jueves, 22 de julio de 2010

Revolutionary topless

Cuando mi hermana estuvo en Portugal hizo topless en la playa y se armó un pequeño escándalo. No la denunciaron por perversión moral ni nada por el estilo, pero todos los tíos se la quedaban mirando como si fuera una gran estrella ardiente, demasiado hermosa para ignorarla, demasiado peligrosa para acercarse a ella. Era la única mujer que no llevaba la parte de arriba del bikini.

Al contármelo pensé que los pobres portugueses andaban con unas cuantas décadas de retraso moral, que aún estaban enredados en los prejuicios más tontos de nuestros antepasados. Nosotros, en cambio, hace tiempo que los hemos superado. Nosotros sabemos que el cuerpo humano es un templo, pero no el templo carca del Espíritu Santo, sino un templo pagano, que merece y exige ser honrado con los cinco sentidos, con los dientes, con los labios, con los dedos, con la lengua. Sí, somos libres. En nuestras playas, ponerse la parte de arriba del bikini no es sólo un gesto timorato, sino casi reaccionario, como colgar un cristo de madera en las aulas de los colegios. ¡Que mueran los retrógrados! ¡Que ardan los cristos de madera y las partes de arriba de los bikinis! ¡Fuego, fuego! ¿Quién tiene una cerilla? ¿Vamos a permitir que nuestras playas se conviertan en instrumento de represión sexual? ¡No! ¡Que viva el cuerpo humano y que vivan las tetas!

¡Que vivan, que vivan! El cuerpo humano es la planta más hermosa de la naturaleza y las tetas son sus flores. A mí me encantan, sobre todo las pequeñas. Si tuviera que llevarme sólo dos cosas a una isla desierta, me llevaría dos tetas pequeñitas. Pero hay una cosa que no acabo de entender: si mostrar las tetas es el signo de nuestra liberación, ¿por qué sólo lo hacemos en la playa? Conozco a muchas mujeres que hacen topless, y creo que conozco a alguna que lo hace orgullosamente, como si cada vez que enseñara las tetas cayera la estatua de un tirano. Sin embargo, no conozco a ninguna que se atreva a levantar esa curiosa bandera de la libertad fuera de la playa. A ninguna se le olvida ponerse el uniforme para ir al trabajo, ni ponerse los tacones para salir de fiesta; ni siquiera en la piscina se atreven a quitarse la parte de arriba del bikini. ¿Y los pobres portugueses andan retrasados porque no hacen topless en la playa?

No me malentendáis. Yo creo que es fantástico que las tías hagan topless, igual que es fantástico que salga el sol por la mañana y que en Málaga la cerveza sea tan barata. Pero si lo hacen para sentirse libres, pues entonces creo que es una estupidez. Enseñar las tetas durante dos o tres horas al día, sólo en verano y sólo en la playa, no se parece demasiado a hacer la revolución. Es como jugar en la bañera con un barco de juguete y creerse el Capitán Barbanegra. Ahora me viene a la cabeza una anécdota que leí en algún sitio, no recuerdo dónde. Theodor Adorno, el gran filósofo marxista, estaba dictando una conferencia sobre no sé qué cosa profundísima, inteligentísima y aburridísima, cuando unas muchachas se le acercaron con las blusas abiertas y las tetas al aire. El filósofo, que tantas veces había propugnado la revolución, se rebulló en el asiento mientras ellas se le echaban encima y trataban de acariciarle. Al final tuvo que huir, dejando a medias un discurso que sin duda habría iluminado a las mentes alienadas y habría trastocado el orden social y habría y habría.

Yo no sé si dos tetas, así sin más, pueden más que dos carretas, pero sé que aquel día unas tetas descontextualizadas pudieron más que uno de los filósofos más ilustres del siglo XX. Nuestras tetas, por desgracia, no están ni muchísimo menos descontextualizadas. Todo lo contrario: están justo donde deben estar. Me imagino allá arriba, en lo alto, a los cristos de madera (los españoles no menos que los portugueses) dándose codacitos y murmurando con aire satisfecho: tranquilos, muchachos, mientras se conformen con hacer topless en la playa no corremos ningún peligro.

Jugar

Ahora juego a diario con mi hermano pequeño. Juego al fútbol en el césped del parque, juego al ping pong en casa de mi padre, juego al tenis en una pista roñosa que hemos descubierto junto a la vía del tren. Juego y, mientras me divierto, pienso que desde que he llegado a Málaga apenas leo, que no escribo, que ni siquiera me paro a observar las cosas. Pienso que no me divierte jugar, aunque me divierte, y que ya no soy un niño.

Y sigo jugando. Y, mientras me divierto, no pienso que Irene se va ya mismo y que quiero ir a verla, que le prometí a Úrsula que la llamaría, que hace tanto tiempo que no veo a Agu. No. Lo que pienso es que tengo el blog abandonado, que tengo cuatro cuentos a medio escribir, que en cuanto saque un ratito voy a echarle un vistazo al libro de Alice Munro que llevo en la mochila. Pienso que estoy viviendo la vida de otra persona, aunque es la mía, y que ya no soy...

La verdad es que no tengo ni puta idea de qué es lo que ya no soy, y prefiero no saber lo que soy.

martes, 13 de julio de 2010

Líneas

Ayer me miré las palmas de las manos y vi que las líneas se habían vuelto locas. Las de la cabeza y el corazón andaban enredadas muy malamente, dándose hostias y bocados, destrozándose entre sí. La del destino estaba rígida y fría como un pez congelado. La del amor, en fin, de ésa mejor no hablo. Y la de la vida había saltado de la carne y ahora anda perdida por esas calles de dios, lejos de mí, sola. Por favor, si os la encontráis por ahí, decidle que vuelva, que prometo cambiar, que voy a hacerle más caso, que la echo de menos.

Leería

Durante los últimos cuatro años, mientras he estado viviendo fuera, no habré puesto el despertador más de diez veces. Dormía cuando el sueño llegaba y me despertaba cuando el sueño se iba. No tenía que acostarme temprano porque no tenía que levantarme temprano, nadie me esperaba en la oficina o en el almacén del supermercado o en las aulas de la universidad. Nadie me pedía explicaciones porque entrara o saliera a las cinco de la tarde o de la noche, nadie se echaba la mano al reloj si me veía aparecer en cualquier sitio a cualquier hora. Abreviando: no tenía horario, y me sobraba tiempo para hacer lo que me diera la gana. Ni que decir tiene que no era más feliz que los otros, esas pobres personillas que van por ahí haciendo tic tac, tic tac, tic tac, abriéndose el pecho de vez en cuando para comprobar que los engranajes y las manecillas siguen funcionando, esas criaturas sincronizadas que se pasan la vida adelantándose y atrasándose, poniéndose en hora, cambiándose las pilas y dándose cuerda para bailar al son del minutero. No era, digo, más feliz que ellos (y no era, por tanto, mejor que ellos en ningún sentido). ¿Por qué? Muy fácil: porque me sobraba tiempo para hacer todo lo que me diera la gana, pero no lo hacía. Quizá lo habría hecho si hubiera tenido fuerza o talento o huevos. Quizá no. Quién sabe. Nietzsche escribió que todo lo decisivo surge a pesar de. Es bonito y es tranquilizador pensar que ése era el problema: que yo lo tenía todo a favor. El tiempo estaba ahí, a mi alrededor, por todas partes, fácil como una chica fácil y dúctil como la plastilina, sólo que mucho más duro.

Ahora, ¿de vuelta? en Málaga, sólo han pasado unos días y ya he puesto el despertador más veces que en los últimos cuatro años. Me acuesto tarde y me levanto temprano, duermo mucho menos que antes, y, curiosamente, en lugar de tener más tiempo tengo muchísimo menos. Sigo sin hacer casi nada de lo que quiero hacer, con la única diferencia de que ahora me amparo en una excusa barata (¡no tengo tiempo!), y puedo regodearme en lo desgraciadito que soy y en lo mal que me trata el mundo. Puedo regodearme y me regodeo. Quejarse es una gozada. Dicen que algunos ciegos ven las voces de colores, que ven un color o otro según quién hable y cómo hable. Me juego lo que sea a que se mueren de asco cuando nos oyen quejarnos: las quejas deben de tener el color de la mierda. Por suerte, la mayoría de nosotros no somos ciegos, vemos muchas cosas o muy pocas, pero no, en cualquier caso, las voces (en el mejor de los casos nos limitamos a oírlas), así que podemos seguir quejándonos sin ningún riesgo. Y compadecernos, eso también podemos hacerlo a diestro y siniestro, y cada vez que lo hagamos seremos un poco menos dignos de seguir viviendo, pero no importará demasiado porque no lo sabremos. Por poder, podemos incluso arrepentirnos. Naturalmente, todo esto lo digo para justificar lo que voy a hacer a continuación, lo que ya estoy haciendo, lo que parece que últimamente no sé dejar de hacer. Me quejo y me compadezco y me arrepiento, todo en uno. Un cóctel delicioso, especialmente recomendable para pasar una noche de viernes. Vale, Dani, hijo mío, si te apetece quejarte un poco no pasa nada, todo el mundo lo hace y no creo que se sientan culpables, pero como no lo hagas pronto me parece a mí que esta gente se va a quedar dormida antes de que empieces. Pues bien, creo que mis pataleos pueden resumirse más o menos así: si pudiera volver atrás, si me devolvieran el tiempo que he tirado en los últimos años, si me lo dieran así, de golpe, tome usted todo este tiempo y haga algo con él, lo que quiera, cualquier cosa, pero hágalo ya porque va a acabarse antes de lo que piensa y no pensamos devolvérselo de nuevo; si me dijeran eso, creo que huiría al último descampado del último barrio de la última ciudad del mundo, o quizá me encerraría en una alcantarilla o en una nevera industrial, en cualquier sitio donde no pudiera encontrarme nadie, donde no pudiera alcanzarme nada, ni el cariño ni la culpa ni los reproches, atrancaría la puerta y les diría a todos, empezando por mí mismo, que me dejaran en paz. Me pondría tapones en los oídos y un esparadrapo en la boca y me quedaría allí dentro para siempre, con un saco de dormir y un montón de botes de nocilla y una caja de pan bimbo, con una silla de playa y sin bolis ni libretas, pondría mi mejor cara de viejo gruñón y leería, leería sin preocuparme de lo que leo, sin tratar de ser sofisticado, sin importarme que ahí fuera, en el mundo, todo el mundo esté leyendo lo mismo que yo, leería unos pocos libros, sólo esos, una vez y otra vez y otra vez, leería hasta el fin del tiempo los cuentos de Flannery O'Connor y de Katherine Anne Porter, leería Franny y Zooey quinientas veces seguidas, leería a Epicuro y a Montaigne y a Platón, leería los ensayos de Borges para darme fuerzas, para querer seguir leyendo, leería a Faulkner y a Dostoievski, leería los cuentos de Onetti y de Isaac B. Singer, leería a Wilde y a Cortázar, leería las memorias de Casanova, leería a Nietzsche y a Kafka, leería Temblor de cielo y leería a Fonollosa, leería a Carver y leería los melodramas de O’neill y no pediría la aprobación de nadie, porque los muertos, contra lo que suele pensarse, no necesitan nuestra aprobación.