sábado, 12 de junio de 2010

No quiero morir aquí

Según Cocteau, el sueño es el lugar donde todo el mundo puede ser un genio. Pst, si lo dice Cocteau a lo mejor es verdad. Lo que sí es seguro es que en el sueño todos somos iguales, porque todos podemos llegar a ser cualquier cosa. Es el sueño lo que nos iguala, y no, como quiere la sabiduría popular, la muerte. En la muerte no somos iguales, ni muchísimo menos. La muerte tiene una jerarquía tan estricta como la vida: hay muertos y hay muertos. Para comprobarlo basta con venir al cementerio de Père-Lachaise. Nada más franquear la entrada nos topamos con un bonito plano dibujado sobre un panel de plástico. El cementerio, por lo visto, está dividido en un montón de parcelas. En una están enterrados los escritores, en otra los pintores, en otra los músicos. Hay una parcela reservada a los caídos en combate, otra a los grandes generales, y, supongo, no tardarán en habilitar un lindo solar para las víctimas de violencia doméstica, para las mujeres emancipadas, los voluntarios de la cruz roja, los promotores culturales y otros grandes paladines de la sociedad moderna.

El cementerio de Père-Lachaise está lleno de cuerpos putrefactos, como cualquier cementerio, sólo que a muchos de los de aquí no les basta con pudrirse: les gusta hacerlo con una corona de laurel en la cabeza. Seguro que os suenan los nombres de Oscar Wilde, Chopin o Jim Morrison. Por si fuera poco, da la casualidad de que es un cementerio de lo más coqueto, con sus calles adoquinadas, sus panteones góticos, sus lápidas siniestras y sus tumbas viejunas (estoy seguro de que Tim Burton daría lo que fuera porque le dejaran grabar una película aquí), así que es normal que se haya convertido en una de las grandes atracciones turísticas de París. Los célebres muertos, pobrecillos, tienen que estar hasta el gorro de escuchar el zapateo de los guiris sobre sus cabezas. A todo esto, ¿dónde enterrarán a los guiris cuando mueran? ¿Habría que hacinarlos en una parcela genérica para guiris, o habría que distinguir entre guiris playeros, guiris rurales y guiris urbanos? ¿Y dónde nos enterrarán a nosotros? Sí, eso, ¿en qué parcela tendremos el honor de pasar la eternidad? Recuerdo que la primera vez que fui al Père-Lachaise me puse a pensar en estas cosas y acabé bastante abatido. No tenemos bastante, pensé, con andar toda la puta vida chupándole el culo a la imagen que queremos dar de nosotros mismos, plegándonos a sus estúpidas exigencias, dejando que nos exprima y viéndola hacerse más grande y más fuerte a nuestra costa; también tenemos que hacerlo después de muertos. Dios mío, ¿iba a pasarme la eternidad fingiendo ser un tío accesible pero insondable, sencillo pero profundo, uno de esos imbéciles que intentan hacerte ver que, aunque hablen contigo de tú a tú y lo hagan tan a gusto, están muy por encima de ti? Debía de ser agotador. Es decir, lo era, lo es, pero sólo llevo haciéndolo diez años; prolongar el esfuerzo hasta el día del Juicio tiene que ser insoportable.

En ese estado de ánimo enfilé la callecita que conducía a la salida. Había empezado a llover y hacía un rato que todas las tumbas me parecían iguales. El cementerio había perdido su encanto, París era una ciudad como cualquier otra y yo llevaba años empeñando mi vida para comprarle a mi cadáver una maldita corona de laurel. Me sentía lacio. Caminaba arrastrando los pies, mirando al suelo. Cerca de la salida vi una abejita moribunda sobre un adoquín. Amarilla y marrón, amarilla y marrón, ¡más mona! Los goterones caían a su alrededor y pronto acabarían de rematarla. Estaba en la parcela de los escritores, o de los filósofos, no recuerdo bien. Me dio rabia que fuera a morir allí, rodeada de aquellos fantoches, así que la cogí y la metí en el bolsillo de mi chaqueta. Vámonos de aquí, pensé, tú no necesitas que te entierren junto a esta panda de infelices. La abejita se rebulló en el bolsillo y trepó hasta mi oreja. Tú tampoco, dijo, y murió.

1 comentario:

  1. Bueno yo creo que la muerte sí nos nivela, son los que quedan vivos los que no lo hacen. Y tengo que decir que Père Lachaise (o como se escriba) sí que me gustó. Y que tengo una postalita de Jim Morrison. Por lo que a mí respecta con mi cadáver pueden abonar un campo o lanzárselo a los tiburones. O donarlo a la universidad para que jueguen con mis órganos y me hagan operaciones de prácticas. Lo mismo me da, yo ya no estaré. Estaré en un profundo sueño como el que escribió Lucrecio en el "Rerum natura." Paris fue pero ya no es, o eso creo yo. Quizá las milongas bohemias ni siquiera eran ciertas. Además tengo el Estrecho muy cerca, pueden tirarme ahí también donde dormire con miles de árabes que quisieron vivir un sueño...

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