a quedar dormida antes de que empieces. Pues bien, creo que mis pataleos pueden resumirse más o menos así: si pudiera volver atrás, si me devolvieran el tiempo que he tirado en los últimos años, si me lo dieran así, de golpe, tome usted todo este tiempo y haga algo con él, lo que quiera, cualquier cosa, pero hágalo ya porque va a acabarse antes de lo que piensa y no pensamos devolvérselo de nuevo; si me dijeran eso, creo que huiría al último descampado del último barrio de la última ciudad del mundo, o quizá me encerraría en una alcantarilla o en una nevera industrial, en cualquier sitio donde no pudiera encontrarme nadie, donde no pudiera alcanzarme nada, ni el cariño ni la culpa ni los reproches, atrancaría la puerta y les diría a todos, empezando por mí mismo, que me dejaran en paz. Me pondría tapones en los oídos y un esparadrapo en la boca y me quedaría allí dentro para siempre, con un saco de dormir y un montón de botes de nocilla y una caja de pan bimbo, con una silla de playa y sin bolis ni libretas, pondría mi mejor cara de viejo gruñón y leería, leería sin preocuparme de lo que leo, sin tratar de ser sofisticado, sin importarme que ahí fuera, en el mundo, todo el mundo esté leyendo lo mismo que yo, leería unos pocos libros, sólo esos, una vez y otra vez y otra vez, leería hasta el fin del tiempo los cuentos de Flannery O'Connor y de Katherine Anne Porter, leería Franny y Zooey quinientas veces seguidas, leería a Epicuro y a Montaigne y a Platón, leería los ensayos de Borges para darme fuerzas, para querer seguir leyendo, leería a Faulkner y a Dostoievski, leería los cuentos de Onetti y de Isaac B. Singer, leería a Wilde y a Cortázar, leería las memorias de Casanova, leería a Nietzsche y a Kafka, leería Temblor de cielo y leería a Fonollosa, leería a Carver y leería los melodramas de O’neill y no pediría la aprobación de nadie, porque los muertos, contra lo que suele pensarse, no necesitan nuestra aprobación.

1 comentario:

  1. En un episodio de la teleserie A dos metros bajo tierra, dice uno de los personajes en cierta ocasión: los funerales no son para los muertos.

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